La publicación de una obra literaria de un autor dominicano que despierte el entusiasmo de la crítica, nacional o internacional, debería ser un motivo de celebración para el ecosistema cultural de la República Dominicana. La novela «Luces de alfareros», de la distinguida escritora y periodista dominicana Ana Almonte, es un testimonio de la vitalidad y de la ambición estética de nuestras letras contemporáneas. Sin embargo, el ejercicio de la crítica literaria no solo exige agudeza para percibir las virtudes de un texto, sino también una profunda responsabilidad metodológica, equilibrio y templanza al momento de ponderar su lugar en la tradición universal.

Es desde esa perspectiva, y movido exclusivamente por el rigor que ha guiado mis casi cuarenta años dedicados al estudio y a la investigación bibliográfica de nuestra literatura, que me veo en el deber académico de formular una reflexión pública en torno a las recientes declaraciones emitidas por el dilecto colega y amigo, el maestro José Enrique García. Lo hago con el más absoluto respeto a su trayectoria y en nuestra doble condición de académicos de la Academia Dominicana de la Lengua, un espacio donde la palabra está llamada a ser cuidada y a ser pesada con la balanza de la precisión y del juicio equilibrado.

En una reciente intervención mediática, el maestro García ha afirmado, con un fervor que desborda el análisis estrictamente estético, que la novela de Ana Almonte se sitúa entre las veinticinco mejores obras de la novelística mundial, llegando incluso a colocarla por encima de hitos incuestionables de la literatura hispanoamericana como «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez. Semejante dictamen, emitido de manera categórica y sin el sustento de un estudio comparado riguroso de la narrativa universal, constituye un despropósito teórico que, lejos de beneficiar a la obra y a su autora, produce un efecto adverso en los lectores formados y en los círculos intelectuales de nuestro país.

La hipérbole desmedida en la crítica literaria suele actuar como una contra-publicidad. Al intentar blindar un libro mediante sentencias absolutas y canonizaciones prematuras, se levantan sospechas de complacencia que eclipsan los méritos reales y legítimos que podría poseer la novela por sí misma. Peor aún, atribuir el natural escepticismo de la comunidad literaria a un supuesto complot movido por la envidia o la mezquindad, desvía el debate del terreno de la estética para situarlo en el plano del melodrama cultural, algo que nuestras letras no necesitan.

Quienes tenemos la responsabilidad de orientar el gusto estético y salvaguardar la memoria bibliográfica de la nación no podemos olvidar los referentes que fundaron nuestra mejor tradición crítica. El académico José Enrique García, con demostrados méritos para ello, recibió el importante Premio Internacional «Pedro Henríquez Ureña». Es precisamente el nombre de ese insigne hombre de letras, Pedro Henríquez Ureña —el Crítico de América—, el que debe servirnos como el más alto faro de conducta intelectual. Fue él un ejemplo imperecedero de ecuanimidad, un sabio que ejerció el juicio literario con una serenidad matemática, desprovisto de arrebatos pasionales, midiendo cada adjetivo y sustentando cada tesis en la erudición y el método científico.

Esta exhortación a la mesura dirigida al académico, intelectual y amigo José Enrique García no nace, bajo ninguna circunstancia, con el ánimo de atropellar o menoscabar la indiscutible autoridad del colega en las letras y en la Academia. Nace de la necesidad de proteger el rigor de la crítica dominicana y de asegurar que el debate sobre «Luces de alfareros» se mantenga en los canales del análisis serio, justo y ponderado. La verdadera literatura tiene la fuerza suficiente para respirar por sí misma; no necesita de coronaciones hiperbólicas para reclamar su espacio en el tiempo. Devolvamos a la crítica su carácter de diálogo reflexivo, ecuanimidad y prudencia, valores que hacen grandes a las instituciones que representamos y a las letras de la patria de Don Pedro Henríquez Ureña.
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*Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, Miembro Correspondiente/Consultor Bibliográfico de la Academia Dominicana de la Lengua y Presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas, Inc. (CEDIBIL). Premio «Casa del Escritor Dominicano» 1994 por su obra Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana (1993).

Miguel Collado

Escritor

MIGUEL COLLADO (1954-). Historiador literario, bibliógrafo, compilador, antólogo, poeta, cuentista, conferencista y educador dominicano. Ganador del Premio Casa del Escritor Dominicano 1993. Actualmente es presidente del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL) y del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH). Autor de: «Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana» (1993), «Bibliohemerografía hostosiana de autores dominicanos» (2003), «Historia bibliográfica de la literatura infantil dominicana» (2003) y «En torno a la literatura dominicana: apuntes literarios, bibliográficos y culturales» (2013).

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