Una mirada aun ligera de la historia nos deja una lección clara: la inmensa capacidad de construcción y destrucción, de hacer el bien y el mal, de los seres humanos.

Lo positivo nos anima a pensar que los seres humanos son eminentemente buenos, que el trayecto de la humanidad es progresivo, que transitamos hacia algo mejor, que el optimismo debe primar para seguir avanzando.

Y así quizás nos engañamos: no vemos con precisión la dimensión del mal, no somos capaces de identificar el derrumbe o la destrucción hasta después que ocurre (a veces mucho después). Creemos incluso en las bondades de quienes nos oprimen, asignamos razones y beneficios, incluso a lo peor como la esclavitud o el genocidio.

En su largo pelegrinar, la humanidad ha creado imágenes de miles de dioses que ayudan a pacificar el cuerpo y el alma. Pero las religiones han existido enfrentadas unas a otras, generando divisiones y guerras. Así que, el mayor intento de gestionar la bondad y la redención humana ha terminado siendo manzana de la discordia social y política.

Después de dos guerras mundiales en la primera parte del Siglo XX se gestaron acuerdos internacionales para monitorear y agenciar conflictos. Surgieron las organizaciones internacionales que hemos conocido en los últimos 80 años. No terminaron las guerras ni las masacres, pero se localizaron en territorios más pequeños y se hicieron esfuerzos por aliviar el sufrimiento.

También surgieron democracias liberales en muchos países que, si bien no solucionaron todos los problemas, ofrecieron la posibilidad de imaginar que era posible construir mejores sociedades, basadas en el respeto a los derechos humanos.

Al llegar el fin del siglo XX, la humanidad parecía caminar por mejores senderos. Había menos dictaduras y muchas personas salieron de la pobreza extrema.

El siglo XXI prometía una expansión de lo positivo y, caramba, se ha desviado de rumbo.

Hoy, hay menos democracias según los índices de medición internacional, y hay una reafirmación del predominio imperial.

La excesiva acumulación de riqueza ha empobrecido en términos relativos a la clase media y limita la capacidad del Estado para asistir a los más necesitados.

La globalización neoliberal prometió progreso si se abrían los mercados, pero precarizó el trabajo obrero en los países del capitalismo desarrollado, donde hoy se afianzan los populismos nacionalistas de ultraderecha.

El populismo nacionalista se fundamenta en la agitación constante de los adeptos de un líder, que posiciona a sus seguidores en contra de otros grupos, a quienes define como enemigos. La ofensiva contra los inmigrantes es evidencia de este proceso.

La confrontación entre grupos humanos (sea por clase, género, raza, etnia, u otro factor social) es una de las mayores tragedias de la existencia humana. Lleva a la explotación, a la guerra, a la esclavitud, a la expulsión, al genocidio. Lleva a la destrucción de lo social y la vida misma.

En un panorama mundial peligroso e incierto, que podría tomar un curso aún peor, hay que levantar la bandera del optimismo por un mundo mejor, aunque sea para animarnos e intentar un cambio de rumbo.

Rosario Espinal

Socióloga

Autora de los libros “Autoritarismo y Democracia en la Política Dominicana” y “Democracia Epiléptica en la Sociedad del Clic”, y de numerosos artículos sobre política dominicana publicados en revistas académicas en América Latina, Estados Unidos y Europa. Doctora en sociología y profesora en Temple University en Filadelfia, donde también ha sido directora del Departamento de Sociología y del Centro de Estudios Latinoamericanos.

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