Mirándola de arriba abajo, desnuda o con vestido, la mujer es un poema. “Mirándola dormir” también (Homero Aridjis). Un átomo a la vez, y poro a poro. Al derecho, al revés, de punta a punta y sin que falte un ángulo. Desde afuera hacia adentro, por dentro, desde adentro y hasta adentro –en el tibio hábitat de sus habitaciones–: la mujer es una casa a la que entrar ¡y es la puerta al mismo tiempo! (Gonzalo Rojas: “La mujer es un misterio que no se acaba nunca.”, “¿Qué sería del hombre sin la respiración de la mujer?”).
Poema de carne y hueso, linfa y alma. Un poema, hecho de barro o construido a bisturí. Muñeca siempre, aun fuera de trapo, de lodo, de madera, del plástico más pobre. Mariquita recortable de papel –de ese mismo papel en el cual escribir cartas de amor (“no hay mujer que sea diosa, el ombligo la delata”, Artur Lundkvist). La mujer es un poema. La virtual. La real. La que se toca. La que se imagina. La mujer es la más alta evolución de la materia –o tal vez una costilla celestial y arcilla, una escalera que conduce al aire.
¿Quién no ha visto un poema caminando sobre tacones de aguja y minifaldas, detrás de un mostrador con delantal sonriéndote, devolviendo una pelota con raqueta? Poema con traje sastre dirigiendo una oficina, violín al hombro, presidenta. La mujer es un celaje fugaz por una acera y el constructo mental de tu recuerdo. Es y está y no es ni está (“ser es ser percibido”, George Berkeley); te ve sin que la veas (“esos ojos son accidentales, pero es como si estuvieran desde siempre posados en usted”, Jean Baudrillard); y te tiene en su poder (“poder que se deja invadir por el placer al que da caza”, Michel Foucault).
Dígase lo que se diga, la mujer es un poema. La que se extrae un seno para amamantar su cría en una guagua voladora y la que se extrae un seno para amamantar la plebe en una alfombra roja. Poema barroco, poema rancio, poema bronco; cáustico, romántico o acaso sicalíptico, pero poema al fin: poema.
Como quiera que la pongas, la mujer es un poema: en dos, en tres… en cada número del orden cardinal (y en el ordinal, por cierto: la primera, la segunda, el infinito en cifras). Un arpón y, a la vez, tu salvavidas (“¿dónde están ustedes, mujeres, dónde, y quiénes, nos ayudarán, abrirán ustedes sus cuerposalmas, me levantarás, madre, me dejarás que te ayude, hija, esposa / amante, lo harás?”, Amiri Baraka).
A un pupitre de tu nuca, sin poder tocar tus trenzas, presagiaba en el colegio que serías mi poema, y desde entonces fuiste “un deseo de ti por todas partes” (José Mármol).
Mi mujer –no es un cuento– es un poema. “La mujer”, de Juan Bosch, no es un cuento: es un poema. O así puede ser leído:
La mujer
La carretera está muerta.
Nadie ni nada la resucitará.
Larga, infinitamente larga,
ni en la piel gris se le ve vida.
El sol la mató; el sol de acero,
de tan candente al rojo,
un rojo que se hizo blanco.
Tornóse luego transparente
el acero blanco, y sigue ahí,
sobre el lomo de la carretera.
Debe hacer muchos siglos de su muerte.
La desenterraron hombres con picos y palas.
Cantaban y picaban; algunos había,
sin embargo, que ni cantaban ni picaban.
Fue muy largo todo aquello.
Se veía que venían de lejos: sudaban, hedían.
De tarde el acero blanco se volvía rojo;
entonces, en los ojos de los hombres
que desenterraban la carretera
se agitaba una hoguera pequeñita,
detrás de las pupilas.
La muerta atravesaba sabanas y lomas
y los vientos traían polvo sobre ella.
Después aquel polvo murió también
y se posó en la piel gris.
A los lados hay arbustos espinosos.
Muchas veces la vista se enferma
de tanta amplitud.
Pero las planicies están peladas.
Pajonales, a distancia.
Tal vez aves rapaces coronen cactos.
Y los cactos están allá, más lejos,
embutidos en el acero blanco.
También hay bohíos, casi todos bajos
y hechos con barro.
Algunos están pintados de blanco
y no se ven bajo el sol.
Sólo se destaca el techo grueso, seco,
ansioso de quemarse día a día.
Las cañas dieron esas techumbres
por las que nunca rueda agua.
La carretera muerta, totalmente muerta,
está ahí, desenterrada, gris.
La mujer se veía, primero,
como un punto negro,
después, como una piedra
que hubieran dejado sobre la momia larga.
Estaba allí tirada sin que la brisa
le moviera los harapos.
No la quemaba el sol; tan sólo sentía dolor
por los gritos del niño.
El niño era de bronce,
pequeñín, con los ojos llenos de luz,
y se agarraba a la madre
tratando de tirar de ella con sus manecitas.
Pronto iba la carretera a quemar el cuerpo,
las rodillas por lo menos,
de aquella criatura desnuda y gritona.
La casa estaba allí cerca, pero no podía verse.
A medida que se avanzaba crecía
aquello que parecía una piedra
tirada en medio de la gran carretera muerta.
Crecía, y Quico se dijo: “Un becerro,
sin duda, estropeado por un auto”.
Tendió la vista: la planicie, la sabana.
Una colina lejana, con pajonales,
como si fuera esa colina
sólo un montoncito de arena
apilada por los vientos.
El cauce de un río;
las fauces secas de la tierra
que tuvo agua mil años antes de hoy.
Se resquebrajaba la planicie dorada
bajo el pesado acero transparente.
Y los cactos, los cactos
coronados de aves rapaces.
Más cerca ya, Quico vio que era persona.
Oyó distintamente los gritos del niño.
El marido le había pegado.
Por la única habitación del bohío,
caliente como horno,
la persiguió, tirándole de los cabellos
y machacándole la cabeza a puñetazos.
—¡Hija de mala madre! ¡Hija de mala madre!
¡Te voy a matar como a una perra, desvergonsá!
—Pero si nadie pasó, Chepe: nadie pasó
—quería ella explicar.
—¿Que no? ¡Ahora verás!
Y volvía a golpearla.
El niño se agarraba
a las piernas de su papá,
no sabía hablar aún
y pretendía evitarlo.
Él veía la mujer sangrando por la nariz.
La sangre no le daba miedo, no,
solamente deseos de llorar,
de gritar mucho. De seguro mamá
moriría si seguía sangrando.
Todo fue porque la mujer
no vendió la leche de cabra,
como él se lo mandara;
al volver de las lomas, cuatro días después,
no halló el dinero. Ella contó
que se había cortado la leche;
la verdad es que la bebió el niño.
Prefirió no tener unas monedas
a que la criatura
sufriera hambre tanto tiempo.
Le dijo después que se marchara con su hijo:
—¡Te mataré si vuelves a esta casa!
La mujer estaba
tirada en el piso de tierra;
sangraba mucho y nada oía.
Chepe, frenético, la arrastró hasta la carretera.
Y se quedó allí, como muerta,
sobre el lomo de la gran momia…
https://lecturia.org/cuentos-y-relatos/juan-bosch-la-mujer/6131/
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