Vivimos en una época donde nunca habíamos tenido tanta calidad de imagen al alcance de la mano. Tenemos televisores 4K, celulares con pantallas impresionantes, plataformas de streaming llenas de contenido y cámaras capaces de capturar hasta el más mínimo detalle. Sin embargo, hay algo curioso que mucha gente ha comenzado a notar: aunque la tecnología ha avanzado muchísimo, muchas películas y series modernas parecen haber perdido algo en el camino.

Hay espectadores que no necesariamente saben explicarlo en términos técnicos, pero sienten que las producciones actuales se ven más planas, más limpias de la cuenta, más artificiales. Como si les faltara alma. Como si todo estuviera demasiado organizado, demasiado perfecto, demasiado calculado. Y la verdad es que esa sensación no es una simple nostalgia ni una queja de gente que dice que «todo tiempo pasado fue mejor». Detrás de esa percepción existe un cambio cultural y visual bastante profundo.

Cuando uno vuelve a ver películas como Thelma & Louise, por ejemplo, se da cuenta de algo interesante. La magia de esas historias no dependía únicamente de las actuaciones o del guion. También estaba en los espacios. Las cocinas tenían desorden. Las paredes tenían marcas. Los moteles del desierto se veían gastados por el tiempo. Los carros parecían realmente usados por personas reales.

Todo transmitía la sensación de que esos lugares existían antes de que la cámara llegara y que seguirían existiendo después de que la película terminara.

En otras palabras, los escenarios se sentían habitados.

Hoy pasa algo diferente. Muchas películas parecen desarrollarse en espacios que lucen como una exhibición de muebles recién comprados. Cocinas impecables donde nunca se cocina. Oficinas donde aparentemente nadie trabaja. Apartamentos perfectamente organizados donde no hay una sola señal de vida cotidiana.

Es una estética extremadamente limpia, tan limpia que termina sintiéndose falsa.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla de algo parecido en su libro La salvación de lo bello. Según él, la sociedad moderna se ha obsesionado con eliminar todo aquello que genere fricción, incomodidad o resistencia. Queremos que todo sea fácil, suave y agradable a primera vista. Y esa misma lógica ha llegado al cine.

La imagen moderna está diseñada para consumirse rápidamente. No busca que te detengas a observarla ni que descubras detalles escondidos. Busca ser agradable de inmediato, sin esfuerzo.

Pero el problema es que, cuando eliminas toda imperfección, también eliminas gran parte de la personalidad.

Y este fenómeno no se limita al cine.

El escritor Kyle Chayka desarrolló un concepto muy interesante llamado Airspace, que algunos traducen como «Mundo Filtrado». Él explica cómo internet y las redes sociales han transformado la apariencia de los espacios físicos.

Hoy puedes entrar a una cafetería en Santo Domingo, en Ciudad de México, en Madrid o en Tokio y encontrar prácticamente el mismo diseño: paredes claras, plantas decorativas, muebles minimalistas, lámparas cuidadosamente colocadas y rincones pensados para que la gente se tome fotos.

Todo está diseñado para verse bien en Instagram.

El problema es que, mientras más lugares intentan verse perfectos, más terminan pareciéndose entre sí.

La identidad local comienza a desaparecer.

Los espacios pierden carácter.

Pierden textura.

Y cuando los cineastas filman en esos lugares, no están creando una estética artificial desde cero. Más bien están documentando un mundo que ya se ha vuelto visualmente uniforme.

Es como si la realidad misma hubiera comenzado a parecerse a una plantilla.

Por supuesto, también hay razones técnicas detrás de este cambio.

La industria audiovisual moderna funciona de manera muy distinta a como funcionaba hace treinta o cuarenta años.

Una de las explicaciones más interesantes la mencionó el actor Matt Damon. Según él, muchas películas actuales se realizan pensando en la llamada experiencia de «doble pantalla».

¿Qué significa eso?

Que los estudios asumen que una gran parte del público verá la película mientras revisa TikTok, responde mensajes o navega por redes sociales.

Suena triste, pero es una realidad.

Por eso las imágenes suelen ser más simples visualmente. Los rostros tienen que verse claramente. La información importante debe ser evidente. Los fondos no pueden distraer demasiado.

Todo se diseña para que la historia siga siendo comprensible incluso cuando el espectador no está prestando atención al cien por ciento.

Es una decisión lógica desde el punto de vista comercial.

Pero artísticamente tiene un costo enorme.

Otra razón importante es el auge de los efectos visuales digitales.

Actualmente muchas producciones utilizan pantallas LED gigantes, fondos generados por computadora y tecnologías que permiten modificar prácticamente todo después del rodaje.

Antes, un director debía tomar muchas decisiones visuales en el momento de filmar. Había que comprometerse con una iluminación específica, con determinados colores y con ciertas atmósferas.

Ahora existe la posibilidad de cambiar casi todo en posproducción.

Y cuando existe esa posibilidad, muchas veces los estudios prefieren jugar a lo seguro.

Se filma de manera neutra.

Sin demasiados contrastes.

Sin sombras muy marcadas.

Sin colores demasiado arriesgados.

La idea es dejar abiertas todas las opciones para después.

El resultado suele ser una imagen técnicamente correcta, pero emocionalmente fría.

Una imagen que no comete errores, pero que tampoco deja huellas.

A eso se suma otro factor del que casi nadie habla: la compresión digital.

Las plataformas de streaming necesitan enviar enormes cantidades de información a millones de usuarios simultáneamente. Para hacerlo, comprimen los archivos de video.

Los colores extremadamente intensos, las sombras profundas y ciertos niveles de contraste consumen más recursos y pueden generar problemas visuales durante la transmisión.

Por esa razón, muchas producciones terminan adoptando una apariencia más suave y uniforme.

No siempre es una decisión artística.

A veces es simplemente una consecuencia de cómo funciona la tecnología.

Sin embargo, esta discusión va mucho más allá de las cámaras y los algoritmos.

Hace casi un siglo, en 1933, el escritor japonés Junichiro Tanizaki escribió un ensayo llamado El elogio de la sombra.

Aunque fue escrito muchísimo antes de Netflix, YouTube o las redes sociales, parece sorprendentemente actual.

Tanizaki observaba cómo la modernización de Japón estaba llenando todos los espacios de luz artificial. Para él, algo importante se estaba perdiendo.

Decía que la belleza no residía únicamente en los objetos, sino en las sombras que los rodeaban.

En aquello que no se veía completamente.

En los rincones oscuros.

En los detalles que requerían paciencia para ser descubiertos.

Su idea era sencilla pero poderosa: cuando iluminas absolutamente todo, eliminas el misterio.

Y sin misterio, muchas formas de belleza desaparecen.

Si observamos gran parte del cine contemporáneo, parece que hemos seguido exactamente ese camino.

Todo está iluminado.

Todo está visible.

Todo está disponible de inmediato.

No hay espacios para la imaginación.

No hay secretos.

No hay zonas grises.

Y eso termina afectando no solo la estética de las películas, sino también la manera en que experimentamos las historias.

Porque un mundo sin sombras es un mundo donde ya no queda nada por descubrir.

Afortunadamente, todavía existen directores que se resisten a esta tendencia.

Denis Villeneuve, por ejemplo, ha demostrado en películas como Dune y Blade Runner 2049 que todavía es posible crear imágenes con profundidad, atmósfera y personalidad.

Robert Eggers hizo algo similar con The Lighthouse, una película que abraza la oscuridad, la textura y la incomodidad visual como parte fundamental de su identidad.

Y Celine Sciamma, en Retrato de una mujer en llamas, utilizó la luz natural y la composición visual para construir imágenes que parecen pinturas vivas.

Estos cineastas entienden algo que muchas producciones industriales han olvidado: la perfección no siempre es interesante.

Las imperfecciones, las sombras, los contrastes y las decisiones arriesgadas son precisamente las cosas que hacen que una imagen permanezca en nuestra memoria.

Por supuesto, cada generación cree que la estética de su época está en crisis.

Eso no es nada nuevo.

Los artistas modernos del siglo XX criticaban las casas victorianas que hoy consideramos hermosas piezas históricas.

Lo que hoy nos parece frío y artificial quizás dentro de cien años sea visto como una representación visual perfecta de las ansiedades y contradicciones de la década de 2020.

Es posible.

Pero también es cierto que las obras que sobreviven al paso del tiempo suelen tener algo más.

Algo que invita a volver.

Algo que revela nuevos detalles con cada mirada.

Algo que recompensa la atención.

Y ahí es donde está la verdadera diferencia.

Al final, la discusión no trata solamente sobre cine. Trata sobre la forma en que queremos relacionarnos con el mundo.

Podemos seguir consumiendo imágenes cada vez más pulidas, más rápidas y más fáciles de digerir. O podemos buscar obras que nos reten un poco más, que nos obliguen a mirar con atención, que escondan algo entre sus sombras y que se atrevan a ser imperfectas.

Porque quizás la textura que estamos extrañando en las películas no desapareció únicamente del cine.

Quizás también se está desapareciendo de nuestra vida cotidiana.

Y mientras el mundo se vuelve cada vez más digital, más uniforme y más optimizado, vale la pena preguntarnos si realmente queremos vivir en una realidad donde todo se vea perfecto, pero donde nada tenga la suficiente personalidad como para quedarse grabado en nuestra memoria.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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