Las crisis no siempre anuncian el fin de una era, pero sí revelan cuándo sus certezas dejan de ser incuestionables. — Reinhart Koselleck
La política contemporánea suele analizarse como si cada país existiera fuera de su centro. Sin embargo, la sociedad no se conduce de esa manera. Por ello, los considerables virajes electorales rara vez se explican únicamente por dinámicas internas. Es decir, los ciclos políticos globales —sus ascensos, desgastes y rupturas— influyen silenciosamente en la forma en que se valoran los liderazgos nacionales; y comprender ese contexto es clave para evitar diagnósticos simplistas. En este momento, el caso de Donald Trump funciona como un laboratorio excepcional para observar si el populismo atraviesa hoy un punto de inflexión.
Trump ante la justicia: ¿qué está realmente en juego?
A mediados de la década de 2020, Donald Trump acumulaba múltiples procesos penales activos. Fue acusado y llevado a juicio en Nueva York por 34 cargos de falsificación de registros mercantiles, vinculados a pagos encubiertos durante la campaña presidencial de 2016, según reportes de Reuters y análisis del Brennan Center for Justice (2024). A ello se suman causas por su intento de revertir los resultados electorales de 2020 —tanto en la justicia federal de Washington, D. C., como en la estatal de Georgia—, así como un proceso federal en Florida por el manejo indebido de documentos clasificados (Reuters, 2024).
Desde el punto de vista estrictamente legal, la cuestión central no es solo la posibilidad de condena, sino la eventual inhabilitación política. El sistema constitucional estadounidense no contempla una descalificación automática del candidato presidencial aun en caso de sentencia penal. En marzo de 2024, la Corte Suprema de Estados Unidos dictaminó de forma unánime que los estados no pueden excluir a Trump de la boleta electoral invocando la Enmienda 14, Sección 3. Se aclaró que solo el Congreso federal tiene la potestad de hacerla cumplir, como explicó SCOTUSblog en su análisis del fallo (2024).
En tanto, esto implica que, en términos formales, Trump sigue siendo elegible. Sin embargo, la política no se agota en lo jurídico y opera también una forma de inhabilitación de facto: el desgaste reputacional, la erosión de la credibilidad y la pérdida del aura de invulnerabilidad que acompañó su ascenso. En ese sentido, el mito de la invencibilidad comenzó a resquebrajarse.
El valor simbólico de una eventual caída
En el supuesto de que Donald Trump fuera políticamente inhabilitado —ya sea por condenas, derrotas electorales o agotamiento de su capital simbólico—, sin lugar a duda, el impacto trascendería ampliamente las fronteras estadounidenses. Sin embargo, su llegada al poder en 2016 legitimó, a escala global, la idea de que un discurso abiertamente confrontacional, nacionalista y antiinstitucional podía triunfar incluso en democracias consolidadas. Esto reconfiguró los marcos de aceptabilidad política en distintos sistemas democráticos, como señalaron análisis comparados sobre populismo y trumpismo (Reuters, 2016; openDemocracy, 2017).
Una eventual caída enviaría el mensaje contrario: que las instituciones, aunque imperfectas y lentas, pueden resistir y eventualmente imponerse frente a liderazgos personalistas. Ejemplos recientes refuerzan esta interpretación. En Brasil, la inhabilitación de Jair Bolsonaro por abuso de poder y difusión sistemática de desinformación electoral fue interpretada como una victoria institucional tras años de tensión democrática (Reuters, 2023; Swissinfo/EFE, 2023). En Europa, varios proyectos iliberales han comenzado a perder apoyo electoral y legitimidad política tras prolongados periodos de confrontación con el Estado de derecho y los contrapesos institucionales (openDemocracy, 2023; Reuters, 2024).
¿Un cambio de ciclo?
Parece que el mundo político está en un punto de inflexión. Después de años de dominio y liderazgo del confrontacional y antisistema, empieza a haber fatiga social ante el conflicto perpetuo, la incertidumbre y el desgaste institucional. Este movimiento no significa la desaparición del populismo, sino una pérdida de centralidad: el péndulo no lo elimina, pero disminuye su capacidad de construir mayorías duraderas, como muestran estudios recientes sobre populismo y democracia liberal (openDemocracy, 2023; Reuters, 2024).
En ese marco, el regreso de perfiles más moderados y previsibles se produce con la elección de Joe Biden en 2020 o de Luiz Inácio Lula da Silva en 2022. Y esto puede interpretarse no como una anomalía transitoria, sino como un indicio de un cambio en los incentivos políticos. No es que haya que idealizar a estos líderes, sino que el mundo político está apreciando otras cosas en sus líderes que no sean la confrontación permanente y la destrucción de instituciones. Estas cualidades abarcan la experiencia, la estabilidad y el respeto por las reglas democráticas (Reuters, 2024).
Implicaciones más allá de Estados Unidos
Este posible cambio de clima no se limita a las grandes potencias. Las democracias periféricas también leen, interpretan y reaccionan ante esas señales. Cuando el populismo pierde atractivo internacional, los liderazgos que apuestan por la institucionalidad y la previsibilidad comienzan a ganar terreno simbólico, fenómeno observado en estudios sobre difusión y desgaste del populismo en sistemas democráticos no centrales (openDemocracy, 2023; Reuters, 2024).
Por ello, analizar el caso de Donald Trump no es un ejercicio de curiosidad externa. Es una forma de comprender el marco global desde el cual se evaluarán los liderazgos nacionales en los próximos años. La política interna no ocurre en el vacío; se mueve dentro de corrientes más amplias que condicionan percepciones, expectativas y márgenes de maniobra, tanto en el electorado como en las élites políticas (Reuters, 2024).
En pocas palabras, la eventual caída política de Donald Trump no significaría el fin automático del populismo ni la victoria definitiva de la democracia liberal. Sería, más bien, una señal de agotamiento de un ciclo: la confirmación de que el discurso antisistema, cuando se vuelve permanente, pierde eficacia y legitimidad como estrategia de movilización política (openDemocracy, 2023).
Ese desgaste abre espacio para que vuelvan a valorarse atributos que parecían secundarios: experiencia, institucionalidad, previsibilidad y respeto al Estado de derecho. Comprender este contexto no implica tomar partido, sino afinar el análisis. Y es precisamente desde este marco global —no desde la coyuntura inmediata— que deben leerse los escenarios políticos que se desarrollarán en democracias como la dominicana.
El propósito de este análisis es contribuir a un debate más sereno y mejor informado, no alimentar triunfalismos ni consignas.
Fuentes consultadas
Acento
https://acento.com.do
Brennan Center for Justice
https://www.brennancenter.org
SCOTUSblog
https://www.scotusblog.com
Reuters
https://www.reuters.com
Swissinfo / EFE
https://www.swissinfo.ch
openDemocracy
https://www.opendemocracy.net
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