A finales de la década de 1920, cuando cruzar el Atlántico en avión era todavía una idea más cercana a la temeridad que a la hazaña, muchos equipos bien financiados y técnicamente superiores discutían durante meses la mejor ruta, el momento más seguro, el diseño óptimo de la aeronave, y la ruta a utilizar. El cruce estaba al alcance de muchos, pero se había convertido en un problema de comités, de cálculos interminables y de discusiones bizantinas que concluían en decisiones aplazadas.
Por supuesto que Charles Lindbergh no fue el primero en imaginar el vuelo transatlántico, Menos todavía era el mejor equipado. Ni siquiera, seguramente, era el piloto más experimentado. Sin embargo, cayó en cuenta que debía asumir el reto, aceptar el riesgo como parte del camino y lanzarse a la aventura. De modo que redujo el avión a lo esencial, diseñó un plan de vuelo para mitigar los riesgos identificados y confió en el proceso cuando finalmente despegó.
Cuando aquel 21 de mayo de 1927 Lindbergh logró aterrizar su precaria aeronave en las afueras de París ante una multitud atónita que lo vitoreaba por la hazaña de haber cruzado por primera vez el océano Atlántico en un pájaro de acero, pocos advirtieron que la clave de su éxito estuvo en su determinación hacia la acción.
He reflexionado sobre este caso, mientras asistimos a un debate un tanto estéril respecto de la fusión de los ministerios de Educación. Se escribe mucho, se habla más, se discute sin pausa, y se reclama por iniciar con la aprobación de una nueva Ley cuando la fusión, requiere mucho más de la determinación de autoridades y universidades, y de acciones concretas que materialicen el trabajo sintético de los niveles superiores con los preuniversitarios con la plena vigencia de los marcos normativos vigentes. Como por ejemplo sucedió, durante el taller de lanzamiento de una nueva etapa del Proyecto Centros Educativos de Innovación que tuvo lugar el pasado 22 de enero en las instalaciones de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) en Santiago.
En el Consorcio conformado y presentado por la PUCMMA, la Universidad Central del Este (UCE), y la Universidad del Caribe (UNICARIBE) para la ejecución de este Proyecto quedó claro que no hay espacio para debates abstractos sobre organigramas futuros, roles ministeriales, grados de autonomía o dependencia. Lo que se pudo observar fue a equipos técnicos, autoridades universitarias, mentores, directores y docentes concentrados en cómo organizar el trabajo para impactar de manera directa y medible en la lectura y la matemática de miles de niños. En otras palabras, enfocados en el fin más que en el medio; en el contenido más que en el continente.
Las palabras del rector José A. Hazím III (UCE) fueron claras en ese sentido. La participación de este consorcio no define una adhesión simbólica ni una declaración de buenas intenciones, sino un compromiso firme con resultados verificables. La universidad no compareció como observadora ni como crítica externa del sistema, sino como corresponsable de una intervención que exige presencia territorial, acompañamiento en aula y capacidad de ajuste permanente. En su intervención quedó claro que, frente a problemas estructurales, la fragmentación institucional no es una opción viable.
En la misma línea se expresó el Dr. José Alejandro Aybar, Canciller de UNICARIBE, al subrayar que la convergencia entre universidades no debía leerse como una suma circunstancial de esfuerzos, sino como una expresión de madurez institucional. El énfasis no estuvo puesto en quién lidera o quién capitaliza políticamente la iniciativa, sino en la necesidad de poner el conocimiento acumulado al servicio de un propósito compartido. En ese enfoque, la cooperación sustituye a la competencia y el protagonismo individual cede frente a la responsabilidad colectiva.
La Prof. Yvelissys Rodríguez Tavera, Vicerrectora de Administración y Finanzas en PUCMM, quien habló en representación del Rector, Padre Dr. Secilo Espinal, reforzó esa idea al situar el proyecto en una lógica de alianza público-academia con vocación de largo plazo. No como una intervención aislada, sino como un prototipo de política pública que aprende durante la ejecución, se ajusta con base en evidencia y busca generar capacidades instaladas en el sistema. En sus palabras se hizo evidente que el verdadero valor de la academia no está solo en diagnosticar problemas, sino en acompañar soluciones en contextos reales, con todas las tensiones y limitaciones que eso implica.
Lo relevante de este ejercicio no es únicamente su alcance inmediato, que ya de por sí es significativo, sino lo que revela una fusión ministerial de hecho. Mientras la discusión formal sobre estructuras continúa, en la práctica se están articulando funciones que tradicionalmente han estado dispersas y de mundos no conectados entre la Universidad y la Escuela. Formación docente, acompañamiento pedagógico, uso de datos, liderazgo escolar y trabajo con familias convergen en una sola intervención coherente. No porque una ley lo haya ordenado, sino porque el problema lo amerita.
En las reflexiones anteriores sobre la fusión del Ministerio de Educación publicadas por Acento, insistí en que el riesgo mayor no es equivocarse en el diseño institucional, sino permanecer inmóviles por temor al fracaso. La experiencia que hoy se desarrolla con el proyecto de Centros Educativos de Innovación dialoga de manera directa con ese planteamiento. Muestra que es posible integrar capacidades, reducir duplicidades y alinear esfuerzos sin necesidad de esperar a que todas las discusiones estén saldadas; y menos todavía está condicionada a comenzar con marcos regulatorios que por definición, siempre impregnan algún grado de rigidez.
Fusionar las dinámicas entre ambas carteras de Estado favorecerá y facilitará la integración de la Universidad a las problemáticas de la educación de nivel primaria y medio cuyos efectos también padece. Esta relación virtuosa y deseable queda de manifiesto en el reciente documento de OCDE de 2023, “Fortalecer las alianzas entre educación secundaria y educación superior para la innovación digital y verde”.
La articulación entre universidades y Estado no puede ser obice de la calidad, la efectividad del gasto, derivar en opacidad ni en confusión de roles. La rendición de cuentas, la claridad en las responsabilidades y la evaluación rigurosa de resultados son condiciones indispensables. Pero esos cuidados no pueden convertirse en excusas para la inacción. Justamente lo que este proyecto demuestra es que se puede avanzar con método, con reglas claras y con una lógica de aprendizaje institucional permanente, sin necesidad de cambiar la Ley.
En un contexto donde el sistema educativo arrastra brechas profundas y persistentes, la urgencia no admite dilaciones indefinidas. Cada cohorte que pasa por la escuela sin adquirir aprendizajes fundamentales representa una oportunidad perdida que el país difícilmente puede recuperar.
De no ser así, quienes se resistan a este cambio me temo terminarán como Lindbergh, pero no el intrépido piloto, si no su pequeño hijo, perdido…perdido.
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