La historia política dominicana está llena de ironías.

Una de las más notables fue ver a antiguos cuadros del comunismo dominicano ingresar disciplinadamente a las filas del Partido de la Liberación Dominicana, el partido concebido por Juan Bosch no como refugio de nostálgicos revolucionarios ni como sucursal caribeña de manuales soviéticos, sino como una maquinaria política rigurosamente dominicana, doctrinariamente propia, diseñada para conquistar el poder mediante organización, formación y disciplina.

Aquella convivencia, que durante algunos años pareció posible, llevaba desde su origen una contradicción silenciosa.

Bosch necesitaba cuadros; ellos necesitaban un vehículo político viable.

Pero entre ambas partes existían diferencias más profundas que las coyunturas podían disimular, nunca resolver.

Los hermanos Ducoudray pertenecían a una generación curtida en conspiraciones, clandestinidad, exilio, cárcel y lucha ideológica.

Juan Bautista Ducoudray Mansfield y Félix Servio Ducoudray no eran improvisados.

Eran hombres formados en la vieja izquierda dominicana, aquella que se organizó cuando Trujillo todavía parecía invencible; cuando conspirar podía costar la vida; cuando reunirse en un café exigía códigos de seguridad; cuando la palabra democracia no era una consigna electoral, sino un riesgo personal.

Habían militado en estructuras como Juventud Revolucionaria, Juventud Democrática y el Partido Socialista Popular, principal brazo del comunismo dominicano vinculado al universo ideológico del marxismo-leninismo internacional.

Eran hombres de convicción, austeros, cultos, disciplinados, pero formados en una escuela política muy distinta a la de Bosch.

Bosch conocía bien ese mundo. Demasiado bien, quizás.

Había convivido con diversas expresiones de la izquierda latinoamericana, admirado la disciplina organizativa de ciertos movimientos y compartido críticas severas contra el imperialismo, las oligarquías y la deformación estructural de las economías dependientes.

Pero Bosch nunca fue comunista soviético ni marxista ortodoxo.

Era otra cosa.

Un pensador profundamente dominicano, con vocación pedagógica, obsesionado con entender la estructura real del país, desconfiado de las fórmulas importadas y ferozmente crítico del dogmatismo ideológico. Para Bosch, el drama de buena parte de la izquierda latinoamericana era precisamente ese: analizar sociedades complejas con esquemas prestados de Europa, como si Moscú pudiera explicar por sí sola la psicología política del Caribe.

Por eso, cuando a finales de los años setenta antiguos cuadros del PSP y sectores afines comenzaron a integrarse al PLD, el hecho fue interpretado por algunos como una convergencia histórica natural entre izquierdas. Pero no era tan simple.

Bosch no estaba absorbiendo comunistas para convertir su partido en un frente marxista. Lo que hacía era incorporar personas con experiencia organizativa, cultura militante, formación ideológica y capacidad de trabajo, pero bajo reglas estrictamente boschistas.

El PLD no se concebía como una coalición de tendencias. Era una escuela política con mando claro, disciplina vertical, formación permanente y un proyecto nacional propio. Bosch podía aceptar talentos. Lo que no aceptaba eran dobles doctrinas.

Y allí comenzó el problema.

Porque los hombres provenientes del viejo comunismo dominicano traían consigo no solo experiencia, sino hábitos políticos profundamente arraigados: la lógica del aparato, el trabajo de corrientes, la disciplina interna hacia grupos de afinidad, la discusión ideológica permanente, la tendencia al análisis desde categorías rígidas, la práctica del bloque interno.

Todo eso chocaba frontalmente con la concepción boschista del partido.

Bosch quería disciplina, sí. Pero disciplina hacia el proyecto del PLD, no hacia tradiciones paralelas ni fidelidades históricas importadas.

En el caso de Juan Bautista Ducoudray Mansfield, su trayectoria reflejaba esa complejidad. Durante la Guerra de Abril de 1965 actuaba en la clandestinidad, en plena ocupación estadounidense, como parte de los sectores constitucionalistas asociados a la izquierda organizada. José del Castillo Pichardo lo evocó en Diario Libre entrando lentamente desde el fondo de una oficina sobre el Jai Alai, con protocolos de seguridad propios de la conspiración.

José del Castillo describe a Juan Ducoudray como un hombre de inteligencia fina, prudente, documentado, ideológicamente formado. Pero también como producto de una escuela política donde la clandestinidad, el aparato y la estructura eran parte natural del oficio político.

Bosch conocía perfectamente ese ADN.

Durante algunos años la convivencia funcionó. El PLD crecía, organizaba comités, expandía su influencia y construía su identidad opositora frente al PRD y el reformismo.

Pero Bosch observaba.

Siempre observaba.

Y lo que probablemente comenzó como diferencias manejables terminó convirtiéndose en conflicto doctrinario.

Porque para Bosch el partido no era un instrumento electoral cualquiera. Era su creación intelectual y política. Una herramienta diseñada según su propia comprensión de la sociedad dominicana. No admitiría reinterpretaciones internas que alteraran su naturaleza.

En ese contexto emergieron tensiones con sectores encabezados por figuras como Max Puig y otros provenientes de culturas políticas diferentes.

La discusión pública podía adoptar formas organizativas o estratégicas, pero en el fondo el problema era más profundo: quién definía el alma del partido.

Bosch no toleraba fraccionalismos.

No toleraba dobles agendas.

No toleraba estructuras paralelas dentro del PLD.

Para él, eso no era pluralismo; era una amenaza existencial al proyecto.

Y llegó 1992.

Allí terminó la convivencia.

Un grupo importante vinculado a Max Puig salió del PLD, en un proceso que según distintas lecturas puede describirse como renuncia política inducida, ruptura inevitable o expulsión de facto.

Pero, en esencia, Bosch impuso su criterio: quienes no compartieran integralmente la cultura política del PLD debían marcharse.

No fue una purga improvisada. Fue una decisión coherente con toda su trayectoria.

Bosch jamás creyó en partidos como federaciones de tribus ideológicas. Creía en cohesión doctrinaria. En disciplina. En claridad conceptual. En obediencia organizativa. Pero todo dentro de una doctrina propia, no importada.

Daniel Ortega con Juan Bosch y Félix Servio Ducoudray en Santo Domingo. Acto del PLD con la presencia de Daniel Ortega.

Los hermanos Ducoudray y otros cuadros similares no eran corruptos, ni aventureros, ni hombres sin sacrificios. Muchos habían enfrentado dictaduras, cárcel, exilio y persecución real. Merecen respeto histórico por ello.

Pero traían una cultura política distinta.

Bosch lo entendió desde el principio.

Quizás pensó que podrían adaptarse.

Quizás creyó que el proyecto del PLD absorbería esas diferencias.

Pero finalmente concluyó lo contrario.

La historia política dominicana tiene estas ironías: hombres que lucharon contra dictaduras en nombre de ideales universales terminaron chocando con otro hombre profundamente democrático, precisamente porque discrepaban sobre cómo debía organizarse el poder.

Bosch los acogió.

Luego los expulsó.

En ese gesto dejó claro algo esencial sobre su carácter político: podía abrir la puerta, pero nunca compartir prácticas que consideraba incompatibles con su concepción partidaria.

Una experiencia personal

En el proceso electoral de 1986 fui integrado al Equipo de Evaluación y Estrategia junto a Max Puig y Félix Servio Ducoudray.

Después de las elecciones, Max Puig y Félix Servio prepararon una evaluación con conclusiones que no compartí, pues insinuaban que el partido no debía continuar el camino político que había adoptado de participar en elecciones democráticas como vía para alcanzar el poder.

Utilizaban el argumento de que por esa vía el PLD jamás llegaría al gobierno y que el camino debía ser otro: la revolución.

Recuerdo claramente que uno de los dos era abiertamente prosoviético y procubano, mientras el otro, aunque matizaba su discurso con cierto tono de socialismo francés, se movía en la misma dirección ideológica.

Todavía vivíamos en plena Guerra Fría.

Cuba seguía siendo el modelo.

Daniel Ortega había visitado el país y había compartido con dirigentes del PLD.

El experimento sandinista era visto por muchos izquierdistas dentro del partido como una referencia válida, especialmente entre los Ducoudray y sectores cercanos a Max Puig.

Después de conocer el borrador de evaluación que prepararon sobre las elecciones nacionales del 16 de mayo de 1986, alerté personalmente a Juan Bosch sobre aquel despropósito político encabezado por Ducoudray y Puig.

Ellos conformaban un grupo integrado por antiguos miembros del primer partido comunista dominicano, el PSP, fundado en 1945, junto a algunos exmiembros del Corecato que se incorporaron al PLD tras la crisis partidaria de 1978.

La derrota de enero de 1987

En enero de 1987 fueron derrotados en el Congreso del PLD cuando fue rechazada su propuesta de declarar al partido como una organización obrera o trabajadora inspirada en el marxismo.

Así lo narró el doctor Euclides Gutiérrez Félix en una entrevista que le hice en Cinevisión, canal 19, en 2008, entrevista que aún se encuentra en YouTube.

Ellos y sus cuadros habían ingresado al PLD como dirigentes sin haber recorrido el proceso formativo regular de los Círculos de Estudio.

Se les había otorgado una concesión especial.

En septiembre de 1978 había renunciado, por divergencias con el doctor Rafael Alburquerque, un grupo importante de fundadores del PLD encabezado por su primer secretario general, Antonio Abreu, junto a Franklyn Almeida y Euclides Gutiérrez Félix.

Aquellos dirigentes eran fundadores auténticos del PLD junto a Juan Bosch en 1973, razón por la cual pudieron años después retornar a puestos de dirección.

Pero los Ducoudray y Puig siempre fueron, dentro del PLD, parte de un cuerpo político distinto, ajeno a la formación doctrinaria que recibimos quienes ingresamos bajo los criterios originales de la organización.

Finalmente fueron expulsados o renunciaron en 1992.

Lo verdaderamente interesante es que el propio Juan Bosch ofreció entonces una rueda de prensa y los criticó públicamente.

Su frase fue lapidaria:

"Son unos traidores".

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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