Queridos familiares y amigos:
Hoy nos reunimos para despedir a una mujer excepcional, a una heroína; nuestra madre, MILAGROS DE LOS ÁNGELES MARTÍNEZ AYBAR, quien fuera hija de la familia conformada por los esposos, Manuel De Jesús Gómez Martínez, alias PUSITO (†) y Mercedes Ofelia Aybar Vásquez (†). De esta unión matrimonial nacieron Vinicio (†), Rolando (†), Yolanda (†), Rosalinda (Taína) (†) y Milagros De los Ángeles, nuestra amada madre. De manera, que una vez dormida mami en los brazos del señor, la hija menor, se cierra el linaje directo o la estirpe familiar de sus padres. En el contexto del duelo, esto simboliza el fin de una generación y de la memoria familiar compartida. Metafóricamente, se suele decir que se cierra la última página del libro de esa familia o su árbol genealógico inmediato.
En realidad, mi madre debió llevar los apellidos Gómez Aybar, pero desavenencias de mi abuelo con alguien de su familia, lo condujeron a declarar a su descendencia con su apellido materno, Martínez. Cabe resaltar, que mis hermanos y yo, además de esos tíos también tuvimos otros muy queridos, porque mi abuelo, quien fue capitán del ejército casó más de una vez, razón por la cual nacieron otros entrañables hermanos y hermanas de nuestra madre, quienes han sido inolvidables tíos y tías para nosotras, muchos de los cuales también se le adelantaron a mami y están en los brazos del señor.
El entorno familiar de nuestra mamá, estuvo muy ligado a las ciencias médicas. De hecho, su progenitora, nuestra abuela Ofelia Aybar, perteneció a una de las primeras promociones de enfermeras del país, cuyo hermano Rafael fue médico; pero también era prima del Dr. Luís Eduardo Aybar, reconocido como uno de los más eminentes médicos dominicanos. Otro dato digno de ser resaltado en este homenaje póstumo a mi madre, está relacionado también con su linaje, su ascendencia familiar, y vincula con una de las mujeres que bordaron la patria. El abuelo de nuestra madre, Manuel De Jesús Gómez Bona, a quien apodaban “Isú”, fue el cuarto hijo de Concepción Bona, heroína de la independencia nacional, la misma que entregó la bandera a Mella en la puerta de la misericordia la noche en que se proclamó nuestra independencia. Mi madre y sus hermanos siempre vivieron muy orgullosos de ese vínculo, del cual también nos sentimos honrados todos los descendientes de nuestra familia.
Mami, sentía mucha satisfacción no sólo de sus hijos, sino también de sus ancestros. Recuerdo que en varias ocasiones nos dijo que su papá, abuelo Pusito, además de ser militar, estudió contabilidad y que falleció poco antes de recibirse de médico, habiendo cursado materias en la Universidad de Santo Domingo, junto a sus propios hijos Vinicio y Rolando, y también con quien luego se casaría con su hija Milagros, nuestro padre, el doctor Joaquín Justo Jiménez Dájer, fallecido hace dos años.
Cabe destacar que mami tuvo otra madre. Nuestra otra abuela, Rosalinda Gómez Martínez, quien era hermana de nuestro abuelo Pusito, y a cuyo cargo estuvo su crianza y con quien vivió, incluso después de casarse y formar familia, hasta que abuela partió a los brazos del padre el 24 de noviembre de 1977. Doña Milagros la amaba profundamente y nosotras la recordamos con amor y gratitud. Ya deben haberse reencontrado en el cielo.
Esa tradición profesional en la familia de nuestra mamá, se vio reforzada cuando ella se une en matrimonio con papi. Se conocieron a través de mis tíos médicos y se enamoraron mientras nuestra madre trabajaba como bioanalista en el Hospital Padre Billini, lugar donde papi realizaba su pasantía. Se hicieron novios y posteriormente, un 15 de octubre de 1963 se casaron. De esta unión matrimonial que permaneció indisoluble por más de 60 años, nacimos nosotras sus hijas aquí presentes, Katia y Larissa y nuestros hermanos idos a destiempo Deborah (Kinkin) y Miguelón. Podemos dar testimonio de un matrimonio caracterizado por el amor, la consagración familiar, el respeto y la fidelidad.
Nuestra madre fue un ser humano excepcional. Inagotablemente generosa. Siempre ha sido motivo de remembranzas en nuestro ambiente familiar, su particular inclinación para ayudar a la gente. Nuestra casa de la 16 de agosto, siempre tenía algún huésped a quien mi madre daba refugio y comida. Aquello era algo increíble. Los problemas del prójimo los hacía suyos e intentaba resolverlos a como diera lugar. No fueron una ni dos las veces que sus hijos e hijas teníamos que ayudar a solucionar las encomiendas de nuestra mamá para resolver problemas ajenos. Eran de toda índole. En varias ocasiones recibí en mi despacho a varias señoras que me eran remitidas por mami, para que las ayudara porque tenían un hijo preso o porque el papá de los hijos no les pagaba la pensión. Igual pasaba con pacientes que remitía al laboratorio de nuestro padre, con el encargo de hacerles una retahíla de pruebas con la nota de que ese servicio debía hacerse gratuitamente. No dejo de recordar a mi padre con su acuñada frase… ¡Esto es inconcebible!
Mami gustaba de estar acompañada en todo lo que hacía, y por ello estrechó lazos con varias personas. Entre ellos, su inseparable Miguelito (EPD), un vecino contemporáneo de nuestro hermano Miguelón, a quien nuestra madre consideraba como a un hijo y que era su cómplice en todo. Cabe mencionar también, a su adorada amiga Gisela Morillo, quien hace muchos años mudó al extranjero, a quien mami siempre le expresó su amor y cariño y sabemos que ello fue reciprocado por esa amiga, que tiempo después se convirtió en la madrina de mi hija Deborah, y por tanto es mi comadre.
Mami fue mucho más que una figura materna. Su amor incondicional y su dedicación hacia su familia fueron ejemplos que guiaron cada paso de nuestras vidas. A través de sus acciones, nos enseñó el verdadero significado del sacrificio, la compasión, la generosidad y la fortaleza.
Y hablando de fortaleza, esta fue una de sus mayores virtudes. Mami fue una heroína, sí, óiganlo bien, una heroína. No sólo porque demostró valor, nobleza y sacrificio, realizando actos de servicio desinteresado por otros, sino, y muy especialmente, porque sobrevivió a la muerte de dos hijos, Deborah (Kinkin) en 1989 y, posteriormente, en el año 2016, también perdió a su hijo Miguelón, nuestros hermanos, siendo una de las experiencias más devastadoras y contrarias al orden natural que un ser humano puede experimentar. Es tan dolorosa, tan dura y tan desconcertante que en nuestro lenguaje no tiene nombre. No existe una palabra ni una expresión que recoja el estado en que queda una persona cuando pierde a un hijo. Y mami perdió dos hijos y aprendió a vivir con ese dolor por partida doble.
Cada recuerdo que guardamos de ella es un tesoro invaluable que llevamos en lo más profundo de nuestro ser. Su sonrisa pícara, sus ocurrencias, como aquella en que expresó “el paraíso está aquí, Dios iba a dictar una ley para que nadie más se muriera”. Nunca olvidaremos cada instante compartido con ella, cada sonrisa, cada abrazo, cada partida de barajas o parchés, especialmente los consejos sabios que nos dio. Recuerdo uno en particular, el cual me dio en momentos difíciles de mi carrera judicial: “Katia, mi hija–decía–recuerda esto: “La oveja mansa, se mama su teta y la ajena”. Me esforcé por seguir su consejo y salí airosa.
Cada sacrificio que hiciste por nosotros, no pasó desapercibido, mami, y hoy queremos volver a agradecerte, desde lo más profundo de nuestro ser, por tu abnegación. Tu sabiduría infinita seguirá viviendo en mí y en cada uno de nosotros.
Tu ausencia deja un vacío imposible de llenar, pero sé que tu luz seguirá guiando nuestro camino. Hace apenas dos días me dijiste que me amabas y que debía ser fuerte y estar preparada. Te prometo que lo estoy intentando mami. El solo hecho de pronunciar tu panegírico sin derrumbarme, es prueba de ello. Nos reconforta saber que llevas contigo todo el amor que te dimos y que estarás siempre presente en nuestros pensamientos y corazones.
Tu legado de amor, bondad y valentía vivirá en nosotras, tus hijas y nietos, y en todos aquéllos (as) que te quisieron y respetaron. Prometemos honrar tu memoria cada día de nuestras vidas.
No quiero concluir estas palabras sin antes agradecer a todos los que han sacado de su valioso tiempo para solidarizarse con nuestra familia en este aciago momento. Gracias por su presencia, por sus mensajes de condolencias, por sus palabras de aliento. Les aseguro que se siente como un bálsamo en medio del desconsuelo que nos embarga.
Y a ti mami de mi alma, que ya debes haberte reencontrado con papi, con tus hijos Kinkin y Miguelón, con tu papá y tu mamá, con todos tus hermanos (as), ahora estás en esa otra dimensión, de la mano con Dios, allá en el paraíso de verdad, desde donde vas a continuar guiándonos y protegiéndonos, porque en adelante te conviertes en nuestro ángel de la guarda, como también lo son nuestro padre y hermanos.
Hasta que nos volvamos a encontrar, mami de mi corazón.
Tu hija, Katia Miguelina Jiménez Martínez
14 de ABRIL 2026
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