Todo comenzó con un clic.
Una playa paradisíaca apareció en mi pantalla. La observé con la misma curiosidad con la que cualquiera contempla una buena fotografía y presioné sobre ella. Bastó ese gesto para que el algoritmo decidiera que aquel sería, a partir de entonces, uno de mis intereses.
Durante los días siguientes comenzaron a aparecer artículos, videos, foros y páginas de autoayuda con consejos para combatir la ansiedad, la sensación de encierro y lo que algunos describían como island fever, o fiebre isleña.
Confieso que nunca había escuchado el término. Pero, por una vez, el algoritmo acertó. Seguí saltando de un enlace a otro.
Casi todas las historias comenzaban en Hawái. Psicólogos, terapeutas y grupos de apoyo describían la experiencia de estadounidenses continentales que, después de mudarse al archipiélago buscando una vida más tranquila, terminaban sintiendo una necesidad casi irresistible de abandonar la isla durante algún tiempo. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, el mapa comenzó a ampliarse. La misma experiencia aparecía en el Caribe, el Mediterráneo y Canarias.
Aquello encerraba una paradoja fascinante. ¿Cómo podía un lugar en el que millones de personas sueñan vivir convertirse, para algunos, en una forma de encierro?
La fiebre isleña no es una enfermedad ni un diagnóstico clínico. Es una expresión popular que intenta describir el desgaste psicológico que algunas personas experimentan tras vivir durante un tiempo en un territorio rodeado por agua. El paisaje deja de sorprender, el horizonte parece repetirse y el mar, que para unos representa libertad, comienza a percibirse como un límite.
Mientras leía aquellas historias recordé Insularismo, de Antonio S. Pedreira. Publicado en 1934, el libro reúne varios ensayos en los que Pedreira atribuyó la fragilidad de la identidad puertorriqueña a la insularidad, el clima tropical y la dependencia colonial. La fiebre isleña habla de otra cosa, pero la comparación me dejó una duda inevitable: ¿será que quienes nacimos en una isla somos inmunes a la fiebre isleña?
La respuesta, sospecho, es que no.
También hubo un momento en que mi isla se me quedó pequeña. También emigré. También sentí la necesidad de conocer otros paisajes, otras ciudades y otras formas de vivir. Pero un día regresé.
Mi historia, sin embargo, también es la historia de muchas islas. Mientras yo me marchaba buscando un horizonte más amplio, el mundo comenzaba a descubrir que ese mismo horizonte era precisamente lo que hacía deseables a lugares como República Dominicana, Puerto Rico, Hawái o Canarias.
Las islas no cambiaron. Cambió el mundo.
Durante buena parte del siglo XX, la insularidad fue percibida como una desventaja. El continente simbolizaba oportunidades, mercados, universidades y progreso. Las islas aparecían como territorios periféricos desde los que muchos aspiraban a marcharse.
Hoy ocurre algo distinto. El mar ya no representa la misma barrera de hace un siglo. La distancia dejó de medirse únicamente en millas náuticas para medirse también en horas de vuelo, conexiones aéreas y velocidad de internet. La geografía sigue siendo la misma; lo que cambió fue la tecnología, la economía y nuestra manera de imaginar una buena vida.
El Caribe constituye uno de los mejores ejemplos de esa transformación. Territorios que durante décadas parecían alejados de los grandes centros de decisión se han convertido en destinos deseados por jubilados norteamericanos y europeos, trabajadores remotos, emprendedores y familias que buscan una mejor calidad de vida. El mismo fenómeno se observa en Baleares, Madeira, Malta y otros territorios insulares. El antiguo imaginario de la periferia ha dado paso al del privilegio de vivir frente al mar.
Las islas dejaron de ser el final del mapa para convertirse en el lugar al que muchos quieren llegar.
Ese cambio explica buena parte de los debates que hoy atraviesan numerosos territorios insulares. El acceso a la vivienda, la presión urbanística, la sostenibilidad, la capacidad de carga y la preservación de la identidad local son, en buena medida, consecuencias de ese nuevo paradigma.
Hay mañanas en las que podría llegar antes al trabajo tomando la ruta más directa. Sin embargo, casi sin darme cuenta, elijo la carretera que corre paralela a la costa. Mi auto avanza junto a esa frontera donde termina la tierra y comienza el océano. Conduzco unos minutos más, pero llego mejor.
Ahí está mi respuesta a la pregunta que me planteó el algoritmo: quienes nacimos en una isla tampoco somos inmunes a la fiebre isleña. También sentimos alguna vez la necesidad de marcharnos. Solo que, cuando regresamos, basta volver a mirar el mar para recordar por qué lo extrañábamos.
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