Es cierto que la salud pública necesita un mayor presupuesto. Está debidamente establecido que para un país de ingresos medios, como el nuestro, este debe rondar entre el 4% y el 6% del Producto Interno Bruto (PIB); sin embargo,  en la actualidad se sitúa apenas en el 2%. Pese a esto, la salud pública no mejorará solo inyectando más dinero, sino desmantelando la ineficiencia burocrática, adoptando una visión estratégica definida, evitando la aparición de enfermedades prevenibles y alineando los recursos con las necesidades epidemiológicas reales del país.

Para transformar el sistema, la guía debe ser la ciencia y los datos, alejados de la intuición política que solo lleva a la improvisación. La incapacidad en la gestión enfocada exclusivamente en el modelo curativo -apagar contingencias, tratar la enfermedad avanzada y costosas hospitalizaciones- tiene como única salida dar un giro radical hacia un modelo preventivo y proactivo. No se trata únicamente de un cambio clínico o médico, sino de una reestructuración administrativa, fiscal y cultural.

Para desplazarse de la cura a la prevención, las acciones clave deben articularse en varios niveles:

-Fortalecimiento Radical de la Atención Primaria en Salud (APS) y del Primer Nivel de Atención (UNAP).

La joya de la corona es la APS, una estrategia y modelo de gestión de salud que garantiza el acceso universal, mejora la calidad de vida y aborda de forma integral y transversal los factores que determinan el bienestar. En otras palabras, es el enfoque preventivo de la política pública para cuidar a la comunidad.  Por su parte, el Primer Nivel de Atención (UNAP) es la infraestructura física y médica que sirve como puerta de entrada del paciente al sistema. Esta red de servicios básicos y centros médicos de baja complejidad, pero de alta resolución, puede resolver hasta el 85% de las consultas más frecuentes, por lo que debe ser el primer punto de contacto directo de la población. La estrategia de APS y las UNAP  tienen la capacidad de evitar la  aparición de la enfermedad; desde aquí se puede prevenir la diabetes, los infartos agudos al miocardio, los ictus cerebrales o el daño renal crónico, ya que su labor permite conocer el historial de vida, el entorno y los riesgos de la comunidad. Esto no se puede prevenir desde un hospital de alta complejidad. Es un imperativo gerencial dotar al país de la cantidad necesaria de unidades del primer nivel y proveerlas de herramientas diagnósticas básicas, telemedicina y capacidad resolutiva local, logrando así fidelizar al paciente y evitando que saturen las urgencias hospitalarias.

-Inversión en Predicción  y Tamizaje. Tratar un cáncer en etapa 4 es una tragedia humana y un abismo financiero; detectarlo en etapa 1 mediante un tamizaje a tiempo cambia el panorama por completo. El uso de bases de datos y herramientas epidemiológicas básicas  para identificar qué sectores de la población tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades crónicas (cardiovasculares, diabetes, renales)  antes de que presenten  síntomas, constituye una certera estratificación del riesgo. Si se añaden a la política pública programas de cribado agresivos, donde se prioricen exámenes preventivos masivos (mamografías, citologías, colonoscopias y perfiles lipídicos) dirigidos a poblaciones diana bien definidas, se estaría haciendo prevención efectiva.

-Modificación de los Determinantes Sociales de la Salud. Dado que la salud no se genera en los hospitales, sino en los lugares donde la gente nace, crece, vive y trabaja, esta debe estar presente en todas las políticas públicas:  acceso a agua potable, espacios públicos seguros para la actividad física y garantía de la calidad del aire.  De igual manera, se deben implementar políticas fiscales disuasorias a los productos que destruyen la salud a largo plazo (bebidas azucaradas, alimentos ultraprocesados, tabaco y alcohol) y utilizar esa recaudación  para financiar directamente el sistema preventivo.

-Alfabetización en Salud. Un sistema preventivo necesita ciudadanos corresponsables, no pacientes pasivos. Se debe integrar la nutrición, la salud mental y el autocuidado de manera formal en el currículo escolar. De igual manera,  se debe enseñar al paciente crónico a automonitorearse y reconocer signos de alerta. Un paciente educado en su condición de salud tiene menos probabilidades de descompensarse y ocupar una cama de cuidados intensivos.

-Reestructuración de Incentivos Financieros. Uno de los más grandes problemas del modelo curativo es que su diseño financiero suele premiar la enfermedad. Los hospitales a menudo reciben fondos en función del volumen (cuántas camas llenan o  cuántas cirugías realizan) y  no de sus resultados. Modificar los mecanismos de asignación presupuestaria para incentivar a las regiones de salud que logren mantener a su población sana, reduciendo las tasas de ingreso hospitalario por causas prevenibles, es fundamental para comenzar a pagar por resultados reales de salud.

¿Dónde estriba el desafío? En que mientras las inversiones en el modelo curativo muestran “resultados” inmediatos (inaugurar un gran hospital o comprar un tomógrafo genera un impacto visual y político rápido), el éxito del gasto en la prevención es invisible, porque consiste en la enfermedad que no ocurrió, en el infarto que se evitó. El desafío no es técnico, sino político y estructural; por lo tanto exige una visión de Estado a largo plazo y una fiscalización estricta para asegurar que los recursos -sea el 2% o el 5% del PIB- impacten directamente en las comunidades y no se sigan diluyendo en un enfoque obsoleto.

Angel Almánzar

Trabaja Salud Mental

Trabaja Salud Mental. Pasado presidente de la Sociedad de Psiquiatría y pasado director de Salud Mental.

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