El dominicano no reza ni ora para exhibirse.

Reza y ora para poder ponerse de pie.

Antes de que el sol termine de abrirse paso sobre los techos del país, hay manos que se detienen un instante. No es ceremonia. Es un reflejo íntimo con el que se inaugura el día: una señal de cruz lanzada al aire, una frase breve dicha por dentro, un “Dios me acompañe” que no pide milagros, sino pulso.

Después viene el movimiento. Vestirse sin ruido, amarrarse los zapatos, empujar la puerta todavía fresca, ponerse en camino, ir al trabajo o a la escuela, encender —sin saberlo— el motor invisible que sostiene la vida.

Aquí la fe no es altar: es impulso.

No se ora antes del privilegio, sino antes del trabajo. Antes del sudor. Antes de la incertidumbre. La oración dominicana no pide que el camino sea corto, sino que las piernas no fallen. Por eso casi nunca es larga. Es práctica. Funciona como quien se echa agua en la cara para despertarse el alma.

En la vida cotidiana del dominicano hay una palabra que funciona como refugio, deseo y promesa: ojalá. La decimos con naturalidad, casi sin pensarla, pero dentro de ella viaja una historia antigua. Proviene del árabe hispánico law šá lláh, “si Dios quiere”, expresión que cruzó siglos y mares hasta instalarse en nuestra lengua. Cuando el dominicano dice “ojalá”, no solo expresa una esperanza: deposita el futuro en una mezcla de fe, intuición y resistencia. En ese “ojalá” caben el trabajo que aún no llega, la casa que se espera, el hijo que progresa, el país que merece ser mejor. Es una palabra pequeña que sostiene, sin alarde, una filosofía popular: confiar mientras se sigue caminando.

Eso viene de lejos.

Juan Pablo Duarte y Diez.

La identidad dominicana quedó ligada a la cristianización desde la época colonial, no solo como religión, sino como forma de entender el deber, la esperanza y la dignidad. Esa huella atravesó generaciones e influyó incluso en los valores de los Padres de la Patria. Juan Pablo Duarte no concibió la nación solo como proyecto político, sino como ejercicio moral: su accionar estaba sostenido por una fe que no era retórica, sino conducta.

En los campos se ve al hombre que mira el cielo antes de sembrar, no para cambiar el clima, sino para aceptar la jornada. En los barrios la mujer sale con su cartera bajo el brazo y una palabra silenciosa -que Dios me proteja- no para que el día sea fácil, sino para que no sea injusto con los suyos.

No hay espectáculo. No hay púlpito. Hay una religiosidad que se parece más a un hábito interior que a una doctrina.

Nuestra fe popular no nació entre mármoles ni cúpulas. Surgió en el cruce de herencias, de antiguas intuiciones sobre la vida, el respeto por la tierra y el sentido del tiempo. Con los años se volvió cotidiana. Se metió en la cocina, en el patio, en el umbral de la casa. Aprendió a convivir con la pobreza, con la tormenta y con la espera.

Para el dominicano sencillo, la voluntad de Dios no es una frase abstracta. Es propósito y camino. Vivir conforme a ella no significa cruzarse de brazos, sino intentar que cada acto tenga sentido: trabajar con decencia, amar sin ventaja, cuidar lo que se tiene, no perder la dignidad aunque falte casi todo.

Señora devota de la Virgen de las Mercedes, en la tradición católica "Patrona del Pueblo Dominicano".

El dominicano no cree para huir del mundo, sino para soportarlo sin endurecerse. Esa fe se ve cuando alguien dice “si Dios quiere” no como excusa, sino como promesa de intento; cuando se ayuda sin anunciarlo y se comparte lo poco sin dramatizarlo.

Pero ahí mismo, donde la fe sostiene, también puede volverse peligrosa si se malentiende.

Porque creer no es resignarse.

La fe práctica no nació para aceptar el dolor como si fuera destino, sino para atravesarlo sin perder humanidad. Fue hecha para caminar lo que pesa sin endurecer el alma. Cuando la fe se usa como coartada para no exigir ni corregir lo injusto, deja de empujar la vida y empieza a dormirla.

El dominicano cree, sí.

Pero cree de pie.

Cree para levantarse cuando el día no ofrece nada.

Cree para seguir siendo digno cuando todo invita a rendirse.

Dominicanos voluntarios construyen una vivienda para una familia afectada por un huracán.

Por eso nuestra fe más verdadera no vive en los templos, sino en la forma en que tratamos la vida cuando nadie mira: en cómo trabajamos cansados, en cómo cuidamos sin aplauso, en cómo seguimos apostando por el bien aun con las manos vacías.

Orar o rezar está bien.

Pero más necesario es salir a vivir lo que se ora.

Es caminar con la misma fe con que se pidió fuerza.

Es no usar a Dios como excusa, sino como compañía.

Es cargar la esperanza sin hacerla ruido

y empujar el día aunque no prometa nada.

Porque la fe no vino únicamente a explicarnos el mundo.

Vino a ayudarnos a sostenerlo con decencia.

 

 

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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