La lectura, en las últimas décadas, es objeto de estudio, de análisis y de opinión en la República Dominicana, por el rezago sostenido que la Lengua Española evidencia en las pruebas locales y en la prueba Pisa. Con toda verdad, se puede decir que la lectura es tema obligado, no solo en el sector educación, sino en los diversos espacios de la vida nacional. Desde que iniciamos el día tenemos que poner la lectura en ejercicio. Cada movimiento nos exige la identificación de denominaciones de objetos, del contenido de documentos, de las indicaciones de un aviso, de las señalizaciones de las calles y de un sinfín de orientaciones médicas. Son actos de la vida cotidiana que exigen el auxilio de la lectura para poder situarse, para poder accionar. Por ello, la lectura demanda atención permanente. Vivir al margen del proceso lector limita el desarrollo del pensamiento, del lenguaje y del conocimiento de la realidad en que están insertos los sujetos; y de los escenarios que están más allá de su esfera de acción.

Hay muchas formas de acentuar la ignorancia a nivel personal, institucional y social. Una de esas formas es la negación o el distanciamiento de la lectura. Esto ocurre porque la lectura es un proceso que abre a nuevos conocimientos, a nuevas maneras de interpretar las dudas, de encarar las interpelaciones y, especialmente, de comprender el mundo en el que vivimos e interactuamos. Cada paso, cada momento del tiempo lector, posibilita aprendizajes para la vida, para resolver problemas y, además, para disfrutar la belleza del universo. En esta dirección, la lectura como proceso de transformación de la mentalidad de las personas que se sirven de ella sustituye la ignorancia por la curiosidad intelectual, por la investigación, por un pensamiento activo-reflexivo, por un lenguaje enriquecido.

Así, la ignorancia no se oculta, se erradica; y le deja espacio a la construcción de conocimientos diferentes, de lógicas más abiertas para valorar y acoger ideas; de propuestas y rutas alternativas en la búsqueda de la verdad y del bien humano y social.

La lectura es un proceso y, como antídoto, es un cauce anticipador de los riesgos que se producen en el desarrollo del lenguaje, del pensamiento y de la cosmovisión del mundo en las personas. Asimismo, como antídoto, es un proceso que despierta el deseo de saber, de aprender, de redescubrir qué hay más allá de las palabras, de las imágenes y del título de cada libro. Por esto la lectura es un correctivo eficaz del comportamiento rutinario, abúlico y descomprometido. Es, además, un trayecto que prepara para el análisis, la discusión con sentido y la toma de postura ante los enfoques, las ideas y las propuestas de los autores. Por ello, la lectura moviliza el pensamiento crítico, fortalece el razonamiento perspicaz y aporta referentes para ampliar y evaluar posicionamientos personales, en el ámbito institucional y en la esfera social.

En el contexto de lo que este artículo plantea, aunque no se alcanzan conocimientos y aprendizajes absolutos, la lectura ayuda a diversificar los saberes, a situarlos en la pluralidad de situaciones en los que se construyen y se aplican.

Es necesario ponerle atención al sentido de los procesos que implica la lectura; se han de reinventar las metodologías para el aprendizaje de la lectura. Es importante, también, repensar la articulación de la lectura con el contexto personal, institucional, comunitario y social. La lectura, como antídoto de la ignorancia, ha de ganar más impulso en el ambiente familiar, escolar, universitario y social. La ignorancia erosiona el desarrollo de las instituciones y de la sociedad, por ello es un antídoto que debe ocupar un lugar preponderante en las políticas educativas y sociales. Debe ocuparlo, también, en los procesos de formación de los docentes, de los gestores y de los técnicos. La lectura es para vivir; es para sentir los problemas con una nueva sensibilidad; es para la identificación de propósitos que permitan un presente-futuro inspirador.

La lectura como antídoto contra la ignorancia compromete y desafía a las instituciones formadoras. Estas, también, han de aprender a leer la realidad del país y, de modo particular, los énfasis que ponen en la formación de educadores. La lectura en el ámbito de la educación demanda cambio de concepciones, de enfoques y de abordaje en la práctica. Una educación superior que obvie la lectura, propicia su propio desfase.

Dinorah García Romero

Educadora

Rectora del Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña, ISFODOSU. Exrectora del Instituto Superior de Estudios Educativos Pedro Poveda (ISESP). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro Titular de la Carrera Nacional de Investigadores. Miembro de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Investigadora del ISESP. Dra. en Sicología de la Educación y Desarrollo Humano.

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