Democracia, desplazamiento humano y responsabilidad internacional en el Caribe

En un artículo anterior publicado en este prestigioso medio, advertimos sobre los riesgos de celebrar elecciones en Haití sin las condiciones necesarias para garantizar un proceso auténtico, libre y capaz de producir legitimidad democrática.

La premisa era clara: celebrar elecciones no significa, por sí solo, que exista normalidad democrática. El sufragio requiere seguridad, libertad política, participación ciudadana e instituciones capaces de garantizar el ejercicio efectivo de los derechos.

El aplazamiento de los comicios haitianos previstos para diciembre de 2026 y las posteriores discusiones sobre las condiciones de seguridad han vuelto a situar esta preocupación en el centro del debate. No se trata de celebrar el aplazamiento, sino de reconocer que un calendario electoral no puede sustituir las condiciones materiales que hacen posible la democracia.

Una elección puede cumplir las formalidades del procedimiento, sin embargo, puede fracasar en su propósito de construir legitimidad. La cuestión no consiste en contraponer elecciones y seguridad, sino en comprender que sin garantías suficientes el derecho al voto corre el riesgo de convertirse en una declaración formal.

La crisis haitiana trasciende al problema electoral. Sus consecuencias alcanzan directamente a la República Dominicana y comprometen la estabilidad regional.

La violencia de grupos armados, el debilitamiento institucional, la inseguridad alimentaria y la paralización económica obligan a numerosas familias a abandonar sus hogares. Muchas se desplazan dentro de Haití, la mayoría buscan refugio y seguridad cruzando la frontera terrestre.

La Organización Internacional para las Migraciones estimó en aproximadamente 1.47 millones el número de desplazados internos haitianos en mayo de 2026, una dimensión que evidencia la gravedad de la emergencia, aunque no precisa el número que se traslada a territorio dominicano.

Para la República Dominicana, esta realidad plantea desafíos en materia de seguridad fronteriza, servicios públicos, mercado laboral, paz social, gestión migratoria y relaciones diplomáticas. Por ello, es necesario distinguir entre migración económica, desplazamiento masivo forzado y búsqueda de protección internacional: son fenómenos relacionados, pero no jurídicamente idénticos.

El Estado dominicano tiene derecho a regular el ingreso, la permanencia y la salida de extranjeros conforme a su Constitución y sus leyes. Sin embargo, el control fronterizo, por legítimo que sea, no puede resolver por sí solo las causas que impulsan los desplazamientos humanos. Una política eficaz requiere combinar soberanía, capacidad y diafanidad administrativa, aplicación de la ley y respeto de las obligaciones internacionales de protección.

Aquí surgen dos cuestiones fundamentales.

La primera es de carácter nacional: ¿dispone la República Dominicana de un control fronterizo suficientemente eficaz para gestionar los flujos migratorios, prevenir los ingresos irregulares y combatir las redes criminales que trafican con personas y mercancías a través de la frontera? No basta con reivindicar la soberanía; es necesario contar con instituciones, recursos y mecanismos de inteligencia capaces de ejercerla efectivamente frente a las redes que aprovechan la debilidad institucional y la inseguridad.

La segunda es de responsabilidad internacional: ¿puede la comunidad internacional continuar gestionando las consecuencias de la crisis haitiana sin asumir compromisos más profundos para contribuir a superarla? La asistencia humanitaria y las operaciones de seguridad son necesarias, pero no sustituyen una estrategia sostenida de recuperación institucional, reconstrucción económica y restablecimiento de condiciones para una vida democrática.

Ambas cuestiones están conectadas. La República Dominicana debe fortalecer su capacidad de control y protección fronteriza, mientras la comunidad internacional debe contribuir a crear las condiciones para que la crisis haitiana deje de reproducirse y proyectar sus consecuencias sobre los países vecinos.

En ese contexto, reitero la propuesta de crear un fideicomiso internacional para la recuperación y el fortalecimiento institucional de Haití, con financiamiento, administración transparente y supervisión de resultados.

No se trata de limosnas, sino de asumir responsabilidades. Haití no necesita que se repita el ciclo histórico de ayudas fragmentadas, sino compromisos sostenidos que permitan reconstruir sus instituciones y recuperar su capacidad de gobernarse, sin sustituir su soberanía.

La estabilidad de Haití no es solo una necesidad de su pueblo, sino también un interés estratégico de la República Dominicana y del Caribe.

Este instrumento podría integrar aportes de Estados, organismos multilaterales e instituciones financieras internacionales, con reglas públicas de ejecución, auditoría independiente y rendición de cuentas. Sus prioridades incluirían el fortalecimiento de las instituciones de seguridad y justicia, la recuperación de los servicios públicos, la rehabilitación de infraestructuras esenciales, la atención a las poblaciones desplazadas y la creación de condiciones para una transición política legítima.

La propuesta debe aprovechar las experiencias de cooperación existentes, pero avanzar hacia compromisos plurianuales, responsabilidades definidas y mecanismos transparentes de evaluación. Su gobernanza tendría que garantizar participación haitiana efectiva y supervisión internacional, respetando la soberanía del país. El propósito no sería sustituir indefinidamente a sus autoridades, sino fortalecer su capacidad para gobernar y responder a las necesidades de su población.

La República Dominicana tiene razones suficientes para promover esta discusión en los espacios regionales e internacionales. La estabilidad haitiana no puede descansar exclusivamente sobre su vecino, ni puede ignorarse que la prolongación de la crisis genera consecuencias humanas, económicas y estratégicas para todo el Caribe.

La advertencia electoral formulada anteriormente conserva su vigencia, no como una reivindicación personal, sino como una invitación a examinar la realidad sin confundir urgencia política con viabilidad democrática. El problema haitiano exige conectar legitimidad electoral, seguridad, desplazamiento humano, soberanía y cooperación internacional.

Defender la soberanía dominicana requiere algo más que controlar las fronteras; exige contribuir a una estrategia regional que afronte las causas de la inestabilidad. Y defender la democracia haitiana exige algo más que reclamar elecciones: requiere reconstruir las condiciones que permitan ejercerla.

Cuando la crisis de un Estado se convierte en un desafío para sus vecinos, la responsabilidad internacional no puede limitarse a observar, asistir y contener. Debe contribuir, con recursos, administración transparente y compromisos verificables, a reconstruir las condiciones que permitan a ese Estado recuperar su capacidad de gobernarse.

Esa es la discusión que el Caribe necesita asumir: cómo transformar la gestión permanente de una crisis en una estrategia de recuperación institucional que beneficie a Haití, proteja los intereses legítimos de la República Dominicana y contribuya a la estabilidad regional.

José Miguel Vásquez García

Abogado

Egresado como Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo Autor del libro de derecho “MANUAL SOBRE LAS ACTAS Y ACCIONES DEL ESTADO CIVIL”. Especialista en materia electoral y derecho migratorio Maestría en derecho civil y procesal civil Maestría en Relaciones Internacionales Maestría en estudios electorales Cursando el Doctorado en la Universidad del País Vasco: Sociedad Democracia Estado y Derecho. Coordinador de maestría de Derecho Migratorio y Consular en la UASD Maestro de grado actualmente en la UASD Ex consultor Jurídico de la Junta Central Electoral 2002-2007 Abogado de ejercicio. Delegado político nacional del PRD 2012-2020

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