"La agricultura y la ganadería son los pies que sostienen a una nación”.
Tomas Moro.
VALDEZ: Es un linaje originario de España, vinculado específicamente a la comunidad de la Cuenca. Entre sus primeros registros figuran Alfonso y Juan Valdez (1490), quienes se desempeñaron como secretarios del emperador Carlos V. Asimismo, fue llevado por Fernando Valdez de Asturia (1483), una figura de gran relevancia política y religiosa que ejerció como obispo en diversas localidades, inquisidor y presidente del Estado de Castilla. Además, este apellido tuvo una notable presencia entre los
artistas del Renacimiento y arribó a la isla en 1509 con la expedición de Diego Colón, introducido por Tulio Valdéz.
En el territorio español, la grafía original de este apellido termina en "s" (Valdés). No obstante, en la región de Higüey, debido a la asimilación fonética de dicha consonante, comenzó a pronunciarse y redactarse de forma habitual con "z" (Valdez). En esta provincia, la familia se entrelazó mediante matrimonios con otros linajes locales como los Martínez, los Cedeño, los Soto, los Montas y los Julián.
En las páginas doradas del tiempo y los caprichos del destino, permanece esculpida la memoria de don Óscar Valdez. Un hombre nacido en la más profunda humildad, pero bendecido con una mente brillante y visionaria, cuyas heroicas vivencias claman ser eternizadas por la pluma más sublime y apasionada.
Nació en esta tierra de la villa blasonada de Salvaleón de Higüey, nuestro hidalgo hijo Obdulia Valdez y Loreto Julián en el seno de la escasez, forjando su destino fuera de su tierra en su primera juventud llego a la Sultana del Este San Pedro de Macorís a trabajar como Narigonero de bueyes, y todo lo que él ganaba fruto de su trabajo lo ahorraba y lo depositaba en el Banco Royal Bank, esto motivo que el gerente del banco en ese momento el Señor Michelena cuestionara lo que el joven hacía y llegó a preguntarle qué lo motivaba, a lo que éste contestó diciéndole "lo hago porque deseo establecer un negocio en mi pueblo de Higüey".
El gerente del Banco Royal Bank, al ver la dedicación del joven, decidió ayudarlo con un pequeño préstamo, naciendo así "La Bodega Colorá". Este colmado llegó a ser muy popular en la ciudad por la gran variedad de artículos que poseía. Su capacidad gerencial y su amor al trabajo lo convirtieron en un próspero comerciante de la ciudad (1914). Fruto de su amor por el trabajo, contrajo matrimonio con Ana Luisa Martínez; de esta unión nacieron: Miguel, Perla, Pedrito, Francisco, Adolfo, Luis, Carmen, Tataita y Elsa.
Según fuentes consultadas con los historiadores Vetilio Alfau Durán, Francisco Guerrero Castro, Monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, don Óscar Valdez ejerció con distinción como representante de la prestigiosa Compañía Record. Asimismo, capitaneó una red de almacenes y depósitos de mercancías que, bajo su astuta gestión, le reportaron extraordinarios intereses financieros durante los convulsos años de la Primera Guerra Mundial. Con una visión económica adelantada a su tiempo, canalizó el capital acumulado hacia la adquisición de vastas extensiones de tierra destinadas a la ganadería, a la par que diversificaba sus inversiones en prominentes instituciones financieras tanto nacionales como internacionales. Su relevancia social quedó sellada al formar parte del selecto Club Unión Dueyana y al constituirse en un pilar fundamental que participó activamente en las dinámicas sociales, eclesiásticas y económicas que definieron su época.
ÓSCAR VALDEZ EL PRIMERO EN TENER LÍNEA TELEFÓNICA EN EL MUNICIPIO DE HIGÜEY, SEGÚN ASEGURAN LOS HISTORIADORES MONSEÑOR HUGO EDUARDO POLANCO BRITO Y EL PRESBÍTERO ZENÓN CASTILLO DE AZA
Óscar Valdez fue de los primeros en instalar línea telefónica en Higüey. Para el año 1912, según señala el historiador Vetilio Alfau Durán, el señor Valdez se comenzó a perfilar como uno de los principales ganaderos de la región junto a sus pares económicos Eduardo María Guerrero Durán y Modesto Cedano, cuyos datos fueron confirmados en el primer censo del año 1920, realizado en la República Dominicana.
Don Óscar Valdez, narra el historiador F. Guerrero Castro, poseía el don de una agudeza mental excepcional, entendiendo que la sabiduría no es un saber estático, sino el fruto de la experiencia vivida en las calles de San Pedro de Macorís. En la intimidad de su hogar, presidía la estancia el retrato de Don Pedro A. Ricart, quien fuera ministro de Industria y Comercio; más que un homenaje, era el recordatorio de la gratitud, pues Ricart encarnó la providencia inicial, abriendo los senderos de la confianza y el crédito que transforman la carencia en posibilidad.
Bajo la ley del esfuerzo, Don Óscar alcanzó una holgura material que no era sino el reflejo de su orden interno. Al despuntar el siglo pasado, adquirió su primera heredad en Los Yayales, específicamente en la Punta del Cabo, erigiéndola como el epicentro de su geografía vital. Hacia 1916, entrelazó su destino con Ramón A. Pumarol; amparados por el respaldo del Royal Bank, asumieron la custodia de Gascogne, una vasta plantación cacaotera en El Salado (hoy Uvero Alto), que pertenecía al emigrado Monsieur Fermín Goussard. Rebautizada como Hacienda Valdez Pumarol, esta tierra custodiaba una gloria antigua: desde 1886, el fruto de sus entrañas otorgaba renombre universal a Higüey, cruzando el océano desde el puerto de El Macao hasta la célebre bombonería Menier en París.
Sin embargo, la historia humana está sujeta al devenir de la naturaleza y el mercado. El 10 de septiembre de 1921, el rigor de una tormenta y el desmoronamiento de los precios del cacao coincidieron en el tiempo, obligándolos a mutar el destino de la tierra hacia la crianza ganadera. Frente a la adversidad, los hombres eligen sus caminos: Pumarol retornó a su vocación constructora en Higüey, disolviendo la sociedad con desapego, mientras Don Óscar asumía en solitario el peso y la permanencia de la finca.
El destino aguardaba un nuevo giro en 1916. En las vísperas de la Gran Guerra y coincidiendo con la intervención norteamericana, don Óscar supo leer las señales de los tiempos sombríos acumulando provisiones. Cuando la escasez asoló la región, el clamor popular repetía un axioma: “el único que tiene lo que buscas es Óscar Valdez, en Higüey”. Aquello que los hombres llaman azar o golpe de suerte fue, en realidad, el encuentro perfecto entre la preparación y la oportunidad, elevándolo a la paradoja existencial de convertirse en el proveedor de quienes alguna vez le proveyeron.
Según narra en sus archivos privados el connotado historiador Monseñor Hugo E. Polanco Brito, el año 1918 marcó un hito histórico cuando un destacado grupo de propietarios unió voluntades para concretar una transacción sin precedentes. Entre los firmantes se encontraba María Dolores Julián, hija de Pepe Julián, esposa del general Tomás Demetrio Morales y, por consiguiente, hermana de Don Óscar Valdez junto a Santiago Michelena, Ramón Morales, Armando Álvarez, Modesto Cedano, Miguel Saviñón, el propio Óscar Valdez y Francisco Honorio Reyes. Este bloque vendió a la Puerto Rico Sugar Company (conocida en la posteridad como la Central Romana) la colosal extensión de 500,000 tareas de tierra por un monto de 500,000 dólares. Aquella fortuna, astronómica para su tiempo, equivale en la actualidad a unos 6.256 millones de dólares, cálculo obtenido al ajustar el valor por inflación mediante la herramienta de Westegg Inflation Calculator y aplicando una tasa promedio del 6% anual desde la fecha de la venta.
El éxito comercial, la expansión de sus latifundios y la consolidación de su imperio ganadero continuaron multiplicando su patrimonio a pasos agigantados. Su hegemonía sobre la tierra fue de tal magnitud que, al momento de su partida final, Don Óscar poseía más de cien mil tareas, una heredad territorial solo superada en la región por el gigante azucarero Central Romana. A este visionario terrateniente le correspondió ser testigo y protagonista de una era de profunda transformación legal en la República Dominicana: la transición del antiguo sistema de terrenos comuneros hacia el moderno Sistema Torrens. Con una agudeza institucional impecable, Don Óscar supo adelantarse a los tiempos y concentró sus esfuerzos en la adquisición masiva de terrenos debidamente "saneados" y con títulos debidamente regularizados.
Según narran los historiadores presbítero Zenón Castillo de Aza, Francisco Guerrero Castro y Vetilio Alfau Durán, don Óscar Valdez tuvo el insigne honor de actuar como custodio y garante en la solemne recepción del sagrado lienzo de la Virgen de la Altagracia, una vez concluidos los fastos de su coronación canónica en Santo Domingo, acontecida el 21 de agosto de 1922.
Décadas más tarde, en 1961, la Dirección del Impuesto sobre la Renta, institución precursora de la actual Dirección General de Impuestos Internos (DGII), confeccionó un pormenorizado registro que revelaba los patrimonios en liquidez efectiva de la aristocracia financiera dominicana de la época. Curiosamente, en dicho listado se constató la ausencia de ciertos magnates del interior de la república, cuyas fortunas, aunque agigantadas por la narrativa popular y la mitología de los provincianos residentes en la capital, no se reflejaban en dinero líquido; tal fue el caso paradigmático de Don Óscar Valdez en Higüey y de Momón Henríquez en La Vega.
No obstante, la influencia real de Don Óscar como estratega empresarial era innegable. Su red de alianzas e intereses lo vinculaba directamente con los trece conglomerados económicos que ejercían la hegemonía en las esferas financiera, industrial, política y social de la nación. Este entramado le permitió proyectar su influencia hacia prestigiosas universidades privadas, influyentes medios de comunicación y las propias estructuras de toma de decisiones del Estado dominicano, consolidando además su participación como accionista en el entramado empresarial de la Corporación Dominicana de Empresas Estatales (CORDE).
Según narra el historiador en sus archivos privados, Monseñor Hugo Polanco Brito, y otras fuentes consultadas, la sagacidad política de Don Óscar se manifestó con nitidez durante una recepción en la emblemática Casa de Caoba de la Hacienda Fundación, donde acudió como invitado distinguido del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina. Tras un recorrido por las instalaciones, el mandatario le inquirió en tono sugerente: «Óscar, ¿cuándo me honrarás con una invitación a tus dominios?». Demostrando un instinto de preservación excepcional, don Óscar no temía la figura del dictador en sí, sino la latente codicia y el servilismo de la corte de aduladores y altos mandos militares que le rodeaban, quienes podían codiciar sus propiedades. Con sutil ingenio, eludió el compromiso respondiendo: «Jefe, en estos momentos la zona padece una severa plaga de mosquitos y jejenes; tan pronto las condiciones climáticas disipen los insectos, tendré el honor de recibirle».
Esta agudeza para sortear las complejidades del régimen dictatorial quedó demostrada nuevamente al enterarse de que un influyente general ambicionaba una de sus valiosas haciendas en Nisibón. Consciente de que los canales burocráticos ordinarios para solicitar una audiencia formal con Trujillo eran dilatados, ideó una audaz estratagema. Acompañado por su fiel chófer, Toñé (conocido popularmente como Sincha) se trasladó a la capital. Al aproximarse a la Estancia Radhamés, sobre la avenida César Nicolás Penson, un perímetro de máxima seguridad donde estaba estrictamente proscrito el uso de señales acústicas, Don Óscar ordenó a Toñé hacer sonar la bocina del automóvil con insistencia, sabiendo que el mandatario se encontraba en el inmueble.
La deliberada infracción provocó la inmediata intervención de la guardia presidencial, que procedió a detener el vehículo bajo el argumento de que perturbaba el descanso del jefe. Al ser conducido ante el oficial de servicio, este reconoció la prestancia del hacendado, lo que permitió a Don Óscar solicitar que se le informara directamente a Trujillo sobre su presencia. Una vez admitido ante el dictador, le expuso estratégicamente que se hallaba en Santo Domingo con el propósito de transferir dicha propiedad a Central Romana. Trujillo dio su aprobación inmediata y autorizó formalmente la transacción, blindando de este modo el patrimonio familiar frente a las ambiciones del estamento militar.
Como medida de prudencia sistemática, don Óscar mantenía los linderos de sus propiedades colindantes con las vías públicas densamente arbolados y sin acondicionamientos vistosos. Esta pantalla forestal deliberada impedía que la opulencia de sus tierras despertara la apetencia de figuras poderosas, tanto del ámbito civil como del militar. No obstante, al ser informado en una ocasión de que Trujillo manifestaba interés por una extensión superior a las 10.000 tareas de su propiedad en Nisibón, Don Óscar se presentó de inmediato ante el mandatario y, con estricto apego a las realidades de la época, le ofreció formalmente los títulos de propiedad. En una coyuntura análoga, cuando el dictador le requirió el envío de cincuenta cabezas de ganado, el hacendado respondió con calculada y reverente disposición: «Jefe, ¿de qué color prefiere los ejemplares?».
En el orden financiero y estratégico, Don Óscar consolidó su éxito económico al rodearse de asesoría de primer nivel, manteniendo una estrecha y productiva relación con su distinguido sobrino, el licenciado Luis Julián Pérez (hijo de Amadeo Julián), un reputado economista que se consagró en la historia institucional de la nación al convertirse en uno de los primeros gobernadores de la Dirección General del Banco Central (BCRD).
LAS BOTIJUELAS DE ORO Y LOS NEGOCIOS DE PERMUTA
El historiador Monseñor Hugo E. Polanco Brito, en sus archivos privados, narra que Don Óscar Valdez tenía una habilidad tan especial para los negocios que, desde su bodega llamada La Colora, la gente del campo iba sin dinero a comprar alimentos y Don Óscar se lo facilitaba haciendo una permuta por el valor de la factura de los alimentos por varias tareas de tierras.
De igual modo, el hatero Óscar Valdez dejó varias botijuelas enterradas en sus fincas con grandes cantidades de monedas de oro como una forma de evitar el protocolo del depósito bancario.
Según narra el historiador Presbítero Zenón Castillo de Aza, al cumplir su ciclo vital, este insigne empresario altagraciano concluyó su existencia el 8 de octubre de 1962, cuando don Óscar Valdez falleció en el municipio de Higüey a la longeva edad de 84 años, legando un imperio territorial y un testimonio de supervivencia e inteligencia que perdura en la memoria histórica de Higüey.
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