Desde hace algunos días me ronda una idea. Cuando se habla de la formación de los jóvenes, se insiste, con razón, en la importancia de la literatura y de las ciencias. También es frecuente que cada persona formada en un área del conocimiento recomiende la transversalidad del saber desde su propia disciplina. Sin embargo, pocas veces se menciona la filosofía, y creo que esa ausencia merece ser revisada, pues revela, en ocasiones, una supina ignorancia sobre la función del filosofar.

La filosofía parte de preguntas generales: por el ser, por la verdad, por la libertad, por el sentido de la existencia. Son preguntas que atraviesan todas las disciplinas, aunque a menudo permanezcan invisibles. La filosofía no compite con la literatura; puede enriquecerla. Un novelista puede escribir con extraordinaria belleza y, al mismo tiempo, ofrecer una reflexión filosófica profunda.

Estas ideas se reactivaron en mí leyendo uno de los «Fulgurazos» de Andrés L. Mateo en Acento. Quise mencionarlo no solo por la amistad de tantos años, sino, sobre todo, por la profunda admiración que siento por su obra intelectual y literaria. En ese texto, Mateo se sitúa ante el debate entre modernidad y posmodernidad, expresando desde ahí una preocupación por ciertos rasgos de nuestra cultura contemporánea y por la imagen del ser humano que en ella se perfila.

Y aunque a veces parezca que todas las ontologías se presentan en términos binarios, sabemos que el maniqueísmo no resulta epistemológicamente fecundo. Sé que este debate no se agota en dos etiquetas. Hoy se habla también de transmodernidad, de transhumanismo, de críticas decoloniales e incluso de neo tradicionalistas. Pero, aun reconociendo esa complejidad, la tensión entre modernidad y posmodernidad sigue siendo un buen punto de partida para entender dos actitudes distintas ante la razón, la libertad, la verdad o el progreso.

Conviene aclarar desde dónde hablamos, eso que llaman lugar de enunciación. Yo siempre he insistido en la búsqueda de los supuestos básicos subyacentes a la ideología que defendemos. Creo en el silencio, mas no en una neutralidad imposible. Por ello me gusta la claridad como guía, marcar mi terreno, aún so pena de ser acusada de fundamentalismo.

Filosóficamente me siento más cercana a la defensa de una modernidad crítica, en diálogo con Sartre, Simone de Beauvoir y Jürgen Habermas, heredero de la tradición crítica de la Escuela de Frankfurt, que a las tesis que declaran clausurado el proyecto moderno. En el terreno del feminismo, mi mirada es, ante todo, simoniana. Leo buena parte del pensamiento feminista contemporáneo desde Simone de Beauvoir y, desde ese lugar, me siento cercana a autoras como Celia Amorós, Amelia Valcárcel, Seyla Benhabib y otras muchas, como Nancy Fraser.

No porque ignore los aportes de la crítica posmoderna —aunque no lo parezca, mis mayores lecturas han sido posmodernas—, sino porque sigo pensando que los ideales de igualdad, libertad y ciudadanía son indispensables y están lejos de haberse realizado plenamente. En ese sentido, para mí la modernidad es, sobre todo, una tarea autocrítica aún pendiente.

Por supuesto, soy consciente de que este marco no agota la riqueza del debate contemporáneo. Lo elijo como herramienta inicial de comprensión. Pienso que, llegado el momento, puede ayudar a iluminar discusiones concretas en nuestro país, como el debate sobre las tres causales o las controversias en torno a la identidad, esa cuestión que, sin suficiente profundización filosófica, ha impulsado a muchísimas personas inteligentes a utilizar expresiones como «todes», «amigues», etc.

Personalmente, he tratado de esclarecer esta cuestión leyendo Nadie nace en un cuerpo equivocado, asunto al que deseo referirme posteriormente. Pero no abordaré aquí esos temas. Cada uno exige un tratamiento propio y cuidadoso. Por ahora, la tarea que me he asignado es más modesta: señalar sin presión del tiempo, algunos elementos que ayuden a comprender mejor los marcos filosóficos en los que se libran y ubican muchas de nuestras discusiones y temas actuales.

La filosofía, entendida así, es un saber cotidiano y no es patrimonio exclusivo de expertos. Es una forma de ejercitar la pregunta, de ganar claridad y, quizás, también de decidir con mayor conciencia. Que nadie nos va a morder porque apostemos, incluso, por la insensatez.

Vivimos una época saturada de información y de consignas. En medio de tanto ruido, la tarea de no confundir el bosque con las ramas quizás siga siendo una de las más necesarias.