¿Cuántos trabajadores necesita una economía para seguir creciendo? Durante décadas, la respuesta pareció tan evidente que casi nadie volvió a formular la pregunta. Más trabajadores significaban más producción; menos trabajadores, menos crecimiento. Sobre esa lógica se construyeron políticas públicas, estrategias empresariales y buena parte del debate sobre inmigración en Estados Unidos y Europa.
Hace unos días, un artículo del Financial Times me llevó a un nuevo working paper del National Bureau of Economic Research, escrito por Daron Acemoglu —premio Nobel de Economía 2024— junto con David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott. El contraste entre ambos textos fue precisamente la razón para escribir este artículo. El periódico utiliza el estudio para cuestionar la idea de que la inmigración masiva sea una solución automática a la escasez laboral. El trabajo académico, más prudente, estudia otra cosa: qué ocurre cuando disminuyen los nacimientos, envejece la población y comienzan a escasear los trabajadores jóvenes.
La visión tradicional tenía fuerza porque parecía de sentido común. Si nacen menos niños, veinte años después habrá menos personas disponibles para trabajar. Una fuerza laboral más pequeña debería significar menor producción, menor demanda, menos contribuyentes para financiar pensiones y salud, y una economía menos dinámica. Además, se asumía que una población de mayor edad sería menos productiva, menos emprendedora, menos innovadora y menos hábil para adoptar nuevas tecnologías. Desde ese punto de vista, la inmigración aportaba jóvenes trabajadores, ampliaba la base fiscal y evitaba que la economía se contrajera.
Sin embargo, la mayoría de los economistas hacía una pregunta muy concreta: ¿cómo reemplazamos a los trabajadores que faltan? Acemoglu y sus colegas formulan otra: ¿qué hace la economía cuando esos trabajadores realmente comienzan a faltar? Esa diferencia cambia todo.
Cuando la escasez impulsa la innovación
Los investigadores analizan siete décadas de cambios demográficos entre países y dentro de Estados Unidos. Sus resultados desafían el pesimismo dominante. Las tasas de natalidad más bajas están asociadas con un mayor crecimiento del PIB por adulto en edad de trabajar y con salarios más altos en los mercados laborales locales estadounidenses. Aún más sorprendente, la mejora del ingreso por trabajador fue suficientemente grande para compensar el efecto de una población de crecimiento más lento, de modo que el PIB agregado y los ingresos totales no muestran una caída significativa.
Esto no significa que una reducción de la población garantice prosperidad. Tampoco que menos trabajadores produzcan mágicamente más. El mecanismo es otro: la escasez modifica los incentivos. Cuando contratar personas adicionales deja de ser fácil o barato, las empresas buscan nuevas formas de producir. Invierten en maquinaria, software, automatización, inteligencia artificial y procesos más eficientes. La tecnología no cae del cielo; responde a las condiciones económicas.
Imaginemos dos empresas constructoras. La primera puede contratar trabajadores con facilidad y a bajo costo cada vez que necesita ampliar una obra. La segunda no encuentra suficiente personal y los salarios aumentan. ¿Cuál invertirá primero en prefabricación, modelos digitales (BIM), drones para supervisión, sistemas de planificación con inteligencia artificial o maquinaria que permita construir con menos personas? La respuesta es evidente. La comodidad prolonga el modelo existente; la escasez obliga a cambiarlo.
Eso es lo que los autores llaman una respuesta tecnológica endógena y ahorradora de trabajo. En los países y regiones con menor natalidad encuentran más patentes relacionadas con tecnologías que sustituyen tareas humanas, una mayor presencia de actividades de alta tecnología, más capital y un crecimiento superior de la productividad total de los factores. Esta última mide cuánto más puede producir una economía utilizando de forma más eficiente su combinación de trabajo, capital y conocimiento. No se trata simplemente de trabajar más horas, sino de organizar y equipar mejor cada hora trabajada.
Los autores también examinan explicaciones alternativas. Tal vez las familias con menos hijos invierten más en la educación de cada uno. Tal vez aumente la participación femenina en el mercado laboral. Quizá la economía se desplace de la agricultura hacia la industria o el resultado sea únicamente el efecto temporal de disponer de más capital por trabajador, como sugeriría el modelo clásico de Solow. Sin embargo, ninguna de estas vías explica de manera convincente el patrón observado. La evidencia apunta principalmente a la innovación y la adopción de tecnologías que ahorran trabajo.
El estudio incluso intenta separar el efecto de una población simplemente más pequeña del efecto de una escasez específica de trabajadores jóvenes. Utilizando las diferencias entre muertes civiles y militares durante la Segunda Guerra Mundial, los autores concluyen que el factor decisivo no es únicamente el tamaño de la población. Es la reducción relativa de trabajadores jóvenes —cuyas tareas suelen ser más susceptibles de mecanización— la que parece activar una respuesta más fuerte de inversión, automatización y productividad.
¿Y qué significa esto para la inmigración?
Aquí debemos ser rigurosos. El working paper no estudia directamente la inmigración y todavía no ha sido sometido a revisión académica por pares. La conexión migratoria es una interpretación del Financial Times. Pero es una interpretación difícil de ignorar: si la escasez laboral impulsa a las empresas a modernizarse, una oferta permanente de mano de obra abundante y de bajo costo puede reducir la urgencia de hacerlo.
Eso no convierte a la inmigración en algo económicamente negativo. Los inmigrantes producen, consumen, pagan impuestos, crean empresas y cubren necesidades reales. La inmigración altamente cualificada puede además fortalecer la ciencia, la tecnología y la innovación. Pero tampoco deberíamos asumir que cualquier aumento de la fuerza laboral mejora automáticamente la productividad o resuelve el envejecimiento. Puede elevar el PIB total simplemente porque hay más personas trabajando, mientras el valor producido por cada trabajador apenas cambia. Y si aumenta con rapidez la demanda de viviendas, transporte, escuelas y salud, los beneficios agregados pueden coexistir con costos locales importantes.
El verdadero cambio de perspectiva consiste en distinguir entre crecer porque hay más trabajadores y crecer porque cada trabajador produce más. Son dos caminos muy diferentes. El primero puede ampliar rápidamente el tamaño de la economía. El segundo determina en gran medida si los salarios reales mejoran, si las empresas se vuelven más competitivas y si el país puede sostener su progreso durante décadas.
La verdadera pregunta para la República Dominicana
La discusión tiene una relevancia especial para la República Dominicana. La construcción, la agricultura y algunas actividades de servicios dependen en gran medida de trabajadores haitianos, con frecuencia empleados por salarios más bajos y en condiciones más precarias que los trabajadores dominicanos. Su aporte a la economía es innegable y muchos proyectos serían hoy difíciles de ejecutar sin ellos. Pero reconocer esa realidad no debe impedirnos formular una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la disponibilidad constante de mano de obra barata ha permitido posponer inversiones necesarias en productividad?
En la agricultura, una escasez más visible de trabajadores podría acelerar la mecanización, el riego inteligente, el uso de sensores, drones y herramientas de agricultura de precisión. En la construcción, podría aumentar el atractivo de la prefabricación, los sistemas modulares, la planificación digital y una maquinaria más avanzada. En turismo y servicios, podría impulsar el autoservicio, la automatización administrativa y la inteligencia artificial aplicada a reservas, atención al cliente y gestión de operaciones. No todas las tareas pueden automatizarse, ni sería deseable hacerlo indiscriminadamente. Pero sin presión económica, muchas inversiones seguirán pareciendo opcionales.
La respuesta tampoco puede consistir en retirar de golpe la mano de obra de la que dependen sectores completos. Eso provocaría disrupciones, aumentos de costos y posiblemente menor producción. La lección es más estratégica: la política migratoria, la política laboral y la política de productividad no deberían diseñarse por separado. Formalizar el empleo, garantizar condiciones dignas, invertir en formación técnica y crear incentivos para la innovación deben formar parte de una misma agenda.
Quizá la pregunta nunca fue cuántos trabajadores necesitábamos…
La República Dominicana ha crecido durante años apoyándose en turismo, construcción, zonas francas, servicios y una fuerza laboral relativamente abundante. Ese modelo todavía genera resultados, pero el siguiente salto no vendrá simplemente de añadir más personas a los mismos procesos. Vendrá de transformar esos procesos para que cada trabajador —dominicano o inmigrante— produzca más valor, reciba mejores herramientas y tenga acceso a empleos de mayor calidad.
Durante décadas preguntamos cuántos trabajadores necesitábamos para crecer. Tal vez la pregunta correcta nunca fue esa. Quizá debamos preguntarnos cuánto tiempo puede seguir creciendo una economía sin hacerse mucho más productiva. Porque las naciones que liderarán el siglo XXI no serán necesariamente las que consigan reunir a más personas alrededor de las mismas tareas, sino las que logren multiplicar el valor de cada trabajador mediante conocimiento, inversión, tecnología e innovación.
Porque, al final, la prosperidad de una nación nunca ha dependido únicamente del número de personas que trabajan. Siempre ha dependido, sobre todo, de la capacidad de cada una de ellas para crear más valor. Quizá esa sea la verdadera lección que nos deja este estudio.
Fuentes principales: Daron Acemoglu, David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott, “Baby Busts and Growth Booms: Demographic Change and the Macroeconomy”, NBER Working Paper 35401, julio de 2026; Oren Cass, “Mass immigration is not the silver bullet economists think it is”, Financial Times, 10 de julio de 2026.
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