En nuestro artículo anterior examinamos la crisis de los proyectos colectivos y la dificultad creciente para convertir aspiraciones particulares en horizontes compartidos. En ese escenario marcado por el individualismo y la erosión de los vínculos sociales, irrumpe ahora la inteligencia artificial generativa, con capacidades cada vez mayores y grados crecientes de autonomía. La pregunta es si esta tecnología profundizará la fragmentación social o abrirá nuevos caminos para la acción colectiva.
El primer riesgo es que la inteligencia artificial agrave la fragmentación del espacio público. Los algoritmos actuales ya distribuyen contenidos específicos a públicos segmentados según sus afinidades e intereses. La IA generativa añade ahora la capacidad de crear textos, imágenes, audios, vídeos e incluso interlocutores sintéticos ajustados ya no solo a los sesgos y preferencias de grupos, sino a los de cada individuo.
La capacidad de personalizar esos contenidos avanza de forma creciente. La inteligencia algorítmica ya permite pasar de un mensaje dirigido a millones de usuarios a millones de mensajes individualizados, uno para cada destinatario.
Investigaciones muestran que los mensajes generados por grandes modelos de lenguaje resultan más persuasivos cuando se adaptan a las características psicológicas e ideológicas del destinatario, y que pueden modificar actitudes y simpatías con una eficacia comparable a la de textos escritos por seres humanos[1].
Cuando cualquier contenido puede ser falso, también “lo verdadero” se vuelve sospechoso. La incertidumbre sobre la autenticidad erosiona la evidencia compartida que históricamente ha servido de base para acordar acciones y respuestas colectivas. Pero si lo que antes era prueba, ahora es sospecha, se agrieta el suelo factual sobre el cual las personas coincidían para actuar juntas. Si hoy diferimos en el diagnóstico, mañana podríamos no compartir siquiera los hechos.
Las facilidades para las noticias falsas aumentan continuamente. Hemos visto manipulaciones de discursos de Vladímir Putin o Xi Jinping, en las que a un video y un audio auténticos se añade una traducción falsa, difícil de detectar para quienes desconocen el idioma original. También han circulado imágenes atribuidas a conflictos en Siria, Ucrania, Palestina o Israel que, en realidad, proceden de otros lugares u otras fechas.
Aunque estas prácticas persisten, pertenecen a una etapa arcaica de la falsificación digital. Las tecnologías actuales pueden utilizar la voz y la imagen de una persona para atribuirle discursos o declaraciones inexistentes, así como insertar acontecimientos ficticios en escenarios reales, hasta hacer difícil distinguir lo falso de lo verdadero. De este modo, gobiernos, grupos e incluso una persona pueden inventar o distorsionar acontecimientos.
Paralelamente, la comunicación política se aleja progresivamente de la presentación de programas para privilegiar el espectáculo y la movilización emocional. Un ejemplo reciente lo ofreció Carlos Suárez, estratega de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella en Colombia, al afirmar que las campañas no se ganan con la razón ni con las propuestas, sino movilizando emociones y sentimientos[2]. Esto evidencia una traslación desde las propuestas con contenidos hacia el marketing emocional.
La creación de multitudes sintéticas y la optimización personal y empresarial
Otro riesgo es la simulación de lo colectivo. Lo ejércitos de bots intimidan adversarios, desacreditan voces, magnifican causas triviales y saturan las redes hasta fabricar consensos artificiales, distorsionando así la percepción de lo que una sociedad realmente piensa, respalda o rechaza.
La credibilidad ya no depende necesariamente del análisis o la investigación, sino de lo que parece opinar la mayoría. El criterio de verdad se externaliza y se entrega a otros, hasta el punto de llegar a rebatir un argumento con una frase reveladora: “Pero eso no es lo que dicen los comentarios”.
Un consenso puede parecer mayoritario en el espacio digital y ser, sin embargo, socialmente inexistente. Quienes dominen estas tecnologías o controlen las grandes plataformas dispondrán de un poder asimétrico y sin precedentes para fabricar popularidad, imponer temas y condicionar la opinión pública.
Pero la IA no solo puede simular multitudes, sino también sustituir el trato personal por acompañantes artificiales, siempre disponibles y complacientes. Al confirmar nuestros gustos y evitar las fricciones propias de la convivencia, pueden reducir nuestra tolerancia al desacuerdo y debilitar las capacidades que exige la acción colectiva, como negociar en escenarios difíciles, permanecer en minoría y asumir cargas y compromisos que exigen sacrificios. La IA no solo puede aislarnos, sino también desacostumbrarnos de las relaciones con los demás.
Los agentes virtuales, diseñados para optimizar el trabajo, las finanzas, la salud y la autoformación, pueden reforzar la búsqueda de soluciones individuales frente a problemas sociales. En vez de tratar de cambiar el mundo, buscaremos formas de adaptarnos mejor a él. La IA no inventa el individualismo, pero lo potencia.
Además, cuando delegamos el análisis y las evaluaciones a Claude, Gemini o ChatGPT se pierde la capacidad de argumentar y sostener posiciones propias. No se trata de rechazar la IA, sino de advertir que su uso sustitutivo, en vez de complementario, puede reducir el nivel reflexivo y la capacidad de actuar como sujeto político.
A ello se añade la expansión de la vigilancia automatizada por potencias como China y Estados Unidos, y su progresiva adopción en todo el mundo, que eleva el riesgo de disentir, especialmente cuando se aspira a transformaciones estructurales y profundas.
También la automatización amenaza con reducir o fragmentar los espacios laborales compartidos, fábricas, empresas y oficinas, donde tradicionalmente han germinado formas de conciencia común. La IA y la robótica podrían terminar de vaciarlos o dispersarlos, aumentando la desintegración social descrita en nuestro artículo anterior.
La IA como posibilidad de organización
Pero la IA también ofrece oportunidades de conexión. Puede facilitar la traducción, adaptar mensajes entre culturas y niveles educativos distintos, identificar problemas comunes y reducir los costos de organización. Herramientas antes reservadas a grandes instituciones, como la investigación, el análisis de datos o la asistencia jurídica, quedan así al alcance de pequeños grupos ciudadanos.
Algunos estudios preliminares sugieren que las personas muestran mayor receptividad hacia argumentos contrarios a sus posiciones cuando estos se presentan como procedentes de una IA, en lugar de una fuente humana, debido a que la IA es percibida como menos sesgada, más informada y con menor intención persuasiva[3]. Aunque los habituales prejuicios hacia personas específicas y su orientación particular podrían trasladarse posteriormente a las plataformas en función de países de procedencia y propietarios. Pero la IA bien empleada podría ayudar a construir lenguajes comunes necesarios para articular causas dispersas.
La tecnología también podría unir por sus consecuencias y amenazas. Así como la fábrica impulsó el movimiento obrero, los problemas urbanos el movimiento social y la destrucción ambiental el ecologismo organizado; el desplazamiento laboral provocado por la automatización y la alarmante concentración de riqueza de las grandes tecnológicas podrían generar intereses comunes entre sectores que hoy apenas se relacionan, como programadores, traductores, contables, abogados, diseñadores, camioneros y radiólogos, además de generar incertidumbre entre estudiantes que no saben en qué formarse ni cuál será su destino laboral.
Ya se discuten la regulación de la IA, su impacto en el empleo, los derechos sobre datos, imágenes y voces, la renta básica universal y la distribución de los beneficios tecnológicos. Estos asuntos podrían dar forma a un gran relato movilizador del siglo XXI: no ya el del proletariado frente al capital, sino el de la humanidad frente al riesgo de ser desplazada, subordinada o sustituida por las máquinas.
Lo que suceda con la IA dependerá de quién la controle, con qué fines se utilice y bajo qué reglas opere. La disputa se librará entre quienes empleen estas tecnologías para fragmentar los vínculos, falsear la realidad y debilitar nuestra autonomía, y quienes busquen transformar el reconocimiento de amenazas comunes en acción política colectiva. De su desenlace dependerá si una multitud dispersa logra constituirse en una comunidad capaz de luchar por un porvenir compartido o si queda atomizada, incapaz de articular una respuesta colectiva.
[1] Hui Bai et al., “LLM-Generated Messages Can Persuade Humans on Policy Issues”, Nature Communications, vol. 16, art. 6037, 2025, https://doi.org/10.1038/s41467-025-61345-5; S. C. Matz et al., “The Potential of Generative AI for Personalized Persuasion at Scale”, Scientific Reports, vol. 14, art. 4692, 2024, https://doi.org/10.1038/s41598-024-53755-0.
[2] Noticias Caracol, “Carlos Suárez, estratega de campaña de De la Espriella, habla de cómo ganaron: ‘No hay secreto’”, 5 de agosto de 2026, https://www.noticiascaracol.com/politica/carlos-suarez-estratega-de-campana-de-de-la-espriella-habla-de-como-ganaron-no-hay-secreto-ex40
[3] Louise Lu, Zakary L. Tormala y Adam Duhachek, “How AI Sources Can Increase Openness to Opposing Views” [Cómo las fuentes de IA pueden aumentar la apertura a opiniones contrarias], Scientific Reports, vol. 15, art. 17170, 2025, https://doi.org/10.1038/s41598-025-00791-z.
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