Todo parece indicar que la permanencia de la familia Castro en el poder y su régimen dictatorial en Cuba está a punto de finalizar.
67 largos años han pasado desde aquellos inicios cuando Fidel y su tropa bajaron de la Sierra Maestra en 1959 y el pueblo cubano aún tiene mucho qué reclamar.
La acusación formal por asesinato fue emitida por la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Florida en combinación con una orden de arresto del Departamento de Justicia de EE. UU., contra el expresidente Raúl Castro, de 94 años.
Ambas constituyen las justificaciones idóneas para que los tentáculos de la justicia estadounidense alcancen al hombre de mayor influencia del régimen comunista en Cuba, junto a los pilotos que con sus aviones militares MiG-29 y MiG-21 derribaron las avionetas Cessna de Hermanos al Rescate en aguas internacionales el 24 de febrero de 1996.
Los cargos son de conspiración para asesinar ciudadanos estadounidenses, cuatro cargos de homicidio y dos cargos adicionales por destrucción de dos aeronaves.
Raúl, retirado ya de la vida pública, aún se le considera el poder detrás del trono. Es diputado para la Asamblea Nacional del Poder Popular y conserva el rango de general del Ejército de las Fuerzas Revolucionarias, con carácter vitalicio.
En caso de ser apresado y extraditado a EE. UU., enfrenta más de 20 años de cárcel en un recinto federal de máxima seguridad.
De consumarse el hecho, como ocurrió en Venezuela, el mundo capitalista rendirá los honores correspondientes al presidente Donald Trump por su determinación de erradicar el comunismo en América Latina.
Pero además, por hacer la vida imposible a aquellos líderes de gobierno que conspiran contra los intereses de EE. UU. y de países aliados.
Los aplausos y vítores que surjan por esa causa jamás podrán ser de la exclusividad de Trump, el hombre que ha decidido cumplir su promesa de hacer su nación grande de nuevo, como reza su frase: "Make America Great Again" (MAGA, por sus siglas en inglés).
Muy cerca de la Oficina Oval de la Casa Blanca hay un ideólogo, un estratega, un hombre de extrema confianza que con rango de secretario de Estado lleva la acción de la política internacional de EE. UU.
Ese influyente personaje lo es Marco Rubio, estadounidense hijo de inmigrantes cubanos, nacido en Miami, Florida, epicentro de la resistencia anticastrista.
Rubio creció escuchando los reclamos cotidianos de parientes y amigos del exilio cubano reclamando democracia en Cuba, libertad de los presos políticos y justicia contra el régimen comunista.
Aun adolescente, decidió incursionar en la política, llevando consigo el dolor de los exiliados cubanos.
Aceptó el apoyo de la Fundación Nacional Cubano Americana, una organización que dirigió el extinto empresario multimillonario Jorge Mas Canosa, quien logró en poco tiempo acumular poder político y económico en el sur de la Florida y que ayudó a muchos de sus miembros a llegar a cargos electivos al Congreso federal y en puestos claves en Washington.
Como residente por muchos años en Miami, vi cómo aumentaba la influencia política de Rubio dentro del Partido Republicano, al igual que los excongresistas Mario Díaz-Balart e Ileana Ros-Lehtinen.
Su carisma lo impulsó a ocupar cargos como comisionado municipal, legislador estatal, presidente de la Cámara de Representantes de Florida y, posteriormente, senador representando a su estado en el Capitolio.
Aspiró a la presidencia para las elecciones de 2016, pero se retiró al perder las primarias republicanas frente a Trump.
Rubio se destacó en el Congreso por ser un defensor de políticas de presión internacional sobre regímenes represivos. De ahí su postura en apoyar legislaciones muy duras a favor de embargos comerciales contra Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Como secretario de Estado de EE. UU., tiene la oportunidad de influir ante el presidente Trump para que se ejecuten acciones que derrumben los gobiernos comunistas de la región.
Rubio está en el lugar idóneo para intentar hacer realidad su compromiso ante los exiliados cubanos del mundo: liberar a Cuba del régimen comunista que la gobierna.
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