¿Qué mejor manera de celebrar un acuerdo de paz que con una pelea de artes marciales mixtas en una jaula en el jardín de la Casa Blanca? Donald Trump siempre ha preferido los conflictos escenificados a la violencia prolongada. Ahora, por fin, tiene su tan anunciado acuerdo para ponerle fin a la guerra con Irán.
Pero es probable que cualquier paz sea frágil. Independientemente de cómo Trump decida venderlo, el acuerdo que se firmará en Ginebra el viernes no es un arreglo permanente. Es una prolongación del cese al fuego actual por 60 días, lo que permite que el estrecho de Ormuz se reabra gradualmente y que se levante el bloqueo de EE. UU. sobre Irán. Existe la promesa de resolver las cuestiones nucleares a través de la negociación, vinculada a un compromiso de levantar gradualmente las sanciones contra Irán.
Es fácil ver cómo todo esto podría fracasar. El gobierno israelí no está contento, en particular, con el anuncio de que su campaña contra Hezbolá en el Líbano tendrá que terminar. Con las elecciones a la vuelta de la esquina —y la condena multipartidista del acuerdo de paz en Israel—, Benjamin Netanyahu podría sentir la necesidad de reanudar los ataques contra Hezbolá, especialmente si este bombardea el norte de Israel. Irán podría entonces responder con ataques contra Israel.
El Líbano es solo el foco de tensión más obvio. Una reapertura gradual del estrecho de Ormuz —mientras comienzan las conversaciones sobre el espinoso tema del programa nuclear de Irán— deja mucho margen para disputas y malentendidos. Dadas las circunstancias, es más probable que se produzca una relajación gradual de las tensiones —salpicada de episodios ocasionales de violencia— que un cese total de las hostilidades.
Al no haber un vencedor claro en la guerra, cualquier acuerdo de paz tenía que ser un compromiso. La mejor señal es que los partidarios de la línea dura de todas las partes están descontentos con él.
Los funcionarios de línea dura estadounidenses querían un cambio de régimen en Teherán o, como mínimo, un desmantelamiento completo del programa nuclear iraní. Pero el cambio de régimen parece ahora más lejano que cuando comenzó la guerra. Y las promesas iraníes de futura cooperación en temas nucleares serán recibidas con profundo escepticismo por muchos en Washington.
A los de línea dura también les preocupa que descongelar los activos iraníes y levantar las sanciones le permita a la República Islámica reconstruir su ejército y sus aliados regionales. La semana pasada, el senador Lindsey Graham, un destacado republicano de línea dura, seguía presionando a Trump para que intensificara la guerra llevando a cabo su amenaza de tomar la isla de Jark, que es el principal centro de exportación de petróleo de Irán. Pero los asesores militares de Trump le han advertido que cualquier fuerza de ocupación estadounidense sería un blanco fácil para un contraataque iraní. El acuerdo que ha alcanzado ahora refleja el fracaso de la opción militar.
El gobierno israelí está particularmente descontento. Amit Segal, un periodista cercano a Netanyahu, respondió al anuncio del acuerdo publicando una cita de Henry Kissinger: «Quizás sea peligroso ser enemigo de EE. UU., pero ser amigo de EE. UU. es fatal». A los israelíes les preocupa que Irán haya logrado vincular la apertura del estrecho a un alto el fuego en el Líbano, lo que le ataría las manos a Israel en una guerra en sus propias fronteras. En términos más generales, temen que Irán, su rival más peligroso, haya salido fortalecido del conflicto.
Pero los ultraconservadores iraníes también parecen enojados. La noticia del inminente acuerdo provocó manifestaciones en Teherán y en ciudades de la región, con consignas contra Abbas Araghchi, el ministro de Relaciones Exteriores, y Mohammad Bagher Ghalibaf, el presidente del Parlamento. Los críticos del acuerdo propuesto en Irán dicen que Teherán está intercambiando la apertura del estrecho por una promesa de alivio de las sanciones que EE. UU. podría no cumplir, especialmente porque podría ser bloqueada en el Congreso.
También habrá sentimientos encontrados en los Estados del Golfo. Países como Arabia Saudita, Catar y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) necesitan urgentemente un acuerdo que permita el libre flujo de las exportaciones de energía a través del estrecho y restablezca la confianza en la estabilidad de la región.
Pero una paz frágil, salpicada por ocasionales ataques con drones o misiles, podría no ser suficiente para tranquilizar a los turistas y a los trabajadores expatriados. Algunos de los daños causados a infraestructuras clave, como la planta de gas natural licuado de Ras Laffan, en Catar, podrían tardar varios años en repararse.
Los Estados del Golfo también tendrán que hacer un examen de conciencia sobre su futuro posicionamiento geopolítico. Muchos responsables de la toma de decisiones en la región siguen molestos porque EE. UU. e Israel lanzaron una guerra contra Irán a pesar de haberles aconsejado lo contrario. Pero también están indignados porque Teherán los haya convertido en blanco de represalias, a pesar de que no participaron directamente en la ofensiva inicial de EE. UU. e Israel.
En los próximos meses y años, los Estados del Golfo enfrentarán una decisión trascendental. ¿Reforzarán su relación con EE. UU. —y algunos se acercarán aún más a Israel— con el argumento de que no hay socios de seguridad alternativos plausibles? ¿O decidirán que EE. UU. actualmente es demasiado caprichoso y poco confiable como aliado y comenzarán discretamente a buscar un entendimiento con Irán?
El propio Trump tiene un largo historial de presentar como éxitos lo que en realidad son fracasos, ya sea un casino en quiebra o unas elecciones perdidas. Hará lo mismo rápidamente con esta guerra fallida por el cambio de régimen. Pero, para ello, necesitará un largo período de calma en el que Irán y Oriente Medio desaparezcan de los titulares. Quizás eso sea pedir demasiado.
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