El fallecimiento del economista estadounidense William Nordhaus a los 85 años invita a examinar críticamente el legado de una de las figuras más influyentes de la ortodoxia macroeconómica contemporánea. Desde la Universidad de Yale, donde ejerció la docencia durante más de medio siglo y ocupó altos cargos institucionales como vicerrector y vicepresidente de finanzas, Nordhaus moldeó el pensamiento de generaciones de académicos. Su impronta pedagógica se proyectó globalmente al convertirse en coautor del emblemático manual de Economía iniciado en 1948 por Paul Samuelson, el primer estadounidense en recibir el Nobel de Economía, texto de referencia indispensable en las aulas universitarias.
No obstante, su consagración internacional ocurrió al recibir el Premio Nobel de Economía en 2018 por integrar el cambio climático en el análisis macroeconómico a largo plazo mediante el modelo DICE (Dynamic Integrated Climate-Economy) y los Modelos de Evaluación Integrada (MEI). Es preciso reconocer la genuina inquietud intelectual y la vocación empírica de Nordhaus: a diferencia de los teóricos neoclásicos puramente abstractos, buscó respaldar sus formulaciones en datos empíricos. Destacan sus esfuerzos por ajustar el Índice de Precios al Consumidor mediante precios hedónicos para capturar variaciones cualitativas en los bienes, así como sus proyecciones sobre el impacto de la automatización y los robots en la productividad, argumentando que la escasez de insumos materiales ralentizaría la singularidad tecnológica. Su mayor aporte histórico consistió en definir conceptualmente que el cambio climático constituye una gran externalidad; es decir, un efecto secundario perjudicial derivado del propio crecimiento económico.
Sin embargo, es precisamente en el núcleo teórico neoclásico donde la obra de Nordhaus revela sus limitaciones más insuperables al contrastarse con la economía política y la sociología crítica. Su arquitectura analítica descansa en la contabilidad neoclásica del crecimiento, la cual desglosa el producto agregado en insumos de inversión de capital y trabajo, atribuyendo mecánicamente cualquier sobrante no explicado a un residuo asignado a la innovación tecnológica. La validez de este esquema exige asumir condiciones irrealistas: pleno empleo, competencia perfecta y mercados en equilibrio armónico.
Como observa el economista Michael Roberts, la contabilidad monetaria neoclásica intenta resolver con ajustes complejos las distorsiones de los precios, mientras que la economía política clásica y critica aborda el crecimiento midiendo los insumos directamente en tiempo de trabajo socialmente necesario. Desde la economía política crítica, los supuestos neoclásicos constituyen una ficción teórica que naturaliza la acumulación capitalista e invisibiliza las contradicciones estructurales del sistema. Mientras la economía política estudia las crisis recurrentes de sobreproducción y la lucha por la apropiación del excedente, el modelo de Nordhaus asume una economía armónica en la que el mercado asigna eficientemente los recursos. Al omitir las asimetrías de poder, la explotación laboral y la dinámica desregulada del capital, Nordhaus oculta que el deterioro ecológico no es un mero fallo de mercado accidental, sino una consecuencia directa e inherente a la lógica incesante de valorización del capital, donde la naturaleza es tratada como insumo inagotable y vertedero gratuito.
Uno de los aspectos más problemáticos y éticamente cuestionables del planteamiento de Nordhaus radica en la cuantificación monetaria de los daños ambientales futuros mediante la tasa de descuento. En el modelo DICE, Nordhaus aplicó una tasa de descuento arbitraria del 3 % anual para convertir las pérdidas climáticas venideras a dólares actuales. Esta operación matemática comprime drásticamente los costos de la catástrofe: un daño proyectado de 5 billones de dólares en el PIB futuro se reduce a un valor presente de solo 400.000 millones de dólares, cifra equivalente a la inversión en trenes de alta velocidad en China. Así, el Costo Social del Carbono se fija en apenas 10 dólares por tonelada emitida.
Desde la sociología crítica, este procedimiento entraña lo que acertadamente se denomina una discriminación por fecha de nacimiento: un juicio de valor implícito que postula que la vida, la salud y el bienestar de las generaciones futuras valen sustancialmente menos que el consumo y las ganancias del presente. La arbitrariedad de este enfoque queda al descubierto al compararlo con el Informe Stern, donde Nicholas Stern aplicó una tasa del 1,4 %, elevando de inmediato el Costo Social del Carbono a 85 dólares por tonelada y los daños globales a cerca de 3 billones de dólares. La contabilidad neoclásica subordina así la justicia intergeneracional al rendimiento del capital financiero.
La fe ciega en la linealidad y la extrapolación matemática constituye otra seria deficiencia en la teoría de Nordhaus, puesta al descubierto por el economista heterodoxo Steve Keen. Los Modelos de Evaluación Integrada asumieron que las relaciones empíricas entre variaciones de temperatura y PIB registradas entre 1960 y 2014 podían extrapolarse linealmente hasta el año 2100. Bajo esta premisa reduccionista, concluyen que un incremento de 3,2 °C en la temperatura media global apenas alteraría el PIB mundial. Esta visión ignora los principios de la física climática y los límites biofísicos del planeta, omitiendo deliberadamente los puntos de inflexión no lineales y los bucles de retroalimentación catastrófica, tales como el colapso de los casquetes polares de Groenlandia y la Antártida Occidental, la emisión masiva de metano por el deshielo del permafrost, la degradación de la Amazonía o la interrupción de la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC).
Asimismo, la sociología crítica denuncia que estos modelos invisibilizan los costes humanos: desplazamientos masivos de población, refugio climático, conflictos territoriales por agua y alimentos y la quiebra de la cohesión social. Tratar cataclismos ecológicos irreversibles como meros ajustes marginales en una ecuación de producto bruto demuestra la desconexión radical de la economía ortodoxa respecto de la realidad material y social.
Por último, los Modelos de Evaluación Integrada reposan sobre el supuesto engañoso de que la sociedad global será inmensamente más rica en cincuenta o cien años. Esta premisa transmite un mensaje anestésico a la política pública: la sugerencia de que conviene continuar consumiendo combustibles fósiles y aplazar la mitigación para proteger las tasas de ganancia e ingreso presentes, bajo la excusa de que el futuro tendrá más recursos. Frente a esta falacia del escenario de continuidad, los datos del IPCC demuestran que limitar el calentamiento a 2 °C exige reducciones drásticas del consumo mundial y que el calentamiento descontrolado destruirá la base productiva misma, impidiendo alcanzar la riqueza proyectada. Asimismo, las soluciones de mercado promovidas por Nordhaus —impuestos al carbono y comercio de emisiones— intentan regular emisiones mediante precios sin restringir la extracción de hidrocarburos en la fuente de producción. En 2021, el propio Nordhaus admitió en Venecia que las políticas climáticas internacionales han llegado a un callejón sin salida. La economía política y la sociología crítica concluyen que es imposible resolver una crisis ecológica planetaria mediante los mismos mecanismos de mercado y dogmas neoclásicos que la generaron.
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