El pasado 20 de enero, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció en el Foro Económico Mundial de Davos un discurso que captó la atención global como pocos en años recientes, al reconocer que el orden internacional fundado tras la caída del Muro de Berlín ya no opera bajo los principios que lo sustentan. El mensaje incluyo, además, un llamado a la acción de las potencias medias, que analistas consideran un hito discursivo en la geopolítica contemporánea.
Para ilustrar su argumento, recurrió en primer lugar al ensayo El poder de los sin poder, de Václav Havel, el respetado presidente checo tras el fin de la era socialista. De allí retomó la idea de “Vivir en la mentira”, entendida ahora como una forma de autoengaño colectivo, donde se actúa como si el sistema funcionara plenamente cuando sus fallas son evidentes.
Comparó al verdulero que colgaba consignas socialistas en las que no creía para evitar problemas, con la de naciones actuales que participan en cumbres y rituales de organismos internacionales, aun sabiendo que muchos de sus planteamientos son parcialmente falsos.
Sostuvo que, durante décadas, muchos países han colgado el letrero en las vitrinas, aceptando la ficción de un sistema sin fisuras. Occidente ha operado bajo la premisa de que el liberalismo económico traería prosperidad generalizada, que la integración conduciría a la paz y que las instituciones multilaterales actuarían como árbitros neutrales. Hoy sabemos que el derecho internacional se aplica de forma selectiva y que la soberanía se sustenta en la resiliencia y la fuerza proveniente de recursos naturales, financieros, tecnológicos y militares.
Señaló que la ingenuidad ha terminado y que ha llegado el momento de asumir que las grandes potencias operan “sin límites” evidentes, cuando utilizan el tamaño de sus mercados, su poder militar y el control de cadenas de suministro como instrumentos de coerción.
Sus planteamientos resultaron llamativos al lanzarlos desde una tribuna tradicionalmente asociada al optimismo corporativo, donde abundan las promesas de desarrollo incluyente e integración global. Pese a que algunos críticos la consideran un espacio desconectado de la realidad, en el que muchos problemas globales se diluyen bajo consensos vacíos.
El discurso generó, además, controversia diplomática, particularmente con la Casa Blanca, por lo que se considera inusual y valiente dada la profunda interdependencia entre su país y los Estados Unidos.
Para reforzar su propuesta, invocó, también, el aforismo atribuido a Tucídides, “los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”, ilustrando con mayor precisión la lógica del poder internacional.
La respuesta de las potencias medias
Su mensaje no fue de rendición, sino propositivo, al plantear que las potencias medias desarrollen capacidades propias y se articulen en coaliciones temáticas, para transformar vulnerabilidades dispersas en mayor capacidad negociadora, impidiendo que la debilidad siga siendo un destino inevitable.
Actuar en bloques permite accionar como una gran nación, multiplicando las opciones de intercambio, diversificando las dependencias y ampliando la autonomía para decidir y pactar con quien más convenga. En contraste, la negociación aislada condena a los países pequeños y medianos a aceptar condiciones desfavorables y a competir entre sí por resultar más complacientes y aprobados.
“Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Con esa metáfora resumió un sistema internacional jerárquico, donde la exclusión es estructural y la debilidad convierte a cualquier actor en un objeto de fácil manipulación. Desde ahí, rechaza el multilateralismo ingenuo y propone un “realismo basado en valores”, una fórmula que intenta reconciliar poder y ética bajo la premisa de que valores como la soberanía, la integridad territorial, los derechos humanos o la prohibición del uso ilegítimo de la fuerza, si carecen de respaldo material, se reducen a retórica vacía.
El mensaje refleja el fin de la etapa idealista de la globalización y puede leerse como una rebelión silenciosa de las potencias medias, que no busca moralizar la política ni refundar el sistema internacional, sino adaptarse a un entorno donde el poder se ejerce sin mediaciones. Esto implica articularse, acumular poder económico, financiero y militar, y negociar en bloque para no ser devoradas por un orden asimétrico.
La presencia del pragmatismo estratégico
El segundo movimiento es la llamada “geometría variable”: el fin de las alianzas rígida y monolíticas, para adoptar una posición pragmática, donde la cooperación se activa por asuntos específicos con socios que comparten terrenos comunes. Esto ha permitido que Canadá coincida con democracias occidentales en temas de seguridad, mientras cierra acuerdos comerciales con gobiernos autocráticos como China o Catar. Se trata de una estrategia con aspectos cuestionables, al deponer principios en favor de la conveniencia nacional y la flexibilidad adaptativa.
Esa línea sugiere abandonar el multilateralismo tradicional, debilitado por las rivalidades entre grandes potencias, para reemplazarlo por coaliciones y redes temáticas funcionales y flexible, basadas en valores e intereses compartidos. El objetivo es evitar la trampa binaria de elegir exclusivamente entre Estados Unidos y China, y construir en su lugar un tejido reticular de acuerdos parciales que diversifique riesgos y reduzca la dependencia de un solo hegemón.
Es importante señalar que la "geometría variable" no se limita a las potencias medias y se extiende también a naciones pequeñas y estructuralmente débiles, que pudiesen articularse para negociar desde posiciones menos expuestas y preservando ciertos grados de autonomía. La soberanía ejercida en soledad es una ilusión peligrosa y la fragmentación facilita la manipulación y la coerción hegemónica.
Los límites del discurso
El discurso de Carney intentó nombrar la realidad sin anestesia y ofrecer respuestas a un sistema internacional tensionado y con riesgos evidentes de fractura. Sin embargo, su impacto potencial no dependerá de la fuerza retórica de su diagnóstico, sino de su capacidad para traducirse en prácticas sostenibles.
La propuesta no es revolucionaria ni necesariamente progresista. No busca desmontar las relaciones de poder existentes, sino reducir algunas asimetrías, validando implícitamente el sistema y la lógica que las genera. Más que una ruptura, plantea una adaptación del orden vigente bajo nuevas reglas.
En ese sentido, más que una rebelión en marcha debe leerse como una invitación a reorganizar prioridades y alianzas en un sistema donde la coordinación exige voluntad política sostenida. El mensaje recuerda, además, que la soberanía en el siglo XXI no se defiende de forma aislada, sino construyendo una unidad inteligente entre iguales, capaz de transformar la vulnerabilidad en una fuerza de negociación real.
No obstante, esta invitación choca con la desigual distribución de recursos, donde países como Canadá parten con ventajas estructurales que amplían su margen de negociación, mientras otros operan desde posiciones más frágiles. Sin mecanismos claros para equilibrar esas diferencias, la propuesta corre el riesgo de quedarse en una intuición convincente, lejos de un plan ejecutable.
A ello se suma la ausencia de un liderazgo definido, de una arquitectura inicial de gobernanza, de incentivos tangibles, pero, sobre todo, de una voluntad política para superar el cálculo cortoplacista de gobiernos y naciones. Tampoco existe una hoja de ruta clara ni mecanismos específicos para traducir la voluntad de construir alianzas en verdaderas estructuras de apoyo, lo que convierte el llamado en una aspiración potente pero abstracta, quedándose en el plano de la exhortación, al señala un destino sin trazar un camino.
El discurso tampoco aborda la capacidad de las potencias hegemónicas para fracturar las alianzas entre países medianos y pequeños. Mediante negociaciones bilaterales y concesiones selectivas, como el acceso preferencial a mercados, el alivio arancelario, las facilidades de financiamiento o las garantías de seguridad, se puede aislar a miembros individuales y erosionar la cohesión del bloque, lo que hace imprescindible incorporar defensas anticipadas.
Finalmente, en un mundo saturado de crisis y pesimismo, donde escasean las propuestas alentadoras, existe la tentación de sobredimensionar cualquier señal de coherencia que se ajuste a nuestros presupuestos ideológicos. A pesar de esto, su relevancia suele ser breve, diluyéndose en cuestión de días o semanas bajo el flujo constante de primicias efímeras que concentran atención. La verdadera rebelión sería que una idea interesante lograra perdurar, en una era donde la saturación mediática condena al olvido acelerado.
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