El pasado domingo 22 de febrero, Citrini Research publicó el informe "The 2028 Global Intelligence Crisis", alcanzando millones de visualizaciones en pocas horas. El documento planteaba un escenario de crisis económica global provocada por la automatización masiva mediante inteligencia artificial (IA), encendiendo las alarmas entre inversionistas y analistas.
Cuando los mercados abrieron el día siguiente, reaccionaron con una fuerte ola de ventas, conocida como el «Citrini selloff». El Dow Jones llegó a caer más de 800 puntos, el Nasdaq retrocedió más de un 1 % y se evaporaron más de 200.000 millones de dólares en valor de mercado. El efecto dominó se extendió a Asia y Europa, convirtiéndose en uno de los momentos de mayor tensión bursátil de la década.
Lo más llamativo fue que la reacción no respondió a datos macroeconómicos inesperados ni a una crisis geopolítica, sino a un ejercicio especulativo presentado como hipótesis, ni siquiera como predicción, por una pequeña firma de análisis.
Un ejercicio de pensamiento desde el futuro
Citrini plantea un escenario futuro. Construye su informe como un memorando fechado el 30 de junio de 2028 que describe hechos supuestamente ocurridos desde 2026, que desembocan en un colapso económico. No es el estilo habitual de los pronósticos, sino un ejercicio retrospectivo desde un momento hipotético.
El problema se origina por la búsqueda progresiva de beneficios, a través de la incorporación continua de la IA, cuando esta se hace cada vez más eficiente y exitosa; desplazando, sobre todo, muchas de las llamadas «tareas de cuello blanco», como el análisis, la programación, el marketing, la atención al cliente, la contabilidad y los servicios legales y financieros.
Al reducir costos laborales, las empresas mejoran sus márgenes, pero también reducen los ingresos que llegan a los hogares. Con menos consumo, caen las ventas y las compañías buscan automatizar aún más para proteger sus beneficios, alimentando una espiral que erosiona progresivamente las bases de la economía en su conjunto; el dilema es «automatizar o morir»: adoptar nuevas tecnologías o arriesgarse a perder mercado.
El problema es mayor porque muchos trabajadores afectados pertenecen a segmentos de altos ingresos, responsables de una parte importante del consumo en vivienda, vehículos, viajes, restaurantes, ropa y servicios. Si sus ingresos caen, el impacto sobre el consumo es desproporcionado con relación al porcentaje que representan.
Citrini introduce el concepto de «PIB fantasma» para ilustrar una situación donde la producción crece gracias a la IA y las empresas elevan su productividad y ganancias, pero con menos personas o empleados. Se trata de un modelo conveniente para empresas individuales, que al generalizarse conlleva un estrangulamiento progresivo del sistema. Es un proceso donde la racionalidad individual desemboca en una irracionalidad colectiva, lo que resulta en una economía más frágil, desigual y concentrada.
Para 2028, el informe proyecta un desempleo del 10,2 % y una caída del índice S&P 500 del 38 % respecto a sus máximos de 2026. Los mercados, que inicialmente celebrarían el aumento de beneficios por la automatización, tendrían luego que reajustarse a la baja cuando los salarios, el consumo y el crédito comenzaran a caer.
La respuesta a Citrini
La principal réplica al informe de Citrini llegó rápidamente de Citadel Securities, una de las mayores firmas globales de compra y venta de productos financieros, según indica internet.
Citadel no negó la relevancia de la IA, pero calificó de alarmista tanto su velocidad de implantación como su impacto. Sostuvo que la adopción será más lenta y costosa por restricciones en chips, energía, centros de datos y regulaciones. También señaló que no existe evidencia de un reemplazo laboral masivo e inminente.
Cuestionó el «PIB fantasma», argumentando que, si la producción aumenta, algún componente de la demanda también debe hacerlo, porque el capital no permanece inmóvil: se reinvierte, se distribuye o se grava. Sin embargo, conviene notar que el capital no se traduce en consumo directo de bienes y servicios en la misma proporción que el salario.
La firma recordó que la revolución industrial, la automatización manufacturera y el internet desplazaron empleos, pero también crearon nuevas y mayores oportunidades. Su respuesta buscó calmar a los inversionistas y estabilizar los mercados, aunque no fue neutral, pues procuraba recuperar un clima favorable a sus propios intereses empresariales. Pero, finalmente, resultó eficaz, si consideramos que en los días siguientes las bolsas recuperaron la normalidad y el equilibrio.
Los despidos por IA han continuado
La calma de los mercados no ha detenido los recortes laborales a causa de la IA. Un caso notable, reportado en los medios, fue el de la empresa financiera Block Inc., que recortó cerca del 40 % de su plantilla, unas 4.000 personas, y sus acciones subieron un 24 % el mismo día, lo que envió la señal de que el mercado, lejos de penalizar estas decisiones, las premiaba.
Según la consultora Challenger, Gray & Christmas, la IA fue mencionada en despidos de más de 48.000 puestos en Estados Unidos durante 2025 y de unos 52.000 en el primer trimestre de 2026, un alza del 40 % frente al año anterior. En marzo la IA encabezó por primera vez la lista de causas de recortes laborales, con más de 15.000 casos, convirtiéndose, en lo adelante, en la principal razón invocada para reducir puestos de trabajo.
También se han producido despidos en Amazon, Meta, Oracle, Dell e Intuit, en medio de ganancias récord e inversiones masivas en automatización, evidenciando que el capital fluye hacia la IA mientras las nóminas se contraen.
Varias figuras del sector tecnológico han advertido sobre el impacto laboral de la IA. Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, ha reiterado que la tecnología podría eliminar cerca de la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial y elevar el desempleo hasta un 20 % en cinco años.
El premio Nobel Geoffrey Hinton ha advertido que la IA podría provocar un gran desempleo y que probablemente destruirá más puestos de los que creará. Elon Musk ha señalado que los trabajos de escritorio serán reemplazados a gran velocidad y Bill Gates ha afirmado que en una década las personas no serán necesarias para la mayoría de las cosas.
Rentabilidad contra salario
En este contexto conviene desempolvar el concepto de plusvalía, que establece que buena parte de la ganancia empresarial proviene del valor que el trabajo humano genera por encima del salario que recibe. Entonces, si la automatización masiva redujese drásticamente el trabajo humano, también erosionaría una de las fuentes centrales de la utilidad empresarial.
La paradoja es evidente: al maximizar beneficios mediante despidos y automatización, las empresas debilitan el consumo del que dependen sus propios ingresos. Es una especie de suicidio basado en la codicia. Lo que funciona para una compañía aislada, donde la rentabilidad del capital ha sustituido a la plusvalía del personal desvinculado, se vuelve destructivo cuando se convierte en regla general.
La pregunta sería: ¿de dónde se extraería entonces el beneficio empresarial? Un ingreso básico universal, financiado con impuestos a las grandes corporaciones, podría mitigar el problema. Pero sería un subsidio social, un sustituto imperfecto del salario: útil para garantizar la subsistencia y el consumo básico, aunque insuficiente para reproducir los niveles previos de demanda. Además, podría agravar la polarización y la desigualdad, intensificando los conflictos políticos.
No mirar el futuro por el retrovisor
Es difícil anticipar las repercusiones de una tecnología tan disruptiva como la inteligencia artificial. En lo relativo al empleo, buena parte del debate se encuentra en una trampa cognitiva, consistente en interpretar el futuro en función del pasado. Es lo que se denomina el sesgo de extrapolación histórica: asumir que lo ocurrido en un momento se repetirá de forma parecida en el futuro. Bajo esa lógica se analiza la revolución de la IA con el molde de la revolución industrial del siglo XIX, asumiendo mecánicamente que destruirá empleos, pero creará otros suficientes.
Pero ambas revoluciones difieren en magnitud y rapidez. Demis Hassabis, director ejecutivo de Google DeepMind y premio Nobel, lo ha sintetizado al afirmar que la inteligencia artificial será una transformación «diez veces más grande y diez veces más rápida que la revolución industrial».
La revolución industrial sustituyó parte del trabajo físico, pero tardó muchas décadas en extenderse por el mundo. Además, dejó relativamente intacto el trabajo cognitivo, burocrático y administrativo como un refugio para muchas personas desplazadas.
La revolución de la IA, en cambio, sustituye por primera vez las capacidades cognitivas, reflexivas y ejecutivas, con una potencia que podría escalar exponencialmente. La diferencia no es solo de grado, sino también de naturaleza.
Además, potenciará la robótica, permitiéndole incursionar en trabajos y servicios de gran destreza y precisión. La combinación de ambas tecnologías dejaría muy poco margen para el reciclaje profesional y la migración laboral.
Frente a un escenario tan abierto y con tantas posibilidades, nadie puede conocer con precisión cuántos empleos se destruirán, cuántos se crearán, de qué naturaleza serán ni a qué ritmo aparecerán.
Pero la amenaza al empleo es real, por lo que predecir su futuro mirando por el retrovisor puede ser más peligroso que en cualquier otro momento de nuestra historia. En definitiva, proyectar actualmente un saldo benévolo o catastrófico del empleo es, en buena medida, más un acto de fe que un cálculo sustentado.
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