Es necesario visitar Punta Cana semanalmente para comprender la velocidad vertiginosa con la que está creciendo. No puedo evitar que, cada vez que voy, apenas llego y cruzo la zona del aeropuerto, se me encoja un poco el corazón. Y es que en el horizonte aparecen cientos de nuevas estructuras levantadas unas junto a otras, como si hubieran sido colocadas a manera de “garata con puño”, sin un orden lógico aparente, ocupando cada espacio disponible del paisaje.
Hace apenas dos meses había estado en la zona. La semana pasada, aprovechando la celebración del prestigioso torneo PGA, decidí recorrer nuevamente el destino. Lo hice deliberadamente, porque siempre he preferido escribir desde la realidad y no desde la distancia.
Las nuevas autopistas impresionan. Las conexiones viales reflejan el dinamismo de una región que continúa expandiéndose y que confirma, una vez más, el extraordinario éxito alcanzado por el turismo dominicano. Confieso que agradecí la existencia del GPS; de lo contrario, la escasa señalización habría hecho casi imposible encontrar muchos de los nuevos proyectos.
Para los que vimos nacer y crecer este destino, su realidad actual provoca sentimientos encontrados, una mezcla de orgullo y asombro que, en vez de alegrar, preocupan.
Siempre aposté por el crecimiento y el éxito del destino. Recuerdo que alguna vez, trabajando con la corporación Disney, vislumbraba y pronosticaba que Punta Cana sería algún día el Disney del Caribe. Imaginaba las interconexiones viales que ahora existen, los hoteles que tenemos, la oferta complementaria (por la que tanto luchamos), pero todo bajo el orden lógico de un plan de desarrollo que nos convertiría en un destino integral, moderno, completo y perfectamente planificado.
Sin embargo, el éxito mal administrado puede convertirse con el tiempo en la principal razón del fracaso. La realidad de Punta Cana hoy es que no soporta más proyectos sin planificación. Le estamos haciendo daño a nuestra gallinita de los huevos de oro.
Son muchos los detalles que esperan por la intervención de todas las instituciones que de una manera u otra manejan el destino. Es necesario urgentemente detener el avance de esta locura e intentar reorganizar lo que se puede aún salvar.
Basta recorrer la zona durante apenas unas horas para comprender que las señales de alarma están por todas partes. No hablo únicamente de los interminables tapones que hace apenas unos años parecían exclusivos de Santo Domingo. Tampoco del impresionante crecimiento inmobiliario que ha convertido a La Altagracia en la provincia con mayor expansión en construcciones del país, multiplicando casi por cinco las licencias de construcción en apenas cinco años. Hablo de los pequeños detalles que, acumulados, terminan deteriorando la calidad del destino.
Los autobuses y minibuses estacionados desordenadamente frente al aeropuerto generan confusión y riesgos innecesarios. La proliferación indiscriminada de vallas publicitarias deteriora el paisaje y la imagen del destino. La ausencia de señalización adecuada obliga al visitante a depender exclusivamente de la tecnología para orientarse.
Ninguna de estas situaciones requiere cuantiosas inversiones ni complejas reformas legales. Requieren gobernanza, coordinación y voluntad.
La buena noticia es que, finalmente, después de muchos años de espera, el gobierno ha presentado el tan esperado Plan de Ordenamiento Territorial para el Distrito Municipal Turístico Verón-Punta Cana. Se trata, sin duda, de una noticia que merece ser reconocida. Más allá de cualquier crítica, disponer de un instrumento técnico que establezca hacia dónde crecer, qué preservar y bajo qué reglas desarrollar el territorio, constituye un paso trascendental para el principal destino turístico del país.
El documento plantea una visión de largo plazo con horizonte al año 2035, en la que Punta Cana deja de verse únicamente como un conjunto de hoteles y proyectos inmobiliarios para comenzar a concebirse como una ciudad turística integral. Entre sus principales pilares destacan la protección de más de la mitad del territorio para fines ambientales y agroforestales; la creación de siete unidades de ordenamiento con normativas diferenciadas según la vocación de cada zona; la conservación de manglares, humedales y áreas de recarga hídrica; la garantía de acceso público a las playas; y reglas claras para las futuras inversiones, buscando equilibrar crecimiento económico, calidad de vida y sostenibilidad.
Y aquí es donde, a mi juicio, comienza el verdadero reto. Nuestro país no necesita únicamente un documento; necesita la voluntad política para hacerlo cumplir. Los mejores planes urbanos del mundo fracasan cuando las excepciones sustituyen las reglas, cuando las presiones económicas terminan imponiéndose sobre el interés colectivo o cuando cada institución continúa actuando de manera aislada. La verdadera prueba del éxito de este plan no es su presentación oficial, sino su capacidad para convertirse en una guía obligatoria para cada permiso, cada inversión y cada decisión pública que se adopte en la zona.
Hoy el país ya no puede decir que Punta Cana carece de un plan. El desafío ha cambiado. Ahora debemos demostrar que también somos capaces de respetarlo.
Punta Cana ha sido la zona de mayor éxito turístico del país. Precisamente por eso merece convertirse también en nuestro mejor ejemplo de planificación territorial. Porque construir hoteles es importante; construir una ciudad turística capaz de mantener su competitividad, proteger sus recursos naturales y ofrecer calidad de vida a quienes la habitan será, probablemente, la verdadera obra que juzgarán las próximas generaciones.
Todavía estamos a tiempo. Todavía es posible reorganizar gran parte del territorio. Todavía podemos corregir errores antes de que sean irreversibles. Pero el tiempo comienza a agotarse.
No escribo estas líneas movida por la nostalgia. Las escribo desde el profundo cariño que siento por un destino al que dediqué buena parte de mi vida profesional. Las escribo porque sigo creyendo que Punta Cana representa el mayor caso de éxito turístico de América Latina y uno de los más admirados del mundo.
Precisamente por eso me niego a permanecer en silencio. Porque me siento orgullosa de lo que nuestro país ha sido capaz de construir. Porque todavía sueño con aquella Punta Cana que imaginábamos como el gran referente turístico del Caribe: moderna, competitiva, sostenible y cuidadosamente planificada.
Porque aún estamos a tiempo de demostrar que República Dominicana no solo sabe construir hoteles.También sabe construir ciudades turísticas capaces de resistir el paso del tiempo. Y esa será, quizás, la verdadera medida de nuestro éxito.
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