Las asambleas ciudadanas y las comisiones técnicas reunidas en mesas de trabajo juramentadas para la participación de las comisionadas y los comisionados en los planes estratégicos de desarrollo, no constituyen simplemente mecanismos para organizar reuniones. Representan el comienzo de una arquitectura institucional y ciudadana destinada a construir colectivamente el futuro de un territorio. En ese rumbo se dirige en estos momentos, el Plan Estratégico de Desarrollo San Juan 2050.
La experiencia acumulada por Centro Iberoamericano de Desarrollo Estratégico Urbano (CIDEU), los enfoques promovidos por CEPAL y los diversos planes territoriales que facilita Strategius como Colectivo de Consultores, demuestra la importancia de comprender la planificación estratégica como un proceso de construcción colectiva, basado en conocimiento territorial, participación, gobernanza, visión de futuro, articulación institucional y capacidad para transformar las estrategias en proyectos y acciones concretas.
Desde esta perspectiva, una asamblea ciudadana no es una actividad protocolar. Es un espacio de construcción democrática del desarrollo. Existe un principio que debe quedar absolutamente claro: las asambleas son abiertas a cualquier munícipe. No es necesario pertenecer previamente a una organización comunitaria, empresarial, académica, religiosa, profesional o social. Tampoco es indispensable tener experiencia en planificación estratégica.
Cualquier persona puede acercarse, escuchar, conocer el proceso, plantear sus inquietudes y decidir posteriormente hasta dónde desea participar. Incluso quienes todavía no consideran prioritario involucrarse tienen derecho a conocer qué se está construyendo. Porque la planificación territorial termina afectando prácticamente todas las dimensiones de la vida cotidiana: dónde vivimos, cómo nos movilizamos, dónde trabajamos, cómo accedemos a los servicios, cómo se ordena el crecimiento urbano, cómo se protege el ambiente y qué oportunidades tendrán las nuevas generaciones.
La planificación estratégica comienza cuando una sociedad deja de preguntarse solamente qué problemas tiene y empieza a preguntarse qué futuro quiere construir.
Cuatro pilares para una visión compartida
El proceso se estructura alrededor de cuatro grandes pilares: gobernabilidad, economía, ordenamiento territorial e inclusión. Esta organización permite superar una visión fragmentada del desarrollo.
La gobernabilidad aborda la capacidad institucional, la coordinación entre actores, la participación ciudadana, transparencia y construcción de acuerdos. La economía reconoce capacidades productivas del territorio, sus sectores estratégicos, inversiones, creación de riqueza, empleo, innovación, emprendimiento y posibilidades de inserción competitiva. El ordenamiento territorial busca orientar el crecimiento, infraestructuras, equipamientos, movilidad, asentamientos humanos y protección de recursos naturales. La inclusión coloca a las personas en el centro del desarrollo, procurando que las oportunidades, servicios y beneficios territoriales, alcancen también a las comunidades tradicionalmente menos favorecidas.
Pero estos cuatro pilares no pueden trabajar aisladamente. La metodología estratégica exige comprender sus interdependencias. No existe economía territorial sostenible, sin gobernabilidad; no hay ordenamiento territorial legítimo, sin participación; y no acontece la inclusión efectiva, sin oportunidades económicas y acceso equitativo a servicios y equipamientos.
Los comisionados: arquitectura institucional del proceso
En este modelo, las comisionadas y los comisionados adquieren una responsabilidad fundamental. Son la arquitectura institucional sobre la cual descansará buena parte de la construcción participativa del plan. Su función no consiste únicamente en representar sectores. Deben contribuir a conectar conocimientos, instituciones, comunidades, empresas, academia y ciudadanía; facilitar conversaciones; identificar problemas y oportunidades; promover consensos y ayudar a transformar las demandas ciudadanas en propuestas estratégicas.
Esto se aproxima a una de las grandes contribuciones del pensamiento estratégico promovido por CIDEU: el plan no debe entenderse como un producto cerrado elaborado exclusivamente por especialistas, sino como un proceso permanente de construcción de acuerdos entre actores que comparten un territorio y un futuro. De ahí que la participación no sea un elemento decorativo del proceso. Es parte de su método.
Del diagnóstico a las victorias rápidas
La metodología debe conducir desde el conocimiento de la realidad hasta la acción. Primero está el diagnóstico participativo, que permite identificar las principales brechas, potencialidades, conflictos, oportunidades y tendencias del territorio. Después debe construirse una visión estratégica compartida: una imagen de futuro suficientemente clara para orientar las decisiones de instituciones, empresas, organizaciones sociales y ciudadanía.
A partir de esa visión surgen las estrategias estructurantes de desarrollo, que establecen las grandes transformaciones necesarias para alcanzar el futuro deseado. Finalmente, aparecen los proyectos y acciones de victorias rápidas y demostrativas. Esta última dimensión es fundamental. La planificación estratégica no puede terminar en un documento lleno de aspiraciones. Debe demostrar que es capaz de producir transformaciones concretas en la vida de las personas.
Las victorias rápidas pueden ser proyectos de infraestructura, iniciativas económicas, programas sociales, acciones ambientales, reformas institucionales, mejoras urbanas o intervenciones territoriales que permitan demostrar, mediante resultados concretos, que la estrategia está avanzando. En el lenguaje de la planificación estratégica, la visión moviliza, la estrategia organiza y los proyectos transforman.
Planificar es construir gobernanza
Los enfoques territoriales de CEPAL insisten en la necesidad de superar las actuaciones sectoriales y fragmentadas, fortaleciendo la articulación entre actores, escalas territoriales e instituciones. Esa perspectiva es relevante para nuestros territorios. Los grandes problemas del desarrollo no respetan las fronteras administrativas. El agua, movilidad, expansión urbana, mercados laborales, producción, residuos, ecosistemas y infraestructuras establecen relaciones territoriales que obligan a cooperar.
Por eso, una planificación estratégica contemporánea debe producir algo más que un conjunto de proyectos: debe generar gobernanza territorial. Gobernanza significa capacidad de ponerse de acuerdo para actuar. Las asambleas ciudadanas son precisamente uno de los espacios donde esa capacidad puede comenzar a construirse.
No todos los ciudadanos tendrán el mismo interés ni el mismo nivel de participación. Eso es normal. La participación democrática no impone que todos hagan lo mismo. Lo importante es que las puertas estén abiertas. Que quien quiera participar pueda hacerlo. Que quien tenga una propuesta encuentre dónde presentarla. Que quien tenga una crítica pueda expresarla. Que quien posea conocimiento técnico pueda aportarlo; y que quienes conocen cotidianamente los problemas de sus barrios, comunidades, empresas, instituciones y territorios puedan incorporar ese conocimiento al proceso.
¡El plan es de todos, no de un grupo!
La verdadera fortaleza de un plan estratégico no se mide solamente por la calidad de su documento final. Se mide por la cantidad y diversidad de actores capaces de reconocerse en él, por la calidad de los acuerdos construidos y, sobre todo, por la capacidad colectiva de convertir esos acuerdos en acciones. Por eso, la juramentación de las comisionadas y los comisionados, debiera entenderse como el inicio de una responsabilidad mayor.
Ellos ayudarán a construir la estructura. Los equipos técnicos aportarán conocimiento y metodología. Las instituciones aportarán capacidades. Los sectores productivos aportarán innovación e inversión. Las organizaciones sociales aportarán experiencia y legitimidad territorial. Por su parte, la ciudadanía aportará algo insustituible: la experiencia cotidiana de vivir y construir el territorio.
CIDEU aporta a esta perspectiva la cultura del pensamiento estratégico urbano y la construcción de proyectos desde la gobernanza. CEPAL aporta una mirada territorial del desarrollo, centrada en las brechas, las capacidades, la cohesión y la articulación de actores y territorios. Ambas perspectivas convergen en una idea esencial: el futuro no se improvisa; se construye colectivamente, se organiza estratégicamente y se convierte en acción.
Por eso las asambleas ciudadanas y las comisiones técnicas deben ser entendidas como espacios vivos de planificación. La invitación es sencilla: acercarse, escuchar, participar y construir. Porque un plan estratégico verdaderamente ciudadano no comienza cuando se edita el documento final. Comienza cuando una sociedad decide sentarse junta a imaginar, discutir y construir el territorio que quiere dejar a las próximas generaciones.
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