En la madrugada del 22 de mayo de este año, una adolescente de 16 años fue estrangulada por su pareja en Villa Altagracia. No fue un hecho aislado: es una de tantas historias de nuestro país, pero casi siempre atiende tarde.
Él tenía 24 años, ella apenas 14. Vivían en una finca. Abril era una más de las tantas adolescentes que, "se van”, con hombres adultos. Había señales claras de que la relación era desigual: diferencia de edad, aislamiento, control, dependencia. Todo lo que luego llamamos “banderas rojas”, pero que se han normalizado y se ignoran. Lo siguiente, fue aparecer en una nota de prensa como un feminicidio.
Otro caso, es el de un adulto, que incluso relató en público cómo, "se divirtió”, con una adolescente de 14 años. La madre de la víctima está presa por proxenetismo, pero el abusador sexual de menores está en libertad.
En República Dominicana, el tema de niñas y adolescentes conviviendo con adultos solo parece importarnos cuando hay un cadáver, una desaparición o un escándalo. Pero esas relaciones no son excepciones: forman parte de una costumbre que arrastramos por generaciones y que hemos disfrazado de, "normalidad”.
Durante años se ha justificado que una adolescente se vaya a vivir con un hombre mayor por múltiples motivos: "para ayudar a la familia”, porque, "es muy inquieta y esa persona promete hacerse cargo de ella”. Una boca menos que alimentar, un problema menos. Padres, vecinos, autoridades locales suelen saber lo que pasa. Saben que hay abuso, que hay delito, pero se habla bajito y casi nunca se denuncia.
Ese silencio es complicidad. Y no solo moral. El Código Penal (art. 224) y la Ley 136-03 son claros: callar ante el abuso de menores es delito, con penas de 6 meses a 2 años. El famoso, "eso no es problema mío”, se traduce legalmente en omisión criminal. La responsabilidad es aún mayor para médicos, maestros, políticos y líderes religiosos, que traicionan la confianza pública cuando saben y callan.
En muchos hogares se confunde la, "buena crianza”, con un control extremo, donde el aislamiento y la manipulación emocional son la norma. A veces el agresor es el propio padre o padrastro. Muchos abusos ocurren de noche, cuando hay menos testigos y más miedo. Si a una niña se le enseña que eso es norma o que así son los hombres, es más probable que quede atrapada en una relación violenta y termine siendo otra víctima.
En el caso de los feminicidios cometidos por parejas o exparejas, rara vez se trata de un arrebato inesperado. Siguen un patrón: insultos, humillaciones, celos enfermizos, control del celular, golpes que se repiten, amenazas como, "si me dejas, te mato”, y en muchos casos el detonante es la ruptura: cuando ella decide irse o denunciar. El caso de Villa Altagracia encaja en ese guion.
Prevenir empieza por transformar el entorno que hace que una menor confunda abuso con amor. En la familia hay que hablar claro: un adulto que busca una relación con una menor no está, "enamorado”, está abusando de su poder. Revisar el celular, decidir cómo te vistes o con quién sales no es protección, es violencia. Y si una adolescente dice que se siente presionada, hay que prestarle atención de inmediato.
La escuela y la comunidad deben ofrecer educación afectiva real, espacios seguros y redes de apoyo fuera de la familia. Como sociedad, hemos romantizado el enamoramiento de hombres mayores con adolescentes, y la diferencia de edad debe ser una alerta, no un detalle sin importancia.
El abuso infantil es un delito de acción pública: la persecución no depende de que la familia denuncie. El Ministerio Público tiene la obligación de actuar, aunque haya miedo o presiones para, "arreglarlo”, en privado. El interés superior del niño debe estar por encima de cualquier pacto de silencio.
Existen instituciones y mecanismos de protección, pero funcionan a medias, porque es una tarea difícil así que seguimos callando.
Romper la cultura del secreto es una deuda colectiva con las niñas y adolescentes que hoy crecen en medio del peligro. Lo que toleramos hoy como, "costumbre”, lo sufriremos mañana como tragedia. Y ese mañana, para muchas, ya llegó.
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