La existencia humana se despliega dentro de una realidad planetaria híbrida formada por la articulación entre el mundo y el cibermundo. El mundo comprende la materialidad histórica, social, política, económica y ecológica en la que transcurre la vida colectiva. El cibermundo está constituido por redes digitales, plataformas, algoritmos, bases de datos, sistemas de inteligencia artificial y entornos virtuales que intervienen de manera creciente en la experiencia cotidiana.

Esta integración planetaria permite comprender el cibermundo como una dimensión constitutiva de la vida humana. En el libro de mi autoría, La era del cibermundo (2015), expliqué cómo la expansión del espacio cibernético (ciberespacio) transforma las relaciones sociales, las prácticas culturales y las formas de producción del conocimiento. Más adelante, en La dominicanidad transida entre lo real y lo virtual (2017), analicé la forma en que la experiencia social se encuentra atravesada por el intercambio constante entre materialidad y virtualidad. La existencia circula entre presencialidad, pantallas, cuerpos, avatares, bases de datos, redes sociales y sistemas automatizados que registran comportamientos, anticipan decisiones y organizan el acceso a la información y a la manipulación.

El cibermundo, impulsado por la tecnociencia y la inteligencia artificial, ha penetrado la tríada conformada por el trabajo, el placer y el consumo, transformando las formas de producir, relacionarse, entretenerse y satisfacer las necesidades humana (Merejo, 1998) y se ha extendido a la educación, la política, la ciberpolítica, la guerra, la ciberguerra, las relaciones afectivas y la producción cibercultural. Estas interrelaciones transforman la subjetividad, pues el ser humano comienza a comprenderse a sí mismo mediante perfiles digitales, indicadores de rendimiento y formas de reconocimiento en cuanto a visibilidad virtual. La identidad del sujeto cibernético deja de apoyarse exclusivamente en la experiencia presencial y pasa a construirse mediante la posexperiencia, que son representaciones digitales que circulan, se almacenan y son procesadas por sistemas algorítmicos.

La articulación entre mundo y cibermundo forma un híbrido planetario atravesado por múltiples crisis. Las dificultades ecológicas, económicas, sanitarias, educativas, políticas, culturales y tecnológicas interactúan entre sí y producen efectos acumulativos. Una crisis energética altera los mercados; la inflación amplifica el malestar social; la frustración fortalece discursos extremistas; la polarización debilita las instituciones democráticas; la fragilidad institucional favorece mecanismos de vigilancia y control. Cada dimensión se conecta con las demás dentro de una red de interdependencias.

En Tierra Patria, Morin y Kern (2006) sostienen que las amenazas ecológicas, económicas, demográficas, culturales y políticas mantienen relaciones (policrisis) de interretroacción. Cada crisis alimenta otras crisis, mientras sus efectos regresan transformados sobre las estructuras que les dieron origen. Desde el pensamiento complejo, los fenómenos humanos forman parte de sistemas abiertos, interdependientes y sometidos a transformaciones permanentes.

La policrisis exige superar la fragmentación del conocimiento. Una mirada encerrada dentro de una sola disciplina resulta insuficiente para interpretar procesos que atraviesan simultáneamente la política, la economía, la ecología, la tecnología y la cultura. La comprensión de estas transformaciones requiere enfoques interdisciplinarios, multidisciplinarios y transdisciplinarios capaces de reconocer los vínculos entre acontecimientos aparentemente separados.

La crisis deja de aparecer como una interrupción delimitada y se convierte en una estructura global. Esta transformación se relaciona con la permacrisis, entendida como un período prolongado de inestabilidad e inseguridad. El diccionario Collins eligió este concepto como palabra del año 2022 para describir la continuidad de acontecimientos catastróficos que producen una sensación persistente de incertidumbre (Collins Dictionary, 2023).

Castells (2021) había analizado una experiencia semejante al estudiar la situación de las generaciones que crecieron bajo los efectos de la crisis financiera de 2008 y posteriormente atravesaron la pandemia, la precariedad laboral y la inestabilidad política. Para este autor, amplios sectores juveniles viven bajo una crisis permanente que dificulta la construcción de proyectos duraderos y debilita la confianza en las instituciones.

La permacrisis posee una dimensión sociológica y existencial. En el plano sociológico, afecta a las instituciones, el empleo, la economía, las relaciones de poder y las formas de integración social. En el plano existencial, penetra la conciencia del sujeto, modifica sus emociones y debilita su capacidad para imaginar un futuro estable. Este vive sometido a una adaptación continua, obligado a responder a cambios laborales, tecnológicos y culturales cuya velocidad supera su capacidad de reflexión.

En el ámbito de la policrisis, la cuestión más inquietante radica en que el cambio climático, los desplazamientos migratorios, la inestabilidad financiera, el envejecimiento demográfico, las guerras, la transformación tecnológica y la desestructuración del sistema mediático han dejado de operar como fenómenos aislados. Cada crisis penetra en las demás, amplifica sus efectos y produce encadenamientos difíciles de prever.

Así se puede apreciar que el deterioro ambiental intensifica las migraciones y los conflictos por los recursos; la fragilidad económica profundiza las desigualdades y erosiona la legitimidad institucional; la hiperinformación, genera infoxicación y favorece la polarización, la manipulación emocional en las redes sociales y la expansión de discursos extremistas. Cuando estas alteraciones dejan de ser episodios excepcionales y se convierten en una condición duradera, la policrisis adquiere la forma de una permacrisis: un estado de perturbación prolongada en el que las sociedades pasan de una emergencia a otra sin lograr restablecer condiciones estables de convivencia, gobernabilidad y seguridad.

El planeta (Mundo- cibermundo) parece haber ingresado así en una zona de inestabilidad sistémica, marcada por procesos acumulativos, umbrales críticos y daños cuya reversibilidad resulta cada vez más incierta. La permacrisis expresa, en este sentido, la permanencia de una dinámica crítica que se reproduce y se profundiza, hasta convertir la incertidumbre en una característica estructural de la vida social.

En este panorama, conservar el orden existente pierde sentido, pues ese mismo orden participa en la producción de las crisis, mientras que restaurar un equilibrio anterior se vuelve improbable porque las condiciones históricas, ambientales y tecnológicas que lo sostenían han desaparecido.

Urge, pues, ante la policrisis y la permacrisis planetarias, aprender a intervenir en condiciones de inestabilidad persistente, fortalecer las capacidades colectivas de adaptación y transformar las estructuras que reproducen simultáneamente la vulnerabilidad social, el deterioro ecológico y la concentración de un nuevo poder cibernético: el ciberpoder. Este último constituye uno de los problemas centrales abordados en el ámbito de la filosofía política de la inteligencia artificial (Sadin, 2020; Innerarity, 2021, 2025; Coeckelbergh, 2023, 2024; Merejo, 2026), particularmente en relación con la vigilancia, el control virtual y la modulación algorítmica de las conductas.

Nota: Estas tres entregas sucesivas recogen las ideas principales de mi participación en el XXXV Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología (ALAS), celebrado del 26 al 31 de julio de 2026 en Río de Janeiro, Brasil. El congreso contó con la presencia de una delegación de docentes de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales y de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). La delegación estuvo compuesta por: Jesús Díaz, José Suriel, Luisa Dicló, Rafael Féliz, Marina Ortiz, Virtudes de la Rosa, Yvelisse Melo y Juan Montero. La conferencia recibió comentarios de las sociólogas e investigadoras Maira Baumgarten y Daniela Avilés.

Parte de los académicos presentes en la disertación
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Parte de la delegación de la UASD

Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

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