"La guerra de Restauración era como el océano: Tenía flujo y reflujo porque la victoria no era patrimonio de nadie". Joaquín Balaguer

El culto del recuerdo, la memoria agradecida de los bienes y mercedes recibidos, es una de las prendas de las que más se enorgullece la República Dominicana, hasta constituir en ella una especie de honor, un destello vivo de su esencia y de su ser.

Ni el raudo correr del tiempo, perpetuo enfriador de cálidos y altos sentimientos, ni los trágicos sesgos de la historia, que tan a menudo ofrecen ocasión de mudanza y cambio de pareceres a los ánimos oportunistas y poco robustos, han podido jamás, ni podrán en lo venidero, apagar o deslustrar en el alma dominicana esa luz de hidalguía, ese blasón de pueblo caballeresco que es la gratitud.

Su suelo ricamente fértil para el reconocimiento y la memoria amorosa es nuestra nación: cualquier semilla de bien que se deposite en el surco de su corazón se retornará trocada en copiosas flores y cuajada en frutos sazonados y perfectos.

LOS HATEROS Y LA PRIMERA REPÚBLICA

“Los hateros son personas iletradas que luchan por el poder y la riqueza material sin medir las consecuencias. Su alma está llena de resentimiento y un espíritu tacaño (Pedro M. Archambault, historiador español)”

La República Dominicana surgió de la lucha desigual de los hateros encabezada por su líder, el general Pedro Santana. El esfuerzo de los Trinitarios en la noche gloriosa del 27 de febrero en la Puerta del Conde fue el inicio de grandes conflictos en los cuales los hateros y su líder Pedro Santana no asimilaban el sacrificio de Duarte y los Trinitarios.  Para el primer aniversario de la Independencia, el líder hatero Pedro Santana y sus aliados Tomás Bobadilla y la influyente familia hatera higüeyana Los Alfau, cuyos antepasados eran de origen venezolano, fusilaron en el altar de la patria a la heroína María Trinidad Sánchez, tía del prócer Francisco del Rosario Sánchez.

He ahí, señores, en nuestra historia republicana, en la que asientan la gloria, la personalidad de la nación y el linaje de llamarnos dominicanos.

El Hatero Pedro Santana no creyó en la Independencia Nacional del 27 de febrero de 1844. El dueño de El Prado, el oportunista que se casó con la viuda Febles para despojarla de sus tierras y sus vacas obtuvo la presidencia de la República bajo el imperio de la cultura del autoritarismo a los constituyentes de San Cristóbal el 6 de noviembre de 1844, los rodeó mientras sesionaban y levantó su espada y le dijo: Hay que proclamarme presidente por dos años sin ir a elecciones, porque aquí el único hombre que tiene ejército, tierra, vacas y machetes soy yo.

Santana secuestró el poder político y militar y se arropó bajo la custodia de la bandera del imperio español, recién iniciada la Primera República, y pasó de ser presidente de la República a gobernador con el título nobiliario de marqués de la Carrera.

LA SUBLEVACIÓN DE LA PEQUEÑA BURGUESÍA CONTRA EL PODER DE LOS HATEROS

Según el profesor Juan Bosch, expresidente de la República, en sus anotaciones de la composición social dominicana que transcribo textualmente:

Al producirse la separación con Haití, comenzó la etapa de las luchas públicas de la pequeña burguesía nacional contra el poder social y político de los hateros, pero podemos estar seguros de que a ese período le habían precedido luchas no públicas que se habían llevado a cabo en la intimidad de la alianza que hizo la pequeña burguesía de la Trinitaria con el sector de los hateros. Esto se advierte claramente en el hecho de que la pequeña burguesía de la Trinitaria se organizó alrededor del líder, Juan Pablo Duarte, antes aún de que se produjeran los sucesos de la Puerta del Conde, y los hateros se apresuraron a anteponerle a Duarte otro líder, Pedro Santana, inmediatamente después de esos sucesos. Es más, se afirma que la persecución de Duarte, ordenada por el gobierno haitiano, se debió a la denuncia de uno de los conspiradores dominicanos que pertenecía al grupo hatero. Si fue así, gracias a esa denuncia se obtuvo que Duarte no estaba en el país el 27 de febrero de 1844.

​Durante unos veinte años, de 1843 a 1863, la historia nacional se explica como un resultado de esa lucha entre la pequeña burguesía y el sector hatero, y la anexión a España, producida en 1861, no es sino la salida que tuvo el grupo hatero ante la inevitable extinción de su poder social y el traspaso de su poder político a la pequeña burguesía. Antes de aceptar su desaparición como poder social y político, y su suplantación en ambos campos por la pequeña burguesía, los hateros prefirieron la desaparición de la República. Desde el momento mismo del nacimiento de la República, los hateros quisieron apoyarse en un poder extranjero, y como necesariamente debía suceder, dada su intrínseca debilidad de sector compuesto por capas de reciente formación e inseguras por su propia naturaleza social, entre los pequeños burgueses hubo vacilaciones en este punto; pero su líder político, Juan Pablo Duarte, se opuso resueltamente a que la República naciera mediatizada.

Los hateros aceptaron entonces los argumentos de Duarte porque tenían en sus manos el control del poder político y no ganaban nada con disminuir ese poder; casi veinte años después, cuando una cadena de acontecimientos demostró que ya no eran tan poderosos como en 1844, entregaron el país a España, y con ese acto provocaron el levantamiento implacable de todos los sectores de la pequeña burguesía y la desaparición final de los últimos restos de la sociedad hatera, que fueron enterrados junto con Santana el día de su sepelio.

 LA FALTA DE FE EN EL DESTINO DE LA PRIMERA REPÚBLICA

Hay quienes afirman como el historiador Américo Moreta Castillo, que la Anexión a España fue un mal necesario por el cual tuvo que pasar la Patria para ser redimida de tanta deslealtad, pues desde antes de producirse la Independencia del 27 de febrero de 1844 ya los dirigentes políticos disputaban acerca de bajo cuál nación se debía amparar el recién nacido Estado: Francia, Inglaterra, Estados Unidos de América y, hasta en determinado momento, se pensó ponerlo bajo el protectorado del insular reino de Cerdeña.

Hubo una gran tendencia anexionista que revelaba una falta de identidad en los destinos de la República y hubo en muchos una ausencia de ideales que estuvo sintetizada en la frase de Narciso Sánchez a su hijo, Francisco Sánchez del Rosario, uno de los Padres de la Patria, cuando le dijo: "Desengáñate, Francisco: este será país, pero Nación, nunca".

Este pasaje hace referencia al "gran pesimismo dominicano", una tendencia histórica de ciertos grupos a desconfiar del destino nacional. Sin embargo, se destaca que las guerras de Independencia y Restauración fueron impulsadas por el idealismo de las jóvenes generaciones, particularmente los duartistas, quienes se opusieron al entreguismo de figuras como Pedro Santana, conocido por mancillar su gloria con la anexión a España.

La Guerra de Restauración fue una epopeya impresionante. Fue la gran batalla de un pueblo humilde y harapiento contra un ejército colonial y contra una potencia. Separación y restauración son dos momentos importantes en nuestra historia, y nos corresponde especialmente divulgar el esfuerzo y la valentía en la guerra.

LA ANEXIÓN A ESPAÑA DEL HATERO PEDRO SANTANA Y SU DISCURSO LISONJERO FRENTE A LOS ESPAÑOLES

“Pedro Santana esclavo de tus pasiones, has querido vender

La patria a un extraño señor".

Monseñor Fernando Arturo de Meriño

El 18 de marzo de 1861, el presidente Pedro Santana proclamó la anexión de la República Dominicana a España.

Al dirigirse al pueblo dominicano, el jefe del Estado motivó su decisión en que el pueblo dominicano cree en los valores de España, como:

“Religión, idioma, creencias y costumbres”, que a su juicio aún los dominicanos conservaban con pureza.

Dijo que España nos abre sus brazos “cual amorosa madre que recobra su hijo, perdido en el naufragio en que ve perecer a sus hermanos”.

En una alusión al licenciado José Núñez de Cáceres, quien proclamó la independencia de España el 1 de diciembre de 1821, el presidente Pedro Santana expresó:

“Dominicanos: sólo la ambición y el resentimiento de un hombre nos separaron de la madre patria; días después el haitiano dominó nuestro territorio; de él lo arrojó nuestro valor; los años que desde entonces han pasado muy elocuentes han sido para todos”.

En su proclama para anexar la República a España, el presidente Pedro Santana sostuvo:

“Ella nos da la libertad civil que gozan sus pueblos, nos garantiza la libertad natural y aleja para siempre la posibilidad de perderla; ella nos asegura nuestra propiedad, reconociendo válidos todos los actos de la República” y ofrece atender y premiar el mérito.

Prometió que la anexión a España “trae paz a este suelo tan combatido, y con la paz sus benéficas consecuencias”.

Según Pedro Santana, los dominicanos descansarían de la fatiga de la guerra y se ocuparían con incesante afán de labrar el porvenir de sus hijos.

“La España nos protege, su pabellón nos cubre, sus armas se impondrán a los extraños; reconoce nuestras libertades, y juntos las defenderemos, formando un solo pueblo, una sola familia, como siempre lo fuimos…”.

Para concluir su proclama, el presidente Pedro Santana expresó:

¡Viva Doña Isabel II!
¡Viva la libertad!
¡Viva la religión!
¡Viva el pueblo dominicano!
¡Viva la Nación Española!

LA OPOSICIÓN DE MONSEÑOR FERNANDO ARTURO DE MERIÑO CONTRA LA ANEXIÓN Y SU HOMILÍA HISTÓRICA CONTRA EL HATERO PEDRO SANTANA

El 14 de abril de 1861, el gobernador Pedro Santana deportó al sacerdote Fernando Arturo de Meriño hacia Venezuela porque se oponía a la anexión de la República a España.

Fernando Arturo de Meriño había desempeñado funciones de párroco en Neiba y San Cristóbal. En el año 1858 fue promovido a las funciones de vicario apostólico de la Catedral de Santo Domingo.

En el año 1861 se opuso al plan de la anexión de la República a España y el 27 de febrero de ese año increpó, desde el púlpito de la Catedral, al presidente Pedro Santana.

Aquí algunos fragmentos de la homilía de Monseñor Fernando Arturo de Meriño contra el hatero General Pedro Santana:

“Entre las malas pasiones, hay una, de forma horrible y de consecuencias funestas; una pasión que cuando se desarrolla en el corazón es tan grande el estrago que causa en el hombre, que, comenzando por degenerarle y envilecerle, acaba por constituirle enemigo de sí mismo, enemigo de la sociedad y enemigo del género humano.

Pasión de incentivos poderosos, porque es disimulada, hipócrita y lisonjera, y se insinúa con mucha suavidad enervando por grados la razón; pasión llena de artificios para fascinar al incauto a quien tiende sus redes, y que casi siempre pasa encubierta con el velo de la caridad con más acierto darle por el pie a todas las virtudes; esa pasión, señores, es el egoísmo.

Consiste en un sentimiento de amor exclusivo que el hombre se tiene a sí mismo, viendo en sí solo el objeto de todo bien, el principio y término de sus acciones y no reconociendo fuera de él ni otros derechos ni otras obligaciones”.

Con una prosa exquisita iba definiendo a ese hombre que ostentaba el poder, a quien tenía frente a él, de una forma contundente, el cual se iba enfureciendo a cada palabra, mientras continuaba:

“El egoísta es un monstruo que viola sin respeto hasta los mismos sentimientos que la naturaleza inscribió en el corazón de la humanidad y huella todos los santos deberes que la sociedad y la moral imponen. No es ni buen padre de familia, ni buen hijo, ni buen hermano y traiciona la amistad con descaro y ve perder a su patria con impasibilidad estoica.

Extraño a todo sentimiento noble, no es capaz de experimentar nunca el amor que debe a su Patria y mucho menos sacrificarse por ella”.

Fue un sermón que tuvo como consecuencia el destierro de Meriño, a partir de abril de 1862.

EL FUSILAMIENTO DEL PROCER FRANCISCO DEL ROSARIO SÁNCHEZ POR ORDENES DEL GENERAL PEDRO SANTANA

El 4 de julio de 1861, fueron fusilados en El Cercado, San Juan de la Maguana, el prócer Francisco del Rosario Sánchez y un grupo de patriotas que lo acompañaron en una incursión al país en junio de 1861, para luchar contra la anexión de la República Dominicana a España. Esta orden fue impartida por el general Pedro Santana, e influenciado por el general Abad Alfau en venganza porque Francisco del Rosario Sánchez le había ganado un litigio judicial de importación de madera en las playas del este a la familia Alfau, representando en calidad de abogado al comerciante francés Monsieur Beltrand Verón y Gramauth según consta en una tradición oral de la época.

Francisco del Rosario Sánchez había sido herido el día anterior al caer en una emboscada.

El 3 de julio de 1861, un Consejo de Guerra, encabezado por el general Domingo Lazala, condenó a muerte al prócer Francisco del Rosario Sánchez y al grupo de patriotas que lo acompañó. Además de Sánchez, fueron condenados a la pena capital Juan Erazo, Benigno del Castillo, Francisco (Céfiro) Martínez, José Antonio Figueroa, Juan Dragón, León García, Segundo Alcántara, José Corporán, Pedro Zorrilla, José de Jesús Paredes y Juan Gregorio Rincón.

También fueron condenados a muerte Rudecindo de León, Manuel Baldemora, Epifanio Jiménez, Romualdo (Tani) Montero, Domingo Piñeyro y Félix Mota. Francisco del Rosario Sánchez había entrado al país por el valle de San Juan de la Maguana, en junio de 1861, para luchar contra la anexión de la República a España.

Proclama de Francisco del Rosario Sánchez contra la anexión:

“He pisado el territorio de la República entrando por Haití, porque no podía entrar por otra parte, exigiéndolo así, además, la buena combinación, y porque estoy persuadido de que esta República, con quien ayer, cuando era imperio, combatíamos por nuestra nacionalidad, está hoy tan empeñada como nosotros porque la conservemos merced a la política de un gabinete republicano, sabio y justo”.

“Más, si la maledicencia buscare pretextos para mancillar mi conducta, responderéis a cualquier cargo, diciendo en alta voz, aunque sin jactancia, que Yo Soy la Bandera Dominicana”.

EL GRITO DE CAPOTILLO Y EL VALOR ESPARTANO DE LOS CIBAEÑOS

El 16 de agosto de 1863, comenzó en el Cerro de Capotillo la guerra contra el gobierno español de la anexión, la cual culminó con la restauración de la independencia de la República Dominicana.

Un informe militar da cuenta de que el 16 de agosto los dominicanos aprovecharon que el Gobierno español de la Anexión dispuso el desplazamiento de las guarniciones fronterizas, y el Batallón La Corona, con una sección de artillería y otra de cazadores, hacia Puerto Plata y Santiago.

Precisa que el 16 de agosto de 1863, 14 patriotas dominicanos cruzaron la frontera desde Haití y proclamaron el «Grito de Capotillo», en el cerro de Capotillo Español y de inmediato izaron la bandera dominicana que había sido cosida por Huberto Marsán.

Los 14 próceres del «Grito de Capotillo» fueron el coronel Santiago Rodríguez, capitán Eugenio Belliard, Segundo Rivas, Alejandro Bueno, Pablo Reyes y Juan de la Mata Monción (abanderado). El español José Angulo (corneta), San Mezquita, Tomás de Aquilino Rodríguez, José Cabrera, Sotero Blan, Benito Monción, Juan de la Cruz Álvarez y un soldado desconocido.

A partir del día 16 de agosto de 1863, los españoles lucharon con más de 40 mil hombres para tratar de frustrar la Restauración de la República, pero al final tuvieron que reconocer la victoria de los dominicanos.

La guerra terminó el 10 de julio de 1865, cuando comenzaron a salir las últimas fuerzas militares españolas que se mantenían en la República Dominicana.

Al referirse a los hechos, el general Gregorio Luperón, en sus «Notas Autobiográficas y Apuntes Históricos», afirma que «En la mayor parte de las peleas que se dieron a la bayoneta por los españoles y al sable por los dominicanos», la victoria quedaba casi siempre a favor de los criollos.

En opinión del prócer de la Restauración, el general Luperón, «El soldado español era valiente, arrojado y sufrido» y «el dominicano era audaz, intrépido y persistente».

El Ejército español perdió 18 mil hombres

En sus notas Luperón apunta que el Ejército español perdió 18 mil hombres, sin contar los hombres de las reservas dominicanas ni los voluntarios de Cuba y de Puerto Rico, que no se contaban en el número de los muertos españoles.

De acuerdo con la versión del prócer de la Restauración: «Los dominicanos perdieron más de cuatro mil hombres, sin contar tampoco los que murieron en las filas de los españoles, porque en aquella circunstancia aquellos desgraciados no eran ni dominicanos ni españoles». Eran los ilotas de la fatalidad y del destino».

Del acontecimiento, el historiador José Gabriel García destaca el apoyo que recibieron los restauradores en la región Norte.

«Todo el Cibao, en fin, estaba en armas, y la bandera del 27 de febrero de 1844, desplegada en Capotillo el 16 de agosto de 1863, por los merodeadores de las fronteras, que como por encanto se habían convertido en Ejército Revolucionario, iba recuperando, una a una, en marcha triunfal, las astas gloriosas de donde había sido arriada violentamente el 18 de marzo de 1861».

LA ESPADA GLORIOSA DEL GENERAL GREGORIO LUPERON Y EL EJÉRCITO CIBAEÑO DEFINIERON LA GUERRA DE LA RESTAURACIÓN

Cuando Pedro Santana proclamó la anexión a España, en 1861, Luperón y un grupo de puertoplateños se opusieron a esta acción.

Fue perseguido por las autoridades españolas y apresado en 1862, pero escapó y se marchó al extranjero.

Al año siguiente, meses antes de estallar la Guerra Restauradora, con apenas 24 años y debido a sus méritos, fue designado general de brigada.

En septiembre de 1863 comandó las tropas que atacaron Santiago y era tanto su prestigio que, cuando se instaló el 14 de ese mes el Gobierno Provisorio de la Restauración, fue electo presidente, pero en un acto de desprendimiento renunció.

Fue entonces escogido José Antonio Salcedo (Pepillo). Durante ese mismo mes enfrentó militarmente a Pedro Santana en La Vega y Arroyo Bermejo.

En los meses posteriores y mientras duró la guerra durante los años 1864 y 1865, no obstante haber sido víctima de intrigas, su participación en batallas y combates fue muy destacada, alcanzando los más altos rangos militares.

Entre las acciones militares más importantes en las que intervino se destacan las de Sabana del Vigía, Guanuma, Monte Plata, Bayaguana, Bermejo, Yerba Buena, Paso del Muerto y Río Yabacao.

Propuesto para varios cargos en los diferentes gobiernos provisionales de la Guerra Restauradora, renunció y sus sentimientos humanitarios quedaron de manifiesto cuando el 5 de noviembre de 1864 protestó por el fusilamiento de Salcedo, en la playa de Maimón.

Meses después de terminada la Guerra Restauradora, al ser elegido Buenaventura Báez presidente de la República, Luperón, consciente de los planes antinacionales de este, inició una revolución, la cual triunfó el 29 de mayo de 1866. Al cesar el Gobierno del Triunvirato, que estaba integrado por los generales Pedro A. Pimentel, Gregorio Luperón y Federico de Jesús García, asumió la Presidencia el general José María Cabral.

Es importante destacar y hacer una aclaración histórica que, debido a la gran experiencia del manejo del machete en el arte de la guerra del General Pedro Santana, un hombre que fue definido por su contemporáneo como un machetero de fina puntería, el General Gregorio Luperón, sabiendo estas destrezas que adornaban al hatero Pedro Santana, según el historiador Federico García Godoy se aseguró de que Santana estaba refugiado en la zona de Guanuma  y no salió con sus tropas debido a que estaba muy afectado de salud y también decepcionado por el trato inadecuado que había recibido de la corona española.

Mons. Jesús Castro Marte

Sacerdote

Monseñor Jesús Castro Marte. Labores Pastorales: Obispo de La Diócesis Nuestra Señora de La Altagracia, Presidente de la Fundación del Museo de La Altagracia, Gran Canciller de la Universidad Católica del Este (UCADE), Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Dominicano, Presidente del Pensamiento Altagraciano. Maestrías: Magíster Tecnología Educativa, en la PUCMM, 2009; Magíster en Historia Aplicada a la Educación, en la PUCMM, 2012; Máster en Gestión internacional de Universidades, en la Universidad Alcalá de Henares, España, 2014; Máster Internacional en Bioética, Fundación Jérôme Lejeune.

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