En un artículo que publicamos la semana pasada, en el que tratamos el servicio público de la universidad en la era digital, dijimos que ese servicio no se limita a una norma ni a dar títulos; que se muestra o se pierde según cómo la universidad actúe con la sociedad. La universidad actúa en un mundo con más tecnología, con inteligencia artificial y con la presión de obtener resultados rápidos. Decíamos que la universidad solo preserva su legitimidad cuando alinea sus decisiones académicas, organizativas y tecnológicas con criterios éticos claros. Los criterios éticos claros deben apuntar al bien común.

La reflexión que ahora proponemos no parte de cero ni repite ese planteamiento, sino que avanza deliberadamente un paso más. Si toda universidad está llamada a ejercer una función de servicio público en la era digital, cabe preguntarse: ¿qué implica esa exigencia cuando se trata de una universidad católica? ¿Existe una responsabilidad diferenciada? ¿Qué añade —o debería añadir— la identidad católica al ejercicio de esa función pública en un tiempo de cambio de época?

En este artículo nos propones abordar esas preguntas, no desde una lógica confesional cerrada ni desde una reivindicación identitaria abstracta, sino desde una reflexión ética e institucional sobre el lugar que ocupa la universidad católica en la sociedad contemporánea y, de manera particular, en contextos como el dominicano.

La universidad católica: identidad y servicio público

La universidad católica comparte una responsabilidad que no se puede delegar con el conjunto del sistema de educación superior. La universidad católica debe formar a los estudiantes, producir conocimiento que sirve y contribuir a la cohesión social y al desarrollo del país. La universidad católica tiene una identidad univeresitariua y una tradición que le exigen más. No es solo cumplir una función. La universidad católica tiene que dejar claro el fundamento de la ética y el fundamento de la antropología que guían el servicio que presta.

La identidad católica no añade un extra espiritual a una institución ya definida. La identidad católica propone una forma de entender a la persona, al conocimiento y a la sociedad. En la era digital, la perspectiva se vuelve una afirmación. La educación no se puede reducir a un proceso técnico, ni la universidad se puede reducir a una organización eficiente, aunque las tecnologías sean muy avanzadas.

Asumir la condición de institución de servicio público implica, para la universidad católica, mantener una tensión fecunda entre excelencia académica y compromiso social, entre innovación tecnológica y discernimiento ético, entre sostenibilidad institucional y fidelidad a una misión formativa integral.

Centralidad de la persona y crítica de la reducción tecnocrática

Uno de los ejes de la reflexión sobre el servicio de la universidad fue la advertencia contra la tecnocratización de la educación. Las plataformas, la analítica de datos y la inteligencia de la máquina ofrecen oportunidades. La gente puede crear despersonalización cuando usa las plataformas, la analítica de datos y la inteligencia de la máquina como criterios de decisión.

En el caso de la universidad católica, esta advertencia adquiere un peso particular. Su tradición educativa se funda en la convicción de que la persona humana es el sujeto, el centro y el fin de la educación. En consecuencia, el uso de tecnologías digitales no puede evaluarse únicamente en términos de eficiencia, reducción de costos o escalabilidad, sino en función de su impacto sobre la experiencia formativa, el vínculo pedagógico y el desarrollo integral de los estudiantes.

Servir públicamente, desde esta perspectiva, significa poner la tecnología al servicio de la persona, y no a la inversa. Significa preguntarse qué tipo de sujetos se están formando, qué capacidades se están fortaleciendo y qué relaciones se están promoviendo en entornos crecientemente mediados por sistemas automatizados.

Conocimiento como bien común en un ecosistema digital

El artículo anterior señalaba que la función de servicio público de la universidad se muestra claramente en la relación que la universidad tiene con el conocimiento. En el contexto donde el saber circula fuera de las instituciones tradicionales, la universidad ya no puede reclamar exclusividad, pero la universidad sí puede —y debe— asumir una función de guía.

Para la universidad católica, esta función se articula en torno a una idea clave: el conocimiento es un bien común. Como institución católica, su tarea universitaria no consiste en competir por volumen o velocidad, sino en integrar, interpretar y discernir el saber desde criterios éticos, sociales y culturales. Esto es mucho mas verdadero, en esta era digirtal en la que vivimos, donde la información se fragmenta y se acelera cada dìa màs.

La idea afecta directamente a la investigación, a la enseñanza y a la relación con la sociedad. Dirigir el conocimiento al bien para todos significa poner primero los problemas de la gente, fomentar el diálogo entre los saberes y evitar la sumisión de la actividad de la academia a la lógica del dinero o a los fines de utilidad.

Inteligencia artificial como prueba ética

En el artículo anterior señalamos que la incorporación de la inteligencia artificial es una prueba ética de primer orden para la universidad como institución que sirve al público. La prueba ética de primer orden para la universidad se vuelve más importante cuando la universidad es católica.

La inteligencia artificial no es solo una herramienta. La inteligencia artificial cambia las prácticas, cambia las responsabilidades y cambia la relación entre la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación. Cuando la gente adopta la inteligencia artificial sin pensar, la gente crea una simulación de la experiencia educativa. En esa simulación la automatización sustituye el acompañamiento humano y la eficiencia sustituye el juicio de los docentes.

La universidad católica está llamada a integrar estas tecnologías de manera crítica y responsable, asegurando que refuercen —y no debiliten— la relación educativa, la equidad y la calidad con sentido. En este punto, su función de servicio público se expresa como capacidad de discernimiento, no como resistencia acrítica ni como adopción apresurada.

Gobernanza, coherencia y credibilidad pública

El hacer realidad su función de servicio público debe trascender los discursos. Esta se debe expresar en ek ejercicio a la gobernanza institucional; haciendo cuanto sea posible para que su identidad institucional quede evidenciada en  las decisiones y las prácticas que realiza, esforzàndose para estas sean coherentes. Esa coherencia es la que garantizarà la credibilidad pública que como instituciòn católica la debe caracterizar.

Esto se debe evidenciar en formas de gobierno transparentes y participativas, concriterios claros para la toma de decisiones académicas y tecnológicas, y a través del ejercicio de una ética institucional que no funcione como adorno normativo, sino como marco práctico de orientación. Allí donde la coherencia se debilita, la identidad pierde densidad y la función pública se vacía de contenido.

El desafío aparece en el contexto dominicano.

En países como la República Dominicana, donde la educación superior cumple un papel estratégico en la movilidad social y el desarrollo nacional, la universidad católica enfrenta un desafío específico. No puede limitarse a ser una institución más dentro de un mercado educativo competitivo. Por su naturaleza está llamada a marcar una diferencia sustantiva, que debe manifesrtarse, de manera visible,sobre todo,  en la coherencia entre currículo, investigación, extensión y gobernanza, asì comoen su compromiso con la equidad, el territorio y la ciudadanía democrática.

No anunciamos la diferencia. Construimos la diferencia con las prácticas que se mantienen y que hacen que la universidad católica sea el referente de ética y de formación en la transformación digital.

Conclusión: una continuidad exigente

Si el artículo anterior decía que hay que pensar de nuevo la función de servicio público de la universidad en la era digital, este texto dice que la universidad católica debe asumir la función de forma muy exigente. No es por la superioridad institucional, es por la responsabilidad histórica.

En un tiempo de aceleración tecnológica e incertidumbre social, la universidad católica puede —y debe— contribuir a humanizar la era digital, sostener el pensamiento crítico y formar personas capaces de discernimiento, compromiso y esperanza responsable. En ello reside no solo su identidad, sino su aporte más valioso al futuro de la educación y al bienestar del país.

Radhamés Mejía

Académico

Educador. Profesor Emérito de la PUCMM ExVicerrector de la PUCMM por más de 35 años y exrector de UNAPEC. Actualmente es Coodinador de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD). En la actualidad es Director del Centro de Investigación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO)-PUCMM.

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