Mientras el debate público suele centrarse en inflación, tasas de interés o crecimiento económico, existe una dimensión mucho menos visible —pero decisiva— que está redefiniendo el equilibrio de poder en las finanzas globales. Esa dimensión es la infraestructura financiera.
La infraestructura invisible del sistema financiero
Cuando hablamos de economía y finanzas, solemos pensar en bancos, monedas, inflación o tasas de interés. Sin embargo, detrás de todos estos elementos visibles existe una capa mucho menos discutida, pero absolutamente esencial: la infraestructura financiera. Se trata de los sistemas de pago, las redes de compensación, los estándares tecnológicos y las plataformas que permiten que el dinero circule dentro y fuera de las fronteras. Sin esta infraestructura, la economía moderna simplemente no podría funcionar.
Durante décadas, esta infraestructura fue concebida como un asunto técnico, diseñado para maximizar eficiencia, reducir fricciones y garantizar estabilidad. Precisamente por su carácter técnico y poco visible, rara vez formó parte del debate público o político. Hoy, sin embargo, esa percepción ya no es válida. La infraestructura financiera se ha convertido en un elemento central del poder económico.
De neutralidad técnica a instrumento de poder
En un contexto global marcado por tensiones geopolíticas, conflictos comerciales y rivalidades estratégicas, la infraestructura financiera ha dejado de ser neutral. Los sistemas de pagos internacionales, las monedas de referencia y las plataformas tecnológicas se utilizan cada vez más como instrumentos de influencia económica.
Las sanciones financieras, las restricciones de acceso a determinados sistemas y la fragmentación de los flujos financieros globales ilustran cómo decisiones aparentemente técnicas pueden tener efectos macroeconómicos profundos. En este escenario, ejercer influencia significativa sobre partes clave de la infraestructura equivale a influir en el funcionamiento de la economía global.
Un ejemplo claro de esta transformación se produjo tras la invasión rusa de Ucrania en 2022. Como parte del paquete de sanciones internacionales, varias entidades financieras rusas fueron excluidas de los principales sistemas de pagos internacionales, como SWIFT. Esta decisión, de naturaleza aparentemente técnica, tuvo efectos inmediatos y profundos: interrupción de flujos financieros, dificultades para el comercio exterior y un impacto directo sobre la estabilidad económica interna. Más allá del caso específico, el mensaje fue claro para el resto del mundo: el acceso a la infraestructura financiera global puede convertirse en un instrumento de presión geopolítica. Desde ese momento, la idea de que los sistemas financieros internacionales son plenamente neutrales dejó de ser sostenible.
Tecnología financiera y concentración de poder
A este cambio estructural se suma una transformación tecnológica acelerada. Los pagos digitales e instantáneos, las plataformas privadas con alcance global y el desarrollo de monedas digitales de bancos centrales (CBDC) están redefiniendo la manera en que se transfiere valor. Estas innovaciones ofrecen beneficios claros: mayor eficiencia, reducción de costos y un potencial significativo para ampliar la inclusión financiera.
Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica es el papel creciente de las grandes plataformas tecnológicas en los sistemas de pago y en la gestión de datos financieros. No solo empresas como Visa y Mastercard —que mantienen una dominancia significativa en transacciones con tarjeta a nivel global—, sino también compañías como Apple, Google y Amazon en Estados Unidos, así como Ant Group en China, procesan hoy millones de transacciones diarias, controlan interfaces clave con el usuario y acumulan información detallada sobre hábitos de consumo y comportamiento financiero. Aunque estas soluciones han mejorado la experiencia del usuario y reducido fricciones, también han desplazado funciones tradicionalmente bancarias hacia actores que no siempre están sujetos a los mismos marcos regulatorios ni a los mismos niveles de supervisión. El resultado es una concentración de influencia tecnológica y de datos en varios actores clave, con implicaciones directas para la competencia, la resiliencia del sistema y la protección del interés público.
Al mismo tiempo, esta evolución introduce nuevos riesgos. La dependencia de plataformas tecnológicas específicas, muchas veces desarrolladas fuera del país, puede generar vulnerabilidades sistémicas. Además, la concentración de datos financieros en pocos actores plantea interrogantes relevantes en materia de competencia, privacidad y resiliencia operativa. Sin embargo, el panorama ya muestra signos de fragmentación: stablecoins y activos digitales procesan volúmenes crecientes (superando en algunos segmentos a redes tradicionales), y alternativas regionales o multipolares (como CIPS en China o iniciativas BRICS) están ganando terreno.
Países pequeños en un sistema financiero fragmentado
Para las grandes economías, estas transformaciones forman parte de estrategias de liderazgo tecnológico y financiero. Para los países pequeños y abiertos, como la República Dominicana, el impacto es diferente y potencialmente más profundo. Estas economías dependen en gran medida del comercio internacional, de las remesas y de los flujos de capital.
Cuando las reglas del sistema financiero global cambian, los países con menor capacidad de influencia deben adaptarse rápidamente. Cambios en estándares tecnológicos, plataformas de pago o regulaciones internacionales pueden afectar costos, acceso y estabilidad financiera sin que exista un margen real de negociación. No obstante, la fragmentación actual también abre oportunidades para diversificar dependencias y adoptar soluciones locales o regionales.
La República Dominicana: avances y dilemas
La República Dominicana ha avanzado de manera significativa en la digitalización de su sistema financiero. La expansión de los pagos electrónicos, la modernización de los servicios bancarios y el impulso a la inclusión financiera son avances importantes que merecen reconocimiento. Estos procesos permiten mejorar la eficiencia y acercar servicios financieros a segmentos tradicionalmente excluidos. El Banco Central (BCRD) ha sido proactivo, por ejemplo, con la modernización del sistema SIPARD hacia pagos instantáneos, el Instant Payments Forum en 2025 y el apoyo del Banco Mundial para fortalecer la infraestructura de pagos en tiempo real.
No obstante, la velocidad de la innovación plantea dilemas estratégicos. Adoptar tecnología sin una visión clara de largo plazo puede generar dependencia excesiva de proveedores externos y reducir la capacidad de respuesta ante crisis. La modernización debe ir acompañada de reflexión estratégica y fortalecimiento institucional.
Gobernanza y responsabilidad estratégica
Este debate no debe entenderse como un asunto exclusivamente técnico. Es, ante todo, un tema de gobernanza. Reguladores, entidades financieras y consejos de administración tienen la responsabilidad de evaluar no solo los beneficios de la innovación, sino también sus riesgos sistémicos.
Preguntas sobre control de datos, continuidad operativa, ciberseguridad e interoperabilidad deben formar parte de la agenda estratégica. La infraestructura financiera debe ser gestionada como un activo crítico, al mismo nivel que el capital o la solvencia.
Infraestructura, resiliencia y futuro
La resiliencia financiera no depende únicamente de indicadores macroeconómicos o de balances sólidos. Depende también de la capacidad del sistema para seguir operando ante shocks externos, fallos tecnológicos o tensiones geopolíticas. En este sentido, diversificar dependencias, fortalecer capacidades locales y apostar por estándares abiertos se vuelve fundamental —especialmente en un entorno ya multipolar donde más de 130 países exploran CBDC y alternativas a sistemas legacy como SWIFT ganan relevancia.
Conclusiones y recomendaciones
La infraestructura financiera rara vez ocupa titulares, pero su impacto se hace evidente cuando falla o cuando se utiliza como herramienta de presión económica. En un mundo cada vez más fragmentado —donde tecnología y geopolítica se entrelazan y nadie ejerce un control absoluto—, ignorar esta dimensión implica aceptar riesgos invisibles.
Para la República Dominicana, el desafío no es frenar la innovación ni aislarse del sistema financiero global, sino avanzar con una visión estratégica clara. Esto implica fortalecer la gobernanza de la infraestructura financiera, invertir en capacidades humanas y tecnológicas locales, diversificar dependencias y asegurar que la digitalización contribuya tanto a la eficiencia como a la resiliencia. Innovar con criterio estratégico será clave para proteger la estabilidad, la inclusión financiera y la autonomía económica en los próximos años.
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