Para las elecciones del 16 de mayo de 1990 el Partido de la Liberación Dominicana tomó una decisión que marcaría su destino: no hacer alianzas.

Rechazó propuestas del PRD y del PRI. Apostó a la pureza, a la coherencia, a la construcción de una fuerza propia, sin atajos. Pero el sistema electoral no contemplaba segunda vuelta, y la oposición, dividida, facilitó la permanencia de Joaquín Balaguer en el poder. El aire triunfalista y los prejuicios predominaban. Aquella noche del miércoles 16 de mayo no se perdió solo una elección. Se perdió la iniciativa política. Hubo percepción de victoria, hubo irregularidades denunciadas, pero faltó conducción en el momento decisivo. La historia no espera a quien duda. Y el PLD, por primera vez, sintió el peso de la oportunidad perdida. En 1994, el PLD, con Juan Bosch como candidato presidencial y Leonel Fernández como vicepresidente, fue a parar a un tercer lugar. Fue un golpe político y moral que confirmó que el poder no se alcanza únicamente con razón histórica, sino con capacidad de articulación estratégica. Sin embargo, la política dominicana, siempre irónica, devolvió la jugada seis años después de 1990. En 1996, fue el propio Joaquín Balaguer —el mismo adversario— quien se convirtió en factor determinante para la llegada de Leonel Fernández al poder. La historia no se repite: se transforma en paradoja. Ahí comenzó la era del PLD hace ya tres décadas.

Durante más de veinte años, el partido fundado por Juan Bosch no solo gobernó: estructuró el sistema político dominicano. Introdujo una lógica de continuidad institucional, combinó crecimiento económico con estabilidad macroeconómica y consolidó una maquinaria político-electoral que no tenía precedentes en el país. Pero todo sistema que se prolonga en el tiempo comienza a generar tensiones internas. Y el PLD no fue la excepción. El poder, cuando no se alterna, se disputa por dentro. La fractura entre Danilo Medina y Leonel Fernández no fue un accidente ni una simple rivalidad personal. Fue el desenlace de dos visiones distintas sobre el ejercicio del poder, sobre el control del partido y sobre el futuro del Estado dominicano. Leonel representaba la continuidad de un liderazgo intelectual, internacional, con vocación estratégica. Danilo encarnaba una lógica más pragmática, centrada en la gestión, en la estructura territorial, en el control del aparato político. Durante años coexistieron. Luego compitieron. Finalmente, rompieron. Y cuando se rompe un partido que ha sido sistema, no se divide solamente una organización: se reconfigura todo el mapa político. De esa ruptura nació la Fuerza del Pueblo. Y con ella, el sistema político dominicano dejó de ser bipolar para convertirse en tripolar, pero con una diferencia fundamental: las dos principales fuerzas opositoras —PLD y Fuerza del Pueblo— comparten un mismo origen, una misma historia… y una rivalidad profunda.

El año 2020 marcó el cierre definitivo de una época. El Partido Revolucionario Moderno, encabezado por Luis Abinader, llegó al poder capitalizando dos factores determinantes: el desgaste acumulado del PLD tras años de gobierno y la división interna que lo fracturó. No fue solo una alternancia. Fue un cambio de ciclo. El PLD pasó de ser el eje del poder a convertirse en oposición. La Fuerza del Pueblo emergió como actor competitivo. Y el PRM asumió la conducción del Estado. Desde entonces, la política dominicana se volvió más abierta, pero también más incierta.

Hoy, en 2026, esa incertidumbre no solo persiste: se profundiza. El PLD intenta reconstruirse, pero lo hace sin su principal activo histórico: la unidad. Conserva estructura, cuadros y experiencia, pero enfrenta una pregunta esencial: ¿puede volver a ser mayoría sin Leonel Fernández? La Fuerza del Pueblo, por su parte, ha logrado consolidarse bajo el liderazgo de Leonel, pero su desafío es otro: ¿puede crecer más allá de su base originaria sin reconciliar, de alguna forma, el pasado peledeísta del que proviene? Y ahí radica la gran incógnita del 2028. Porque las diferencias entre Danilo Medina y Leonel Fernández no son tácticas. Son estructurales. Son profundas. Son, hasta ahora, irreconciliables. No se trata solo de dos liderazgos. Se trata de dos concepciones del poder que ya no conviven. Y mientras esa ruptura se mantenga, el espacio político que ambos representan seguirá dividido, debilitando cualquier posibilidad de reconstruir una mayoría similar a la que existió entre 1996 y 2016.

El PRM, entretanto, gobierna. Y gobernar, como siempre, es el mayor de los desafíos. Luis Abinader ha logrado estabilidad y niveles aceptables de gobernabilidad, pero no será candidato en 2028. Eso abre una nueva etapa dentro del partido oficialista. En ese contexto emerge Carolina Mejía. Su posible candidatura presidencial representa continuidad, pero también renovación. Y esa combinación —si logra consolidarse— puede convertirse en un factor determinante en el próximo proceso electoral.

Así, el escenario hacia el 2028 se perfila con claridad… y con incertidumbre al mismo tiempo: Leonel Fernández será candidato por la Fuerza del Pueblo. El PRM probablemente apostará por Carolina Mejía. El PLD aún no define su rumbo ni su figura.

Pero más allá de los nombres, lo decisivo será otra cosa. Será la capacidad de construir mayoría. Y ahí vuelve, inevitablemente, la lección de 1990. Porque la política no es un ejercicio de pureza, sino de construcción. No basta con tener historia, ni con tener razón, ni siquiera con tener liderazgo. Hay que articular fuerzas. Hay que sumar. Hay que saber leer el momento.

El PLD no lo hizo en 1990… y pagó el precio. Lo aprendió después… y gobernó veinte años. Lo olvidó en la división… y perdió el poder.

La Fuerza del Pueblo intenta recoger esa experiencia. El PLD busca reconstruirse desde sus restos. El PRM deberá demostrar que puede sostener lo que ha heredado.

Y el país, como siempre, está en el centro de esa ecuación.

A treinta años de 1996, la gran pregunta no es quién ganó ayer.

Es quién será capaz de entender el mañana.

Porque en la República Dominicana, como en toda democracia viva, los sistemas no desaparecen: se transforman. Las fuerzas cambian, los nombres evolucionan, los liderazgos se reciclan. Pero hay algo que permanece. La lógica del poder. Y esa lógica —implacable, silenciosa, persistente— sigue recordándonos, desde aquella noche de 1990 hasta este incierto 2026, que la historia no premia al que tiene más pasado, sino al que sabe construir futuro. Porque, al final, la lección sigue siendo la misma: la estabilidad no se importa; se fabrica.

Víctor Grimaldi

Víctor Manuel Grimaldi Céspedes (Santo Domingo, 22 de diciembre de 1949) periodista, historiador, político y diplomático dominicano.

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