El primer martes en que el pueblo amaneció cubierto de mierda fue, ante todo, un día de confusión genuina. No esa confusión filosófica que a uno le entra después de leer tres páginas de un pensador alemán y empezar a sospechar que nunca entendió qué significaba existir, sino una confusión más concreta, básica e irrefutable: la de abrir la puerta de la casa y encontrarse un reguero de heces humanas justo en frente.

Y no solamente delante de una casa.

Estaban en las aceras, en las calles, en los patios y sobre los vehículos. Habían alcanzado los techos, los bancos del parque, la parada de guaguas y hasta el busto de los Padres de la Patria que la alcaldía había inaugurado años atrás con tarima, orquesta y sancocho. Ahora los próceres parecían víctimas de una intervención artística que ningún funcionario, por creativo que fuera, se habría atrevido a presentar como parte del remozamiento.

Aquello no parecía obra de una sola persona. Ningún ser humano, por habilidoso que fuera, podía ensuciar casi a todo un pueblo durante una noche y alcanzar los techos sin dejar una escalera, una huella o, por lo menos, una chancleta samurái abandonada en la escena.

Después de varias horas de limpieza colectiva, los habitantes se reunieron en asamblea. El olor seguía pegado a las paredes, a la ropa y a la memoria reciente, de modo que casi todos llegaron con mascarillas, como en los tiempos del COVID-19, aunque esta vez nadie discutía si eran necesarias.

—¿Quién habrá hecho esto? —preguntó doña Tatá la enfermera, pero nadie tenía respuesta.

No había pisadas, rastros de invasión ni culpable visible. Era como si el cielo mismo hubiera decidido, en un momento de reflexión teológica particularmente oscuro, evacuar sobre ellos, quizá después de escuchar a sus líderes religiosos bendecir guerras con el mismo entusiasmo con que condenaban los pecados ajenos.

Como nadie tenía una explicación, hicieron lo que suele hacerse en esos casos. Se levantó un acta.  Se llamó a las autoridades provinciales y se enviaron fotografías a varios funcionarios, todos los cuales respondieron que estaban “dando seguimiento”.

Al caer la tarde, cansados y todavía oliendo mal, todos recogieron las mangueras, cerraron las puertas y trataron de seguir con sus vidas.

La segunda lluvia llegó tres días después.

La tercera, a la semana.

Después dejaron de contarlas.

Don Augusto, el ferretero, agotó las mangueras y anunció, con ese entusiasmo empresarial que solo producen las desgracias ajenas, que la próxima orden le llegaría el martes. Ramonita comenzó a abrir el puesto de empanadas una hora más tarde, “por si acaso”. Baní, el colmadero, colocó el cloro al lado del pan y del café, porque había productos que ya nadie necesitaba preguntar dónde estaban.

Lo más alarmante no fue que siguiera cayendo mierda, sino la rapidez con la que el pueblo aprendió a convivir con ella.

Al segundo mes, el antiguo “¿cómo amaneciste?” había dado paso a un mucho más útil: “¿por dónde te cayó?”. Los niños miraban hacia arriba antes de salir de la escuela, aunque ninguno sabía exactamente qué buscaba ni qué debía hacer si lo encontraba.

Hasta aquí podría parecer que hablamos de una rareza exclusiva de aquel pueblo. No lo era. Las sociedades tienen una extraordinaria capacidad para convertir las catástrofes en procedimientos. Cuando no pueden eliminar un problema, lo clasifican, le asignan un horario, crean un protocolo y, si hay fondos disponibles, forman una comisión.

Los dominicanos conocemos bien esa capacidad de convertir la emergencia en rutina. Basta conversar con quienes viven a orillas del río Ozama. Ellos ya no esperan que llegue la inundación para empezar a actuar. Apenas caen las primeras dos gotas, suben la nevera y la cama sobre bloques, guardan los documentos en fundas plásticas y ponen a buen resguardo lo poco que tienen. No porque la calamidad les parezca normal, sino porque la experiencia les enseñó que la ayuda casi siempre llega después del agua.

En aquel pueblo, salvando las diferencias, ocurrió lo mismo.

Algunos cubrieron sus carros con lonas. Otros impermeabilizaron los techos. Un emprendedor comenzó a vender las sombrillas CacaShield®, un invento tan ridículo como exitoso que se agotó en dos semanas.

Los más acomodados instalaron sistemas automáticos de lavado y aromatizadores industriales capaces de transformar el hedor en un tenue olor a limón. Se enorgullecían de la rapidez con que la inmundicia desaparecía de sus casas, aunque ninguno preguntaba adónde iba después.

Resolver el problema propio siempre resulta más cómodo que resolver el problema común.

Los niños más pequeños, aquellos cuya memoria no alcanzaba a registrar un pueblo sin aquellas lluvias, terminaron convencidos de que las botas de goma formaban parte natural del uniforme escolar. En una tarea de Ciencias, uno de ellos dibujó una casa con el techo cubierto por una lona y una familia esperando dentro con cubetas, mangueras y mascarillas. La maestra estuvo a punto de preguntarle por qué, pero comprendió que el niño no había dibujado una emergencia. Había dibujado un día cualquiera.

Los adultos hicieron algo todavía más sofisticado: dejaron de indignarse. No porque la situación hubiera mejorado, sino porque indignarse todas las semanas, cansa. El cerebro humano posee una misericordiosa capacidad para reclasificar una “catástrofe intolerable” como una “condición de vida” cuando mantener el estado de alarma resulta demasiado doloroso.

Y así, casi sin darse cuenta, el pueblo dejó de esperar que aquello terminara. Comenzó a organizar su existencia alrededor de la próxima lluvia, y como la realidad se negaba a ofrecer explicaciones, aparecieron las teorías.

El pastor aseguró que aquello era un llamado al arrepentimiento. Un dirigente culpó al gobierno anterior. Un señor del colmado juró haber visto un dron, mientras otro conocía a un primo que trabajaba “en inteligencia” y había confirmado que se trataba de un experimento de los gringos, aunque naturalmente no podía revelar más detalles.

Cada quien tenía una explicación, pero lo único que nadie tenía era evidencia.

Hasta que una mañana, por primera vez, algo no desapareció con el amanecer. Algo grande y silencioso seguía suspendido sobre el pueblo y comenzaba a perder altura.

Fue entonces cuando Matilda, que apenas tenía catorce años y aún conservaba la curiosidad que los adultos habían perdido hacía tiempo, levantó la vista.

Primero vio un punto. Después una sombra. Finalmente distinguió un enorme globo aerostático, color gris plata, que avanzaba con una lentitud casi ofensiva. Debajo llevaba varios recipientes conectados a una especie de conducto orientado hacia el suelo.

Matilda tardó unos segundos en comprender lo que estaba viendo.

Luego corrió hasta la cocina.

—Mamá, ven rápido. Creo que encontré de dónde viene la mierda.

La noticia recorrió el pueblo más rápido que cualquier cadena de WhatsApp.

El globo descendió horas después en el play municipal y, cuando el piloto bajó de la canasta, ya había medio pueblo esperándolo, encojonado y con ganas de lincharlo. La cosa no pasó a mayores porque don Tuto, presidente de la junta de vecinos, logró calmar los ánimos.

El piloto era un hombre de mediana edad, llevaba la barba perfectamente recortada y vestía ese tipo de ropa informal cuyo precio obliga a preguntar dos veces antes de mirar la etiqueta. Dijo llamarse Liberio, y no parecía avergonzado. Más bien se mostró sorprendido de que alguien pudiera estar molesto.

Don Tuto le preguntó si era el responsable. Liberio señaló el mecanismo que colgaba debajo del globo y admitió, con absoluta naturalidad, que aquel era su "sistema de dispersión".

—¿Y qué dispersa ese aparato? —preguntó doña Tatá.

—Expresión orgánica —respondió el hombre.

—Pues su expresión orgánica ya me ha caído dos veces dentro del tinaco —replicó doña Tatá.

Liberio respiró hondo, con esa paciencia pedagógica de quien está convencido de que el problema nunca es lo que dice, sino que los demás todavía no lo entienden.

—Vivimos en una sociedad libre —comenzó—. El globo me pertenece, mi cuerpo también, y nadie puede reclamar como suyo el espacio por el que vuelo. Por tanto, nadie tiene derecho a imponerme su sensibilidad ni a censurar una forma de expresión simplemente porque le resulte desagradable. Ustedes pueden protestar, cubrir sus casas, comprar botas e instalar mejores sistemas de limpieza y yo jamás intentaría impedírselo. La convivencia exige tolerancia.

No hace falta una gran formación filosófica para reconocer el truco: presentar el daño como una incomodidad, la irresponsabilidad como rebeldía y cualquier límite como censura.

Matilda le recordó que había personas enfermas. Liberio respondió que también contaminaban los vehículos, molestaba la música alta y perturbaban el descanso las construcciones que comenzaban a martillar desde temprano. ¿Acaso iban a prohibir todo aquello que incomodara a alguien?

La comparación tenía la solidez de una silla con tres patas, pero Liberio la pronunciaba con la seguridad de quien llevaba años discutiendo consigo mismo y jamás había perdido. Don Augusto no tardó en devolverle el argumento. Preguntó si también sería libertad parquear una guagua con dos kitipos frente a su casa y poner dembow hasta las cinco de la mañana. Baní, el colmadero, quiso saber si podía descargar allí mismo la basura de su negocio.

Curiosamente, comenzaron a aparecer límites. Liberio habló de contaminación sónica, propiedad privada, tranquilidad familiar y calidad de vida. La libertad, que minutos antes parecía absoluta, empezó a llenarse de excepciones tan pronto como sus consecuencias cambiaron de dirección.

La teoría era muy bonita mientras la mierda cayera sobre otros.

Matilda resumió el problema: Liberio hablaba de sus derechos, pero nunca de sus responsabilidades. Decía “yo puedo”, “yo quiero” y “yo soy libre”, pero jamás “yo respondo”, “yo reparo” o “yo me hago cargo”.

—Usted quiere la libertad —concluyó doña Tatá— y dejarnos a nosotros las consecuencias.

Liberio no reconoció la contradicción, ya que las personas que convierten su conveniencia en una filosofía rara vez la abandonan porque alguien les muestre sus efectos. Lo normal es que cambien de tema, se declaren perseguidas o digan que cada uno tiene derecho a su opinión.

En este caso, Liberio optó por declararse censurado.

Alguien propuso arrestarlo y otro preguntó bajo qué ley. Entonces comenzaron a revisar reglamentos, viejas ordenanzas municipales y cuantos documentos pudieron conseguir. Había normas para el ruido de las bocinas, para la venta de bebidas alcohólicas, para los animales sueltos y hasta para la ubicación de los letreros comerciales. Pero ninguna contemplaba la posibilidad de un ciudadano empeñado en bombardear un pueblo con excrementos desde un globo aerostático.

Sin una norma clara que permitiera detenerlo, Liberio terminó regresando a su casa. No se marchó esposado, derrotado ni avergonzado. Se fue convencido de que seguía teniendo razón y de que la víctima era él.

En algún pliegue de su razonamiento, la capacidad se había convertido en derecho, el derecho en virtud, y la virtud en una bandera desde la cual podía lanzar cualquier inmundicia mientras llamaba intolerantes a quienes estaban debajo.

Liberio necesitaba un globo, pero sus equivalentes modernos apenas necesitan un micrófono, un teléfono, una cuenta y suficientes seguidores para lanzar desde arriba, no responder por lo que cae abajo, y levantar la bandera de la libertad en el momento exacto en que alguien señala el daño. Eso sí, con una diferencia: Liberio llamaba a su mierda "expresión orgánica". Los de hoy la llaman contenido.

Cambia el nombre, pero no el mecanismo.

En el pueblo, las semanas siguieron pasando y la gente volvió a limpiar. Pero ocurrió algo distinto: comenzaron a levantar la vista. No porque esperaran ver el globo, sino porque comprendieron que uno nunca descubre de dónde viene la mierda mientras camina mirando únicamente el suelo.

Desde entonces, cada vez que alguien comenzaba una frase con “tengo derecho”, más de uno levantaba la vista.

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Una sociedad libre no es aquella en la que nadie encuentra límites, sino aquella en la que los límites impiden que la libertad de quien tiene más poder, más alcance o más capacidad de hacerse escuchar se convierta en la condena de quien apenas puede defenderse.

Danny Reyes

Ingeniero civil

Profesional en tecnología y gestión de proyectos | Especialista en Tecnología Electoral, Registro Civil e Identificación | Sistemas de planificación, gestión y monitoreo estratégico | Estudios superiores en Estadística, Innovación y Transformación Digital | Certificado PMP® y COBIT | Miembro del Biometric Institute. https://search.app/TJ2XYsNJq5cLgwHK7

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