Hay personas que uno conoce.

Hay otras que uno ve pasar por la vida.

Y hay unas pocas que, sin proponérselo, terminan formando parte de la propia historia.

Milagros Ortiz Bosch pertenece para mí a esa última categoría.

La conozco desde que tengo uso de razón. Antes de saber quién era Milagros Ortiz Bosch, antes de entender qué significaba la política, antes incluso de comprender por qué algunos adultos hablaban de democracia, de partidos, de elecciones y de un país que todavía estaba aprendiendo a vivir en libertad, ella ya estaba allí.

Llegó a mi vida a través de una amistad que terminó convirtiéndose en familia. Su hijo estudiaba con mi hermano y aquella amistad infantil terminó siendo una de esas relaciones que sobreviven al tiempo y que uno deja de llamar amistad porque adquieren otra categoría: la de los hermanos que escogemos.

Y así, casi sin darme cuenta, Milagros también entró en mi vida.

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Yo era una niña cuando empecé a mirar aquel mundo de adultos que rodeaba a mi padre y a sus compañeros de partido. Recuerdo especialmente un momento: aquel primer año del Partido de la Liberación Dominicana, cuando un grupo de niños nos convertimos en Petigres, los hijos de compañeros de aquella generación, participamos de alguna manera en aquel acontecimiento político que los adultos vivían con la solemnidad de quienes creían estar construyendo algo nuevo.

Yo no entendía entonces la dimensión de lo que estaba viendo.

Pero quizás allí comenzó algo.

Porque crecí viendo la política no como una palabra abstracta, sino como rostros, conversaciones, encuentros, discusiones, esperanzas y también desencuentros. Y entre esos rostros estaba el de Milagros.

Hoy, cuando cumple 90 años, pienso que resulta imposible contar la historia contemporánea de la República Dominicana sin detenerse en su nombre.

Porque Milagros Ortiz Bosch no solamente ha vivido la política dominicana.

La política ha sido, una parte esencial de su manera de vivir.

Su historia está atravesada por algunos de los momentos más intensos de nuestra vida republicana: la lucha contra la dictadura de Trujillo, la construcción democrática posterior, los años de Joaquín Balaguer, las grandes confrontaciones políticas de nuestra historia reciente, la llegada de nuevas fuerzas y la búsqueda permanente de una democracia que todavía hoy seguimos construyendo.

Y hay algo que siempre me ha impresionado de ella: nunca fue una mujer que entendiera la política como obediencia.

Quizás por eso su propia historia estuvo marcada también por grandes rupturas.

Fue sobrina de Juan Bosch, una de las figuras fundamentales de la política dominicana del siglo XX. Compartió con él ideales, luchas y una parte importante de su formación política. Pero llegó el momento en que sus caminos ideológicos dejaron de coincidir.

Y Milagros tuvo la valentía de tomar distancia.

Porque hay personas que heredan apellidos, partidos y lealtades, pero Milagros heredó una tradición política, pero decidió conservar aquello que consideraba esencial y cuestionar aquello que ya no representaba sus convicciones.

También fui testigo, desde esa cercanía que me regaló la vida, de su amistad con José Francisco Peña Gómez. Vi aquella relación política y humana, sus luchas, sus sueños, sus derrotas y también esos momentos en que parecía que la República Dominicana estaba a punto de cambiar de rumbo.

Después llegó el Senado.

Y llegó aquel momento histórico en que una mujer alcanzaba una posición que parecía reservada para otros.

Milagros fue senadora del Distrito Nacional en dos períodos y, en el año 2000, se convirtió en la primera mujer electa vicepresidenta de la República Dominicana, acompañando a Hipólito Mejía.

Pero si algo demuestra su trayectoria es que los cargos nunca fueron suficientes para explicar quién es.

Fue senadora.

Fue vicepresidenta.

Fue secretaria de Educación.

Fue dirigente política.

Fue legisladora.

Fue maestra.

Fue una mujer que ocupó la Presidencia de la República de manera interina en 41 ocasiones durante las ausencias del presidente Mejía.

Y mucho después, cuando parecía que otras generaciones debían ocupar el primer plano, volvió a ponerse al servicio de la vida pública desde la ética, la transparencia y la lucha contra la corrupción.

Eso también es Milagros.

La política para ella nunca fue solamente llegar.

Fue permanecer.

Permanecer en las ideas.

Permanecer en la defensa de las instituciones.

Permanecer cuando era más fácil callar.

Y, sobre todo, permanecer cuando hacerlo tenía un costo.

Por eso no quiero escribir sobre sus 90 años como quien escribe sobre una fecha.

Quiero escribir sobre una vida.

Sobre la vida de una mujer que nació en 1936 y que ha visto transformarse la República Dominicana delante de sus ojos.

Una mujer que conoció la política cuando todavía era peligroso hablar de democracia.

Que caminó por pueblos y ciudades en aquella Caravana de la Libertad de 1962.

Que vivió el nacimiento del PLD.

Que conoció desde dentro las grandes divisiones de la política dominicana.

Que compartió sueños y luchas con Peña Gómez.

Que tuvo que tomar distancia de su propio tío, Juan Bosch, cuando entendió que sus caminos políticos ya no eran los mismos.

Que llegó al Senado.

Que llegó a la Vicepresidencia.

Que llegó a ser, por primera vez para una mujer dominicana elegida democráticamente, la segunda persona en el Poder Ejecutivo.

Y que, después de todo eso, siguió caminando.

Quizás esa sea la palabra que mejor define a Milagros: caminar.

Caminar cuando el camino era difícil.

Caminar cuando había que comenzar de nuevo.

Caminar cuando la política decepcionaba.

Caminar cuando los amigos ya no estaban.

Caminar cuando las derrotas dolían.

Y caminar, sobre todo, sin abandonar la idea de que la política puede ser una herramienta para transformar la vida de la gente.

Yo tuve el privilegio de verla de cerca.

No solamente a la mujer pública, también a la mujer que estaba en las reuniones familiares, a la madre de aquel amigo que terminó siendo un hermano, a la mujer cuya presencia formaba parte de nuestras vidas mucho antes de que yo pudiera comprender la dimensión de su nombre.

Por eso escribir sobre ella hoy me resulta particularmente difícil.

Porque cuando una persona forma parte de la historia de un país, uno puede escribir sobre sus cargos, sus fechas y sus logros.

Pero cuando también forma parte de la propia historia, las palabras se quedan pequeñas.

Milagros cumple 90 años.

Y pienso que quizás el mejor homenaje que podemos hacerle no es enumerar todo lo que ha sido.

Es reconocer todo lo que ha significado.

Para la política dominicana.

Para las mujeres dominicanas.

Para quienes creen que se puede ejercer la política sin renunciar a las convicciones.

Y para quienes, como yo, tuvimos la fortuna de conocerla antes de saber que aquella mujer que veíamos transitar por nuestras vidas terminaría convirtiéndose en uno de los personajes fundamentales de la historia contemporánea de nuestro país.

Noventa años.

Y aunque digo noventa años de Milagros, en realidad siento que estoy hablando de mucho más.

Porque hay vidas que pertenecen a quien las vive.

Y hay otras que, por la huella que dejan, terminan perteneciendo también a un país.

Feliz cumpleaños, Milagros.

Y gracias.

Por la historia y las luchas que ayudaste a construir, y librar.

Por las veces que no escogiste el camino más fácil.

Y, sobre todo, por haberme permitido verte caminar desde tan cerca.

Con el cariño de quien no solamente ha conocido a Milagros Ortiz Bosch.

Sino de quien ha tenido el privilegio de crecer viéndola ser Milagros.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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