De manera formal ya se inició el nuevo año escolar y con ello, todos los ajetreos que supone. 2.6 millones de niños y niñas vuelven de nuevo a sus aulas y a sus escuelas a encontrarse con sus compañeros y, por supuesto, con las y los maestros que les esperan para continuar su labor de educarlos como ciudadanos y ciudadanas.

Motivado por todo ello es que me he atrevido a escribir “algunas sugerencias” para darle mayor sentido a la labor que se reinicia, en procura de alcanzar los propósitos y fines de la educación. El inicio de cada nuevo año escolar debería constituirse en un día de alegría y regocijo, más allá de los discursos a los que estamos acostumbrados.

Empiezo estas reflexiones con lo siguiente:

Una escuela es como un mini-ministerio de educación. En ella hay una autoridad responsable, él o la directora, acompañado de “funcionarios” que, a su vez, deberán acompañar a las maestras y maestros en el desarrollo de su labor pedagógica. Por supuesto, están también los sujetos principales: los y las estudiantes. Además del personal administrativo y de apoyo, quienes procurarán organizar y mantener con higiene el templo de la educación que es la escuela.

En su mayoría son todos profesionales de la educación certificados por alguna institución de educación superior que los acredita como educadores del nivel básico: primaria y secundaria, como del nivel inicial. Llegaron a esa responsabilidad mediante concurso, por tanto, cuentan con las competencias profesionales requeridas.

El otro, el llamado Ministerio de Educación, les provee de las “orientaciones curriculares” y les proporciona otros elementos que deberán hacer posible la labor de enseñar: materiales didácticos, laboratorios, útiles deportivos, libros y computadoras, además de alimentación y otros tantos utensilios para lo que allí acontecerá.

Ahora bien, tener estudiantes matriculados, completar los contenidos curriculares y, por supuesto, haber hecho lo mismo con el calendario escolar no es sinónimo de aprendizaje. La realidad, con más y con menos, de todas estas cosas nos muestra que los resultados no son todo lo que esperamos alcanzar.

Es decir, el derecho a la educación no se satisface con solo entrar y permanecer en la escuela, supone el derecho mayor a aprender. Ése sería el aspecto principal de aquello que añoramos: la calidad de la educación. Es decir, que todos los y las estudiantes aprendan conforme a los requerimientos del mundo actual y de ellos mismos.

Las evidencias de las evaluaciones diagnósticas nos muestran que aún lo pendiente está muy por encima de la realidad, pues la mayoría de nuestros estudiantes aún muestran un desempeño básico en las áreas de lengua española, matemática, ciencias sociales y ciencias de la naturaleza.

El transcurrir de la escuela se desarrolla en una especie de “contrapunteo llanero” que van generando situaciones diversas en los y las estudiantes: algunos completan los 12 años de escolaridad requerida, otros salen y entran por diversas razones, y otros tantos salen para no volver.

Esta realidad es el contenido de lo que define el nivel de eficiencia interna del sistema educativo. Se ha dicho, que de los 12 años o más años cursados en el nivel básico (primaria y secundaria) terminan siendo efectiva y realmente 6.5 años de aprendizaje. Es decir, que al cursar 12 años o más nos coloca, en general, en el sexto de primaria.

Ése no es cualquier tema, y es el que pone en cuestión el nivel de calidad de nuestra educación.

La paradoja por supuesto es: si hemos aumentado el presupuesto de educación, si tenemos mejores infraestructuras, grandes inversiones en formación docente, incluyendo, los niveles de postgrado; si se ha mejorado el salario docente, hay alimentación, se han comprado muchas computadoras…

¿Cómo es que todavía nuestros estudiantes no alcanzan los niveles de logros de aprendizaje esperados curricularmente? ¿Qué es lo que falta todavía? Aunque el docente es importante, no todo depende de él. Sabemos que gran parte de la inversión no llega al aula.

Reconociendo esa realidad, sin embargo, es preciso señalar algunos elementos que podrían contribuir a ser más eficiente el desempeño docente, es decir, lograr más altas desempeño en los estudiantes. Veamos.

Un maestro que promueve aprendizaje…

Cree que sus estudiantes pueden aprender y genera altas expectativas,

Domina la planificación escolar del día a día,

Hace comprensible lo complejo,

Relaciona lo aprendido con la vida,

Pregunta más de lo que dicta,

Escucha,

Retroalimenta continuamente,

Parte de los errores para mejorar las respuestas,

Detecta quiénes se están quedando atrás y genera nuevas oportunidades de aprendizaje,

Comparte con sus otros colegas las experiencias,

Y vuelve a intentarlo de mejor manera.

Como la calidad de su gestión pedagógica tiene que ver directamente con las experiencias de aprendizaje que acontecen diariamente en las aulas, al planificar no solo se contenta con identificar los contenidos, las actividades, las fechas y las evaluaciones a realizar, sino que, además y principalmente:

Piensa, junto a sus colegas, de nuevo:

¿Quiénes son nuestros estudiantes?

¿Qué necesitan aprender?

¿Para qué necesitan aprenderlo?

¿Cómo hacer para tenga sentido?

¿Cómo iré sabiendo si están o no aprendiendo?

¿Qué haré si no?

Y es que planificar no es organizar solo lo que hay que enseñar… se trata de anticipar cómo voy a procurar que mis estudiantes APRENDAN.

Además, según avance el año escolar no deje de preguntarse interiormente: ¿qué está cambiado en mis estudiantes porque yo fui su maestro?, es decir, lo que saben, lo que saben hacer, las personas que están llegando a ser y las personas que son en su relación con los demás.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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