Si uno camina por una calle cualquiera de barrios como Villas Agrícolas, Villa Juana o Villa Consuelo, la emigración aparece sin necesidad de estadísticas. Está en las ausencias, en los silencios, en las conversaciones cotidianas. Sin exagerar, una de cada tres casas ha sido tocada por ella. La mayoría de las veces, el destino es Estados Unidos; pocas, Europa. Pero no siempre es quien se va quien marca el ritmo de esa historia.

Cuando se mira más de cerca, emerge un fenómeno profundamente instalado en la vida barrial: el de las mujeres que se quedan. Adolescentes o jóvenes adultas cuyos novios, parejas o esposos “se fueron por los países”. El vínculo continúa a distancia. Las videollamadas ayudan. El amor, o al menos su promesa, resiste. La separación no se vive como ruptura, sino como etapa necesaria,

Una vez establecido, él vuelve de vacaciones. A veces se casan; otras, la joven queda embarazada y entonces se casan. Comienza luego otra fase, menos visible y mucho más larga: la espera para que ella sea llamada legalmente, con o sin hijo. Una espera que puede durar años. No es una espera pasiva —muchas trabajan, estudian, sostienen hogares y crían solas—, pero es una espera que organiza la vida, posterga decisiones y suspende futuros.

Desde fuera, estas historias pueden parecer duras, incluso injustas. Y lo son. Sin embargo, en el contexto barrial se viven como algo casi natural. La separación se justifica en nombre del llamado sueño americano, cada vez más erosionado, pero todavía asociado a una promesa de mejoría. Las remesas funcionan como prueba material de que el sacrificio “vale la pena”. Son el argumento que legitima la ausencia.

Quizás nada de esto sea completamente nuevo. La espera, la distancia y la familia fragmentada forman parte de la historia migratoria dominicana desde hace décadas. Pero algo sí ha cambiado. Las jóvenes que hoy se quedan no son las mismas de hace diez o quince años. Muchas son universitarias, tienen empleos, ingresos propios y mayor conciencia de sus derechos. La espera ya no se sostiene sobre la dependencia absoluta, sino sobre una autonomía parcial y frágil, constantemente tensionada por un proyecto de vida que sigue estando en otra parte.

A esa espera se suma una incertidumbre:  la distancia expone los vínculos a una vulnerabilidad profunda. Vivir “allá” no es fácil: la soledad, la precariedad y el desarraigo llevan a algunos hombres a formar otra pareja. Las familias aquí lo saben. Las mujeres esperan, trabajan y crían mientras conviven con la duda de si ese proyecto compartido seguirá existiendo cuando, o si, llegue el reencuentro.

Lo más inquietante no es solo la dureza del proceso, sino su normalización. En estos barrios, esperar se ha convertido en una condición social aceptada. La maternidad en soledad transitoria, la pareja a distancia, la infancia fragmentada dejan de vivirse como anomalías y pasan a formar parte del paisaje cotidiano. La emigración desplaza cuerpos; reorganiza afectos, roles y expectativas, casi siempre a costa de quienes permanecen.

Todo esto ocurre mientras el Eldorado pierde brillo. Estados Unidos ya no es el espacio de acogida que muchos imaginan: mayores controles, precariedad, rechazo. Y, sin embargo, el relato persiste. Se sigue apostando a un destino que ofrece cada vez menos garantías. Cuando el horizonte local es estrecho, incluso una promesa deteriorada parece preferible a ninguna.

Las mujeres que se quedan sostienen silenciosamente este modelo. No cruzan fronteras ni llenan titulares, pero pagan un precio alto: el de una vida puesta entre paréntesis. Tal vez sea hora de mirar la migración no solo desde quienes parten, sino desde quienes esperan. Porque en esa espera, larga y normalizada, se acumulan unos costos humanos muy profundos y poco reconocidos.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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