El actual mandatario estadounidense Donald Trump culminó su esperada visita a Pekín, China, el pasado viernes 15 de mayo, en donde sostuvo encuentros claves para su gestión con su homólogo Xi Jinping. En la misma, que se extendió por espacio de dos días, se trataron espinosos temas bilaterales y de alcance global en la actualidad. Comercio, la guerra contra Irán, la constante venta de armamentos por parte de EE. UU. hacia Taiwán y el deseo estadounidense, entre otros, de que China continúe abriendo sus mercados hacia Norteamérica.
El encuentro se efectuó en momentos en los que la estatura y credibilidad estadounidenses experimentan su más bajo perfil a nivel internacional. Una crisis global energética y de comercio catapultada por la guerra anglosionista en contra de Irán. El aumento del precio en el barril del petróleo y el cierre del estrecho de Ormuz. La inesperada resistencia iraní y los problemas experimentados por Trump en el plano interno, que se han escenificado en un incremento de la inflación en el 3,8 %, un aumento de un 0,6 % en el costo de vida desde marzo, un descalabro súbito de la percepción de Trump por el electorado en las encuestas, el galón de gasolina que desde los comienzos de las hostilidades con Irán se ha incrementado en 1,50 dólares; ha enfurecido a la población estadounidense haciendo que la reunión planeada para marzo fuese pospuesta para mayo, algo que molestó a los chinos, quienes son celosos en materia de protocolo.
Presionado, claro, por el dislate en Irán, Trump acudió a esta reunión en espera de los buenos oficios de Xi Jinping para que utilice su estrecha relación con Irán en procura de solucionar este embarazoso enredo para la actual administración Trump. China no ha de olvidar que hace un año la administración Trump impuso un 145 % en aranceles a China, ni que hace algunas semanas EE. UU. anunció un paquete adicional de sanciones hacia compañías e individuos chinos y de Hong Kong, acusándolos de suplir componentes para los misiles iraníes e imágenes satelitales que fueron utilizadas para apuntar con exactitud intereses norteamericanos en el golfo Pérsico. De igual manera, Xi ha de soslayar el hecho de que su invitado atraviesa por un progresivo declive en su salud, lo que incluye su memoria, coherencia en su hablar y transmisión de ideas.
A la reunión, Trump fue acompañado de un séquito muy pintoresco. El mismo no fue encabezado por un equipo de expertos negociadores y diplomáticos de carrera con amplios conocimientos de China. Trump se hizo acompañar de una docena de líderes empresariales, incluyendo, claro está, a su hijo Eric Trump y su esposa Lara, a los que la Casa Blanca defendió indicando que viajaban a "título personal". Recordemos que una y otra vez Trump acusó al exmandatario Joe Biden de hacer lo mismo con su hijo Hunter. De hecho, tanto Eric como Don Jr. concluyeron una fusión de sus empresas de golf con una llamada Powerus, ubicada en Florida y que se dedica a la construcción de drones. Ambos incluso lograron un contrato de 24 millones de la administración Trump para estos menesteres.
Otros empresarios fueron Elon Musk, de Tesla; Tim Cook, de Apple; Larry Fink, de BlackRock; Kelly Ortberg, de Boeing; así como altos oficiales de Meta, Visa, Mastercard, Citibank, Goldman Sachs, Blackstone, GE Aerospace, Cargill, Jensen Huang, de Nvidia, e Illumina, entre otros. Si es correcto que en visitas de esta naturaleza los mandatarios se hagan acompañar de un equipo nutrido de representantes del empresariado, lo que resalta en esta visita sin precedente es que en ella se nota a leguas el cariz oligárquico de la actual administración Trump. ¿Quién en realidad gobierna EE. UU. cuando Musk, el hombre más rico del mundo y con intereses en China, también asiste a dicha reunión? ¿A quién representa la administración Trump?
Luego de los pomposos desfiles, generosos áulicos de una y otra parte; poses y pantomimas; el evento no se tradujo en ganancias concretas para EE. UU. Pekín continuó reafirmando su postura mesurada en torno a Irán, refrenándose de culpar a su invitado por el dislate cometido. Xi se concentró en expresar su inquietud en torno a la apertura del estrecho y la normalización del tráfico marítimo. De hecho, el pasado 6 de mayo ya el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, se había reunido con Xi. Siendo que Irán es su aliado, China no aplicará ninguna presión a este respecto. De igual manera, en materia comercial, Pekín únicamente se comprometió en adquirir 200 aviones Boeing, no los 780 que Trump había pedido. En lo tocante a Taiwán, Xi le dio a entender a Trump que seguir insistiendo en el apoyo estadounidense al país pudiese desembocar en problemas mayores entre las dos naciones. Inclusive, Xi, en una de sus intervenciones, mencionó la trampa de Tucídides en este sentido.
En suma, más allá de los discursos, poses y pantomimas, lo que necesitamos es un retorno al recurso diplomático. El cacareado evangelio de Stephen Miller, según el cual "vivimos en un mundo gobernado por fuerza… gobernado por el poder", tiene que abrirse paso al diálogo propositivo entre los jefes de Estado de manera que podamos encarar los retos que enfrentamos en una aldea global sitiada por altos precios en los productos de primera necesidad, acceso al agua potable, la amenaza de nuevas pandemias, el crimen transnacional, el resurgimiento de los nacionalismos virulentos, el riesgo de guerras cibernéticas, la inteligencia artificial descontrolada y la recurrencia de crisis financieras. Ojalá que ambos líderes puedan ser sensatos y reconozcan su responsabilidad histórica en esta tarea.
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