Una República que ha aprendido a anticipar llega mejor preparada al futuro. Pero ninguna preparación elimina la posibilidad de que la realidad llegue de otra manera.

No basta, entonces, con prever escenarios, acumular capacidades o diseñar respuestas. Llega un momento en que la realidad obliga a formular una pregunta más difícil: ¿la respuesta sigue siendo adecuada para la realidad en la que debe funcionar?

Porque la realidad cambia constantemente. Lo decisivo no es detectar cada cambio, sino discernir cuándo ese cambio ha producido una pérdida real de adecuación.

Ese discernimiento exige algo que la política suele omitir: diagnosticar antes de modificar.

Una discrepancia entre lo esperado y lo observado no revela por sí sola su causa. Puede provenir del entorno, pero también de un diagnóstico equivocado, de un diseño defectuoso, de una ejecución insuficiente, de una capacidad que ya no alcanza, de un cambio de comportamiento, de un efecto no previsto o de una medición deficiente.

El síntoma no determina por sí solo la causa.

Y hay una distinción todavía más importante: no todo lo que cambia en la realidad obliga a cambiar la respuesta, y no toda respuesta que falla lo hace porque la realidad haya cambiado.

Si el entorno permanece estable, quizá falló la ejecución. Si la ejecución fue correcta, puede haber fallado el diseño. Si el diseño era adecuado, quizá la capacidad disponible resultó insuficiente. Solo después de recorrer esas posibilidades puede establecerse si existe realmente una transformación de las condiciones que exige otra respuesta.

Cambiar sin hacer esta distinción convierte la adaptación en reacción.

Por eso, cuando una respuesta deja de producir el resultado esperado, la reacción madura no es sustituirla de inmediato. Es establecer qué dejó de funcionar, por qué y dónde se produjo la pérdida de adecuación.

Solo entonces aparece la decisión.

A veces corresponde conservar: la respuesta sigue cumpliendo su función y modificarla crearía un problema inexistente.

A veces corresponde corregir: existe una desviación reparable sin alterar la lógica fundamental.

A veces corresponde adaptar: las condiciones relevantes han cambiado y la respuesta debe modificarse para recuperar su adecuación.

Y a veces corresponde transformar: la configuración existente ya no basta y exige una modificación más profunda.

La diferencia entre estas cuatro respuestas no debería establecerla la presión política, la urgencia mediática ni la visibilidad del problema. Debe derivarse del diagnóstico.

Después de determinar qué debe cambiar, importa también cuánto cambiar.

La magnitud de la modificación debe guardar relación con la profundidad del problema diagnosticado, pero también con la incertidumbre, las consecuencias y la posibilidad de revertir la decisión. Cuando existe alta incertidumbre y el cambio puede deshacerse, experimentar y aprender puede ser preferible a comprometer definitivamente el futuro.

De ahí un principio de prudencia: cuanto más irreversible sea una decisión, mayor debe ser la exigencia diagnóstica que la preceda.

Aquí aparece una paradoja de la capacidad.

Una República aprende, acumula experiencia y desarrolla capacidades para responder mejor. Pero aquello que ayer permitió resolver un problema puede convertirse mañana en una fuente de rigidez. Los procedimientos se consolidan, las inversiones crean dependencia, las reglas adquieren inercia y las soluciones exitosas pueden conservar autoridad mucho después de que hayan cambiado las condiciones que las hicieron eficaces.

Acumular capacidad no significa acumular necesariamente adaptabilidad.

La capacidad de cambiar también necesita límites. No todo lo nuevo es mejor por ser nuevo, ni toda permanencia es valiosa por ser antigua. Una respuesta pública contiene conocimiento acumulado, costos ya asumidos y capacidades cuyo valor puede no ser visible de inmediato. Desmontarla puede destruir lo que todavía funciona; conservarla sin examen puede prolongar aquello que perdió sentido.

El problema no es elegir entre cambio y estabilidad, sino saber qué debe permanecer estable mientras aquello que dejó de funcionar es modificado.

Por eso, una República adaptativa no es una República inestable. Necesita estabilidad suficiente para impedir que cada cambio produzca arbitrariedad, pero capacidad de revisión suficiente para impedir que la estabilidad se convierta en inmovilidad.

Una norma puede permanecer formalmente igual mientras cambia profundamente la realidad sobre la que opera. La estabilidad formal, por tanto, no garantiza por sí misma la adecuación de la respuesta.

Tampoco basta con que una decisión sea técnicamente defendible. Una respuesta puede ser técnicamente adecuada y políticamente inviable; una decisión políticamente posible puede resultar técnicamente inadecuada. La adaptación necesita conjugar adecuación, legitimidad y capacidad de ejecución.

Y queda la prueba definitiva.

Cambiar no demuestra que se haya acertado.

Toda modificación produce una nueva realidad. Puede reducir una vulnerabilidad, pero también trasladar costos; resolver un problema inmediato y crear otro posterior; mejorar una dimensión mientras deteriora otra.

Por eso, después de intervenir, hay que volver a observar, medir y aprender. La nueva respuesta debe ser evaluada para saber si recuperó la adecuación perdida.

La secuencia no termina con el cambio. Se completa cuando la nueva realidad vuelve a ser examinada:

diagnosticar → discernir → decidir → modificar → observar → evaluar.

Y existe una condición adicional: la memoria. Si cada cambio se decide como si fuera el primero, la República paga repetidamente por aprender lo mismo. Cada modificación debería dejar claro qué problema se quiso resolver, qué evidencia justificó la decisión, qué se esperaba que ocurriera y qué ocurrió realmente. Solo así la corrección se convierte en conocimiento acumulado y el conocimiento, con el tiempo, en capacidad para decidir mejor.

Ésa es la madurez que completa la arquitectura: no cambiar porque la realidad cambió, ni conservar porque algo alguna vez funcionó. Cambiar cuando corresponde, conservar cuando corresponde y saber por qué.

Una República madura no es aquella que nunca necesita cambiar. Es aquella capaz de reconocer cuándo una respuesta perdió adecuación, distinguir qué debe modificarse de aquello que todavía funciona y aprender de la realidad que produce después de hacerlo.

Porque cambiar es fácil. Lo difícil es saber qué debe cambiar, cuánto debe cambiar y qué debe permanecer.

Ahí comienza la verdadera capacidad de una República: cambiar sin perderse a sí misma.

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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