La sociedad que pierde la voluntad de criticarse destruye la capacidad de transformarse.

Sin lugar a dudas, vivimos en un contexto de auge del utilitarismo, el conservadurismo, de desconfianza en la esfera pública y de incremento de la alienación de los individuos.

Por un lado, el capitalismo se está reproduciendo funcionalmente alrededor de la aceleración de la tecnología digital: la sustitución del trabajo físico, la automatización de los procesos de producción, el incremento del comercio virtual y la expansión del sistema financiero virtual a escala global.

Las redes digitales han transformado el sistema económico global, acelerando la competitividad, la innovación, la automatización, la eficiencia, la productividad y la rentabilidad económica, fortaleciendo la ideología y la ética del utilitarismo.

En el sistema político se han acelerado los procesos de digitalización y automatización de la administración pública y los procesos electorales. La comunicación digital ha incrementado la centralidad de los liderazgos mediáticos, ha erosionado la confianza en los partidos, ha reforzado la capacidad de manipulación de los ciudadanos y ha fortalecido el conservadurismo político.

En la esfera civil, la aceleración digital ha hecho posible el auge de los influencers, los discursos de confrontación, de odio, los chismes, las noticias falsas, los algoritmos y las burbujas informacionales, exacerbando la falta de confianza de los ciudadanos en la esfera pública.

De la misma manera, la aceleración digital está impactando la educación, la familia, la radio, la televisión, las industrias culturales, la cultura de consumo y las experiencias de alienación de los individuos en su vida cotidiana.

Estamos experimentando, a nivel global y nacional, un profundo proceso de aceleración de las tecnologías digitales que está estructurando un auge del utilitarismo, el conservadurismo, la falta de confianza y la alienación de los individuos.

En este contexto, nos preguntamos cuáles son los nuevos desafíos que se le presentan a la teoría crítica que aspira a conocer y mejorar la sociedad donde vivimos.

La digitalización de la sociedad

Siguiendo a Manuel Castell, en su libro La sociedad digital, vamos a sostener que hoy vivimos en una sociedad digitalizada por completo. Mientras en 1986 menos del 1 % de la información estaba almacenada en formato digital, para 2014 ese porcentaje había alcanzado el 99,5 %.

A nivel mundial, el número de usuarios de internet pasó de 2,6 millones en 1990 a 5,3 mil millones en 2022. Las suscripciones a la telefonía móvil pasaron de 23.500 en 1980 a más de 8 mil millones en 2020.

Por otro lado, a finales del siglo XX se produce el desarrollo de las plataformas digitales más populares. En 1995 surge Amazon como una librería en línea. En 1998 surge Google, revolucionando la organización de la información en la red mundial. A partir del 2000 surgen las grandes plataformas digitales enfocadas en el entretenimiento y la interacción social, como LinkedIn, Facebook, YouTube, Twitter y Spotify.

El auge de los teléfonos inteligentes a partir de 2009 impulsó también las aplicaciones diseñadas exclusivamente para el consumo móvil inmediato, como WhatsApp, Instagram y Tinder.

En este contexto, se ha producido un incremento de la conectividad entre los diferentes dispositivos digitales. Su principal innovación consiste en la gran velocidad de transmisión de datos del 5G, permitiendo que más dispositivos puedan conectarse y mantener activo el internet de las cosas: los objetos, los coches, los robots inteligentes, entre otras herramientas tecnológicas.

Si el siglo XX estuvo dominado por la tecnología de la comunicación de masas de los medios de comunicación convencionales, como la radio y la televisión, el siglo XXI está siendo estructurado por la aceleración de las nuevas tecnologías digitales.

¿Qué es la teoría crítica?

La teoría crítica de la Escuela de Frankfurt surge en 1930. A partir de este momento, sus miembros se proponen desarrollar una teoría crítica de la sociedad que combine filosofía social, sociología y psicología social, induciendo un giro cultural en la teoría marxista.

Por un lado, la teoría crítica se desarrolla en disputa con el positivismo lógico (la pretensión de aplicar la lógica de las ciencias naturales a las ciencias sociales), que trata de demostrar que el mundo social es una cosa que puede ser estudiada como un dato científico natural, objetivo y neutral.

Y, por otro lado, en oposición al marxismo economicista y estructuralista, que piensa la sociedad como una industria y las relaciones sociales como relaciones económicas en términos de producción y explotación, dominada por las leyes de la evolución histórica y el antagonismo de las luchas de clases.

La teoría crítica emerge en uno de los períodos más convulsos de la modernidad occidental y del auge del autoritarismo: el ascenso del fascismo en Italia (1922), el estalinismo en la URSS (1925) y el nazismo en Alemania (1933).

En este contexto, Horkheimer y Adorno, miembros de la primera generación de la teoría crítica, en su libro Dialéctica de la Ilustración (1944), hacen la crítica de la modernidad organizada por la razón, la ciencia y la tecnología, que transforma las formas de dominación en la sociedad de posguerra. Herbert Marcuse, en su texto El hombre unidimensional, critica el poder de la tecnología y la configuración del hombre unidimensional en las sociedades industriales desarrolladas.

A partir de la década del sesenta, la segunda generación, liderada por Jürgen Habermas, hace la crítica de la ciencia y la técnica como ideología tecnocrática y razón instrumental, y propone el giro dialógico, deliberativo y comunicativo en la teoría crítica.

La tercera generación de la teoría crítica alemana, a pesar de las diferencias entre sus representantes, hace la crítica de la modernidad tardía. Primero, por el déficit de reconocimiento de la identidad, el pluralismo y el multiculturalismo de las sociedades (Axel Honneth). Segundo, por el incremento de la alienación y la pérdida de resonancia de los actores sociales e individuales en un contexto de aceleración tecnológica (Hartmut Rosa). Y, tercero, por los procesos de individualización y singularización y el malestar social e institucional que está produciendo el auge de la tecnología (Andreas Reckwitz).

Por tanto, el desafío fundamental que se le presenta a la teoría crítica en un contexto de hegemonía de la cultura digital, del utilitarismo, el conservadurismo, la falta de confianza y la alienación de los individuos, es restituir la capacidad crítica de la sociedad civil: la opinión pública, las instituciones académicas, los intelectuales, los ciudadanos y el movimiento progresista en general. Pues, como bien se advierte al inicio de este artículo: «La sociedad que pierde la voluntad de criticarse destruye la capacidad de transformarse».

Wilson Castillo

Sociólogo, profesor.

Wilson Castillo es un sociólogo dominicano, investigador y docente universitario, reconocido por sus aportes al estudio de la sociedad dominicana, particularmente en las áreas de teoría social, sociología política, cultural y, su impacto en la juventud dominicana. Es egresado de la Escuela de Sociología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), institución en la que también ha desarrollado una destacada trayectoria como profesor e investigador.

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