Pocas cosas producen tanta seguridad como estar convencido de tener razón. Desde esa posición, las dudas parecen pertenecer a los otros. Ellos son los confundidos, los ideologizados, los que no han comprendido suficientemente los hechos. Quien está convencido de poseer la verdad cree, en cambio, mirar la realidad tal como es. Quizás una de las trampas más antiguas del pensamiento comience precisamente ahí.

Desde la psicología y la antropología puede comprenderse por qué los seres humanos se aferran a determinadas certezas. Necesitan referencias para orientarse, interpretar lo que ocurre y reducir la incertidumbre. Las ideas proporcionan pertenencia y seguridad. El problema comienza cuando aquello que debía orientar termina convirtiéndose en una frontera infranqueable.

Entonces cada uno traza su propia raya de Pizarro. De un lado coloca las ideas que considera verdaderas, justas o aceptables y, del otro, aquellas que siente que no merecen siquiera ser escuchadas. Pero la realidad humana rara vez respeta divisiones tan nítidas. Entre el blanco y el negro existe una extensa zona gris donde los hechos y las contradicciones obligan a revisar las categorías.

Hay una frase que suelo compartir con algunos amigos. Se es democrático hasta que el otro piensa diferente. Algo semejante ocurre con la proclamada apertura intelectual. Resulta fácil declararse abierto mientras el otro no atraviesa ciertas fronteras. La verdadera prueba comienza cuando cuestiona o entra en territorio de aquello que parecía estar fuera de toda duda.

La historia reclama cierta humildad en la manera de ver el mundo. Durante siglos se defendieron como verdades el derecho divino de los reyes, la esclavitud, la inferioridad atribuida a determinados pueblos, la subordinación de las mujeres y supuestas jerarquías naturales entre grupos humanos. Ideas por las cuales generaciones estuvieron dispuestas a perseguir, morir o matar han perdido posteriormente su fuerza. Estar profundamente convencido de algo nunca ha sido, por sí mismo, una demostración de que sea verdadero.

La propia construcción del conocimiento contiene mecanismos de revisión. Marx entendió la historia desde la contradicción y el cambio, por lo que resultaría paradójico convertir su pensamiento en un cuerpo inmóvil de verdades. Popper colocó la refutación en el centro de su concepción del conocimiento científico. Kuhn mostró que los paradigmas pueden entrar en crisis y ser sustituidos. Morin ha insistido en la complejidad y en las posibilidades de error, ilusión e incertidumbre del conocimiento.

Desde tradiciones diferentes, estos pensadores recuerdan que una teoría pierde capacidad explicativa cuando sus seguidores intentan protegerla de la confrontación con la realidad. El problema comienza cuando las teorías dejan de utilizarse para comprender el mundo y el mundo comienza a utilizarse para demostrar que las teorías siempre tuvieron razón. Una teoría que pierde la capacidad de confrontarse con aquello que la contradice corre el riesgo de transformarse en doctrina o dogma.

Cuando una certeza se transforma en identidad, cuestionarla puede sentirse como una agresión personal. Ya no está en discusión solamente una idea. Parece estar en juego la propia identidad, el grupo al cual se pertenece o la causa con la cual se ha construido parte de la vida.

La intolerancia intelectual no se expresa solamente en los argumentos que se levantan contra quien piensa diferente. A veces ni siquiera necesita palabras. Aparece en el silencio incómodo, el ceño fruncido, la risa burlona, el gesto de desaprobación, el tono de voz que se eleva para acallar la otra voz o la indiferencia ante lo que el otro acaba de decir. Son pequeñas formas de cerrar la conversación sin declararla cerrada. El autoritarismo intelectual también habita esos gestos cotidianos. No necesita policías, cárceles ni decretos. Basta con que el otro perciba que su palabra molesta, que su argumento no será escuchado o que pensar diferente tiene un costo.

Allí encuentra terreno fértil el autoritarismo intelectual. No necesita policías, cárceles ni decretos. Puede expresarse mediante la estigmatización, la exclusión, el silenciamiento o la ruptura de relaciones. Ya no importa si el otro tiene argumentos; importa de qué lado está. La pertenencia sustituye al razonamiento y la discusión de las ideas cede su lugar al juicio sobre las personas.

Para el intelectual, esta tentación resulta particularmente delicada. Su responsabilidad no consiste en carecer de posiciones. El problema aparece cuando sus pertenencias determinan anticipadamente el análisis. Cuando la conclusión precede al análisis, los argumentos terminan trabajando para justificarla.

De ahí una primera exigencia para el ejercicio intelectual, crítica sin dogmatismo. La crítica pierde su fuerza cuando solamente funciona hacia afuera. Resulta fácil descubrir contradicciones en quienes piensan diferente y mucho más difícil reconocerlas en las ideas y tradiciones con las cuales existe identificación. La capacidad crítica debería comenzar por casa. Ninguna tradición política, religiosa o intelectual debería quedar protegida del cuestionamiento simplemente porque sea aquella con la cual existe identificación.

La segunda exigencia es apertura sin relativismo absoluto. Escuchar una idea diferente no significa afirmar que todas las explicaciones poseen igual valor. La apertura supone estar dispuesto a confrontar las propias convicciones con argumentos y evidencias que pueden contradecirlas. Implica también una posibilidad particularmente difícil, reconocer que el otro puede tener razón. Cambiar de posición ante una evidencia nueva o un argumento mejor construido no debilita el pensamiento. Lo debilita la necesidad de permanecer atado a una idea aun después de que sus fundamentos hayan sido cuestionados.

Pero reconocer los grises de la realidad no significa que todo sea relativo. Existen principios que establecen límites frente a determinadas ideas y conductas. Entre ellos ocupa un lugar fundamental la dignidad humana. Reconocerla no significa justificar a quien viola, tortura, discrimina, persigue o ejerce el poder para destruir la vida y la libertad de otros. Precisamente porque la dignidad corresponde a todo ser humano, los actos que la lesionan deben ser identificados, juzgados y, cuando corresponda, sancionados. El “crujir y rechinar de dientes” es juicio histórico para Jesús de Nazareth.

Por eso el relativismo encuentra aquí una frontera. Las doctrinas y prácticas que justifican la inferioridad de la mujer, el racismo, la xenofobia, el desprecio hacia los pobres, la tortura o cualquier forma de degradación humana no adquieren legitimidad porque una cultura, una ideología o una tradición las considere aceptables. Es posible discutir muchas maneras de comprender el mundo, pero la diversidad de interpretaciones no puede convertirse en argumento para legitimar la negación de la dignidad de otros.

La tercera exigencia es objetividad sin falsa neutralidad. Ser objetivo no significa colocarse a igual distancia de todas las posiciones ni distribuir la razón en partes iguales. Existen hechos suficientemente documentados y existen interpretaciones sobre esos hechos. La esclavitud existió, el colonialismo produjo relaciones de dominación, las dictaduras persiguieron opositores y las desigualdades económicas pueden medirse.

La realidad se mueve, corre, desborda, traspasa y redimensiona. El problema comienza cuando las ideas no se mueven con ella. El apego a categorías, certezas y explicaciones construidas para realidades que ya han cambiado conduce a encerrar lo nuevo en los mismos esquemas con que se comprendía lo anterior. Entonces no es la realidad la que queda fuera de lugar, sino el pensamiento. Mientras ella continúa su curso, el pensamiento corre el riesgo de quedarse detrás y anquilosarse.

Quizás una responsabilidad del intelectual contemporáneo sea salir deliberadamente de los espacios de confirmación de sus ideas. Leer a quien las contradice, escuchar argumentos incómodos y preguntarse qué evidencias podrían demostrar que está equivocado.

No hacen falta intelectuales sin convicciones. Hacen falta personas capaces de sostenerlas sin convertirse en prisioneras de ellas. Crítica sin dogmatismo, apertura sin relativismo y objetividad sin falsa neutralidad constituyen tres principios para preservar esa libertad.

La apertura intelectual no exige vivir en la duda ni renunciar a convicciones firmes. Es posible sostener certezas construidas sobre evidencias, principios y valores. La fortaleza de una convicción no reside en protegerla de la crítica, sino en su capacidad para atravesarla sin necesitar silenciar a quien la cuestiona.

El verdadero riesgo comienza cuando las certezas dejan de ser convicciones que se sostienen y se convierten en convicciones que aprisionan. Entonces ya no orientan el pensamiento, sino que lo encierran. La libertad intelectual consiste precisamente en poder pensar desde las propias convicciones sin quedar prisionero de ellas.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

Ver más