Limoges es una ciudad mediana de 300.000 habitantes del Departamento de la Haute-Vienne, situada en el centro de Francia, a cuatrocientos kilómetros de Paris.
Tiene un impresionante pasado histórico y conserva vestigios de todas las épocas. Fundada por los Celtas en el siglo III antes de Cristo, luego vinieron los Galos, guerreros incansables que aportaron mucha artesanía. Siguieron los Romanos, la edad Media, la Guerra de Cien Años, asediada en el siglo XIII, por la ocupación de los ingleses.
Limoges es conocida como la ciudad del Arte del Fuego, ya que sus hornos nunca se apagan. Los primeros hornos eran de leñas. Un señor americano de Nueva York, David Haviland, gran conocedor de porcelana e importador de Porcelana de China, decidió en el año 1838 fundar una fábrica de Porcelana. Resulta que en Limoges existía las condiciones ideales para la industria de la porcelana: agua en abundancia gracias a su río La Viena y un importante yacimiento de Caolín de una blancura extrema, elemento fundamental para la elaboración de la porcelana, y muchos bosques para los hornos de leña. Así que la primera industria americana en Francia fue en Limoges, Haviland & Co. Muchas casas de renombres siguieron tales como Bernardaud, Royal Limoges, y otras no menos famosas. La vajilla de Limoges era y sigue siendo una señal de lujo y de elegancia. Ornaba los banquetes de los reyes de Francia, Napoleón, los presidentes, la nobleza… Se exportaba con una colección única, pintada a mano, solicitada por el cliente. Dato curioso: la Catedral Notre Dame de Montreal tiene vitrales de Limoges. Limoges se orgullece este año pues ganó el premio europeo IGP (Indicación Geográfica Protegida) por su porcelana, mundialmente conocida.
La porcelana evalúa con su tiempo y la porcelana o la cerámica se exporta también para uso médico, prótesis, odontología; para la industria, pisos de cerámica, piezas de repuestos industriales; tecnología… Es una industria que utiliza mucha mano de obra y por eso Limoges prospera continuamente con sus centros universitarios, restaurantes, museos. Lamentablemente, pocos jóvenes matrimonios compran los servicios de mesa en porcelana. Algunos los tienen por herencia de su familia y muy escasamente adquiridos por ellos. Son muy costosos, y la juventud prefiere dar prioridad a la tecnología moderna, y dejar de lado ese lujo no prioritario. Pero siempre compran un pequeño souvenir en porcelana o en esmalte.
Limoges siempre ha tenido mucho ganado bovino de renombre, “la raza Limusina” es muy conocida internacionalmente. Hay un barrio llamado “Quartier de la Boucherie” y se puede apreciar la primera carnicería de la edad medieval, todavía bastante conservada.
El titulado de este escrito “Limoges: más que la porcelana” se refiere también a hechos históricos tristemente célebres ocurridos en la Primera y sobre todo en la Segunda Guerra Mundial. En la Primera Guerra Mundial, era una retaguarda segura, un centro industrial importante de apoyo, fabricando hasta pieza en porcelana para las necesidades de la Guerra.
En la Segunda Guerra Mundial, resulta que Francia estaba dividida en dos zonas: una zona libre y la otra ocupada. Se llamaba la “línea de demarcación”. Limoges se encontraba en zona libre desde el 1940 hasta el 11 de noviembre de 1942. Es decir, era administrada por Pétain y su gobierno de Vichy. Luego a mediado del 1942, fue ocupada por los alemanes. Luchadora, valiente, era la mayor red de la Resistencia francesa. En efecto, surgieron dos personajes en Limoges célebres de la Resistencia francesa: Georges Guingouin y Edmond Michelet. El primero era izquierdista, más bien comunista y el segundo católico de derecha. Pero tenían un solo ideal: luchar para la libertad, una Francia libre. Organizaron el “maquis limosín” compuesto de “maquisards” es decir guerrilleros combatientes. Siendo los tres departamentos La Creuze, la Corrèze et la Haute-Vienne áreas montañosas y con muchos bosques para esconderse, era fácil para realizar sabotajes a las líneas ferroviarias, los puentes. En el 1944, lograron liberar gran parte de la región ocupada por los nazis.
Durante la Segunda Guerra Mundial, alrededor de 6.000 judíos fueron salvados por los habitantes no judíos de Limoges y por lo tanto ocupan su lugar entre los “Justos de la Nación”, condecoración que da el Estado Hebreo a los franceses que salvaron familias judías perseguidos por el Holocausto. Ciertamente esto dio lugar a venganza por parte de los nazis, fusilamientos públicos, y presos vilmente torturados.
A unos 25 kilómetros de Limoges, hay un lugar muy conmovedor: Oradour-sur Glane, situado donde ocurrió la gran masacre del 10 de junio de 1944. La Waffen-SS, tropa de combate del partido nazi, arrestaron y masacraron 643 personas. Incendiaron casas, sacaron los hombres y los reunieron en la plaza. Luego los fusilaron (190, entre ellos 12 españoles). Los miembros de la SS fueron a las escuelas y condujeron a los niños y las mujeres a la iglesia (245 mujeres y 207 niños), los encerraron y prendieron fuego. Todos murieron, solamente logró escapar una sola persona, el Sr. Robert Hébras que milagrosamente se salvó, al caer un compañero encima de él. La tropa SS dio el golpe de gracia a los heridos, asesorándose que no quedaba ningún vivo, y luego encendió la granja, el Sr Robert, herido, logró escapar ya que prefería arriesgar su vida saliendo que morir quemado. Todos eran indefensos, desarmados. No se sabe realmente porque las SS aniquilaron ese pueblo, pero seguramente porque estaban perdiendo la guerra y vengándose del maquis en esa región. Hubo varias reuniones antes, y sonaba mucho el nombre de Oradour. Fue una operación muy premeditada pero nunca se pensó que iban a morir cruelmente tantos inocentes desarmados, sobre todo niños. Ahora, hay un memorial con el Museo Nacional de la Segunda Guerra Mundial, abierto al público.
Todos los años, después de la Segunda Guerra Mundial, íbamos a Limoges a visitar nuestros amigos íntimos lemosines. La joven enfermera de esa familia manejaba camiones de la Cruz Roja en las calles estrechas de esa ciudad junto con mi mamá también enfermera recién graduada. Después de la guerra, siendo yo una niña, íbamos todos los años a visitar la familia Gidel-Pottier-Nicard y tenía que participar a esas comidas protocolares y bien largas, pero los adultos gozaban muchos con las anécdotas de esa época. Se veía un entrañable lazo de amistad que solamente lo da luego de haber vivido momentos de extrema tensión. Luego ya adolescente, me puse a investigar la peculiaridad de esta ciudad céntrica de Francia, y pude apreciar su pasado histórico, sus monumentos, sus museos, sus fábricas de elaboración de porcelana y llegué a la conclusión que vale la pena visitar esa región, apreciarla, y más aún, si se conoce su historia.
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