Participar de verdad en la militancia de izquierda requiere esfuerzo, sacrificio, constancia, confianza y organización. No basta con querer una Sociedad nueva;diferente; hay que comprometer la palabra, el tiempo y el cuerpo para construirla.
Pero hay una pregunta que debemos hacernos: no será precisamente esa cultura del sacrificio, de la entrega absoluta y hasta de estar dispuesto a dar la vida, una de las razones por las que mucha gente se ha alejado de la lucha por transformar la sociedad?
La pregunta puede parecer fatalista, pero debemos hacérnosla.
Durante mucho tiempo presentamos la militancia de izquierda como renuncia a la individualidad,disposición al sacrificio y al sufrimiento. Y es cierto que muchas generaciones de revolucionarios pagaron un precio enorme por sus ideales. Fueron perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados.
Ese legado merece respeto.
Pero Rafael Chaljub Mejía me hizo una corrección que nunca he olvidado. En aquel poema de Carta de un marxista a mi madre, yo planteaba que, si moría en la lucha, los hijos de mi madre serían los hijos del pueblo. Rafael me señaló que los revolucionarios no solo procuramos convertirnos en mártires, sino en héroes.
Y hay una diferencia profunda.
El revolucionario no lucha para morir. Lucha para transformar la vida.
Los mártires forman parte de nuestra memoria, pero la muerte no puede convertirse en nuestro proyecto político. Nuestro propósito debe ser vivir, luchar, organizar y construir la nueva sociedad por la que soñamos.
Aquí adquiere una fuerza extraordinaria aquel grito de guerra del periodista Julius Fucik en Reportaje al pie del Patibulo:
“Y lo repito una vez más. He vivido por la alegría, por la alegría he ido al combate;por la alegria muero. Que nunca la tristeza sea unida a mi nombre .”
¡Qué hermosa manera de entender la lucha!
Porque también hemos cometido el error de asociar la militancia revolucionaria con la tristeza, la solemnidad y el sacrificio permanente. Como si para demostrar nuestro compromiso tuviéramos que demostrar cuánto estamos dispuestos a sacrificar.
No. La alegría también es revolucionaria.
La alegría de encontrarnos, de organizarnos, de conquistar un derecho, de defender a un compañero, de vencer una injusticia y de saber que nuestra lucha tiene sentido.
Por eso debemos revisar nuestra manera de hacer política.
La disciplina ferréa y ráyana es necesaria, pero no debe ser obediencia ciega.
La organización es indispensable, pero no debe convertirse en burocracia.
La perseverancia es fundamental, pero no puede significar destruir nuestra vida personal.
El compromiso es imprescindible, pero no debe confundirse con el culto al sacrificio.
No necesitamos militantes enamorados de la muerte. Necesitamos militantes comprometidos con la vida y con la transformación social de la sociedad.
Quizás muchas personas no se han alejado porque hayan dejado de creer en la justicia. Quizás se han alejado porque algunas formas de hacer política les parecen demasiado rigidas, demasiado sacrificadas o demasiado alejadas de su vida cotidiana.
Tenemos que aprender de eso.
La izquierda necesita una nueva cultura militante: firme en sus principios, pero humana; disciplinada, pero alegre; organizada, pero consciente; combativa, pero capaz de escuchar.
No podemos exigir que todo el mundo esté dispuesto a dar la vida por una causa. Tenemos que construir una causa por la que millones de personas quieran vivir y luchar.
Por eso la pregunta no debería ser solamente:
¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por la revolución?
La pregunta debe ser:
¿Somos capaces de construir una sociedad por la que valga la pena vivir?
Porque una sociedad nueva no se construye solamente con quienes están dispuestos a morir.
Se construye con millones de personas dispuestas a vivir, organizarse, luchar y transformar el mundo con alegría y esperanza.
Y que, como nos enseñó Julius Fucik, puedan hacer de la alegría una bandera:
que la tristeza nunca sea acompañada a nuestro nombre.
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