Todo lo que existe en el mundo material fue primero algo interno, así como la silla donde uno se sienta, el teléfono que lleva consigo y la grapadora que usa a diario fueron una idea en la mente de alguien antes de tomar la forma que hoy se puede ver y tocar. Sucede igual, con lo que pasa en la vida, porque el estado de nuestras finanzas, el rumbo de una relación o nuestra salud son el resultado de algo que viene de adentro, de aquello que creemos, decidimos y sentimos, muchas veces sin darnos cuenta.

Y como lo que se ve nace de esa causa interna, cuando intentamos cambiar solamente lo de afuera el cambio no dura. Le pasa a quien se aplica una crema sobre una erupción en la piel sin preguntarse qué la provocó y la ve reaparecer al poco tiempo, o a quien se opera para bajar de peso sin atender aquello que lo lleva a comer de más y vuelve a recuperarlo más adelante. Arreglar lo de afuera tiene un atractivo difícil de resistir, porque da un alivio inmediato y la sensación de que uno está haciendo algo, y por eso solemos quedarnos ahí, aunque el problema que nace adentro termine regresando una y otra vez. Cuando en cambio uno se ocupa de esa causa interna, el cambio alcanza a varias áreas a la vez, porque lo que se transforma es la persona de la que todas ellas dependen, y entonces mejoran a la vez las relaciones, lo que uno entrega en su trabajo y la manera en que cuida su salud.

La abundancia es uno de esos resultados, y su causa está en la relación que cada quien guarda por dentro con el merecer, el valorar y el recibir, más que en lo que se ve por fuera. Ocuparse de ella desde esa raíz, y no solamente desde sus señales visibles, es lo que produce un cambio que de verdad se queda.

Lo que hay detrás de lo que pedimos

Cuando una persona dice que quiere un viaje, un carro o salir de un trabajo que la agobia, debajo de ese pedido casi siempre hay un deseo más profundo que tiene menos que ver con la cosa en sí y más con un estado interno que espera alcanzar a través de ella, el de sentirse libre, en paz, segura o reconocida. Y aunque querer la cosa no tenga nada de malo y todos lo hagamos a diario, aquello que pedimos en voz alta suele ser la forma concreta que le damos a una emoción que queremos sentir. Por eso resulta más útil preguntarse, antes que qué cosa quiero conseguir, cómo quiero sentirme y de qué modo puedo acercarme hoy, en lo pequeño, a esa manera de sentir. Quien persigue únicamente el objeto puede llegar a tenerlo y descubrir que la satisfacción se le agota pronto, mientras que quien atiende el estado que vive por debajo va notando que lo de afuera empieza a acomodarse con menos esfuerzo. La meta y el camino, además, terminan pareciéndose, y la manera de sentirse al llegar suele empezar a formarse mucho antes, en el modo en que uno atraviesa cada día.

El cielo de junio

El 9 de junio Venus y Júpiter, los dos planetas que la astrología tradicional considera benéficos, se unen en el grado veintiséis de Cáncer, con Júpiter exaltado, es decir, en el lugar donde da lo mejor de sí, en uno de los tránsitos más favorables del año, cuya influencia se extiende del 30 de mayo al 16 de junio. Esta unión se da una vez al año y casi siempre en un signo distinto, porque Júpiter pasa alrededor de un año en cada signo, así que tenerla por segunda vez en Cáncer, después de la del 11 de agosto de 2025, es una especie de regalo doble, ya que la próxima en este signo no llega hasta 2037.

Como ocurre en Cáncer, sus asuntos son el hogar, la familia, las raíces, la pertenencia y la seguridad, tanto la emocional como la material, aunque cada quien lo siente en el área de su vida donde le cae el signo. En estos días, además, Venus está fuera de límites hasta el 7 de junio, lo que en astrología significa que su declinación, su distancia al norte o al sur del ecuador celeste, supera el máximo que alcanza el Sol, de unos veintitrés grados con veintiséis minutos. Suele leerse como que sus asuntos, el afecto, el dinero y el placer, operan por fuera de las reglas de costumbre, con encuentros inesperados y decisiones más audaces de lo habitual.

Por su parte, Júpiter agranda lo que ya está presente, de modo que su expansión no siempre resulta positiva, y la prudencia está en cuidar que el exceso no se vuelva contra uno. El mismo 9 de junio Mercurio, también en Cáncer, forma una cuadratura a Saturno en Aries, que se siente como una presión por hacer las cosas y hacerlas bien y como cierto miedo a intentar algo nuevo cuando cuesta soltar lo conocido. Y como el 12 de junio Mercurio entra en su fase de sombra previa a la retrogradación, que será del 29 de junio al 23 de julio, quien quiera usar esta ventana para empezar o mostrar algo gana en hacerlo antes del 12, sin que eso signifique apurarse si todavía no está listo.

 El merecimiento y la afinidad

Sentirse merecedor de algo influye en lo que se acerca a una persona, y eso tiene que ver con Venus, que rige la atracción, porque atraer depende de la afinidad, de que dos personas o dos circunstancias se parezcan lo suficiente como para encontrarse. Venus rige también la armonía y el valor, así que reconocer el propio valor resulta más sencillo en un ambiente donde uno se siente afín y se vuelve cuesta arriba en uno donde nada coincide con lo que uno es. Por eso el merecimiento se afirma poco cuando se reduce a repetir frases frente al espejo desde la molestia o las ganas de probarle algo a alguien. Pensemos en quien adopta una versión más complaciente o más endurecida de sí mismo para encajar en un ambiente que en el fondo no le corresponde. Crea con ello una afinidad prestada entre el papel que representa y el entorno, y una parte suya sabe que ese lugar no es del todo suyo, de modo que el merecimiento se le escapa y aparece el miedo a perder lo que tanto le costó.

El valor propio se afirma de otra manera, cuando uno se muestra como es y tolera la incomodidad de sentirse al principio fuera de lugar, porque desde esa autenticidad se van formando relaciones verdaderas con personas y situaciones que de verdad coinciden con uno. Algo de esto se ve en quien aspira a un puesto de mayor responsabilidad y, en lugar de esperar a tenerlo para sentirse capaz, empieza desde antes a habitar las emociones que asocia a ese lugar, la de aportar una idea, acompañar a otros o responder por una decisión. Como el camino y la meta se parecen, cada vez le da menos pena sentarse frente a quien decide, porque el merecimiento ya está afirmado por dentro.

Recibir y mantener lo que llega

Junto al merecimiento va una capacidad que casi nunca nombramos, la de recibir y mantener lo que merecemos, que no es lo mismo que la apreciación, aunque sea la apreciación la que la despierta. Recibimos cosas todos los días, grandes y pequeñas, y la mayor parte del tiempo no reparamos en ellas, y cada vez que uno reconoce lo que recibe y le encuentra valor en lugar de darlo por sentado, esa capacidad se va ampliando.

Cuando no se ha desarrollado, lo que llega no encuentra dónde quedarse. Alguien que recibe de golpe una suma de dinero que no vino de su esfuerzo, que no lo llevó a cambiar de hábitos ni a aprender a cuidarla, no sabe administrarla y al poco tiempo vuelve al punto donde estaba. Algo parecido ocurre, en pequeño, cuando sirven un vino muy bueno en un vaso de cartón y nadie repara en su calidad, porque lo que se recibe vale también según la disposición con que se recibe.

Cáncer, primer signo de agua, regido por la Luna y ligado a lo emocional, es el que mejor describe esta capacidad, por ser el que más tiene que ver con contener lo que llega. Desarrollarla se parece al trabajo físico, donde uno empieza cargando poco y con el tiempo levanta más porque fue ganando fuerza, y parte de cuidarla está en reconocer con honestidad cuándo todavía no se está listo para algo.

La certeza como confianza

De esa relación con lo que merecemos nace una forma de certeza. Tener certeza tiene poco que ver con saber lo que va a pasar o con cargar una predicción, y mucho con confiar en que dentro de uno están las herramientas para atravesar lo que venga y en que, con el tiempo, todo termina sumando, incluso aquello que no salió como se esperaba. Es una confianza que se apoya en uno mismo más que en las garantías de afuera.

Cuando falta, uno se vuelca a hacer y hacer hasta agotarse, probándose a sí mismo y a los demás que vale, que puede dar más, que merece su lugar. La certeza, en cambio, permite decir que uno ya hizo lo que tenía que hacer y sentirse en paz con lo que entregó, sin la necesidad de demostrarlo a cada rato.

La prisa que bloquea

Esa confianza es justamente lo que la prisa erosiona. Cuando uno presiona demasiado para que algo suceda, muchas veces lo bloquea, como quien espera en el puerto una entrega que está por llegar y, en lugar de quedarse a recibirla, se aleja mar adentro, donde ya no puede alcanzarlo. La ansiedad mantiene al cuerpo en alerta, eleva el cortisol y estrecha la mirada hasta dejar ver una sola salida donde había varias.

Relajarse, en este sentido, tiene poco de fórmula mágica y mucho de fisiología. Al soltar la urgencia el cuerpo deja de operar en alerta y se vuelve receptivo, y esa receptividad permite escuchar una propuesta, advertir una oportunidad o encontrar una salida que la mente acelerada pasaba por alto. La misma ansiedad con que se aguarda algo puede impedir que ese algo entregue todo lo que podía dar, aun cuando llegue. Esperar sin angustia, sabiendo lo que uno merece y que está haciendo su parte con integridad, hace que cada paso se sienta como un avance.

 Hacer menos para dejar espacio

De ahí que acercarse a lo que uno quiere pida muchas veces hacer menos en lugar de más. El impulso de llenar el día de tareas suele nacer de una idea de fondo de no ser suficiente, y rara vez deja lugar a lo nuevo. Soltar algo que ya cumplió su función, sin apurarse a reemplazarlo, abre un espacio de tiempo y de energía donde algo distinto puede aparecer.

Cambiar la rutina ayuda en la misma dirección, porque la mente tiende a buscar a su alrededor lo que confirma aquello que ya cree, como cuando uno se fija en un carro amarillo y de pronto los ve por todas partes. Cuando uno frecuenta otros lugares, otras conversaciones y otras preguntas, empieza a notar opciones que antes le pasaban inadvertidas, y eso por sí solo modifica lo que termina recibiendo.

 De recibir a crear

El 30 de junio Júpiter deja Cáncer y entra en Leo, donde permanecerá hasta julio de 2027, y con ese paso el acento se desplaza desde la capacidad de recibir hacia el deseo de crear. Leo trae el gusto de hacer por el placer de hacer, de poner en el mundo aquello que uno quiere ver realizado, y ese impulso se apoya mejor en un valor propio que no necesita del aplauso ajeno. Lo que se cultive durante estas semanas que le quedan en Cáncer, la atención a lo que ya se tiene, la confianza en uno mismo y la disposición a recibir sin culpa, es lo que dará consistencia a lo que venga después. La abundancia de junio queda disponible para quien haya preparado el lugar donde recibirla, y preparar ese lugar, más que perseguir lo que llega, es el trabajo más valioso que propone este encuentro de Venus y Júpiter.

 Este artículo está dedicado a quien me enseñó que ningún amor se queda donde no se le ha hecho un espacio, y que uno aprende, a veces demasiado tarde, a sentirse merecedor de lo que más desea. Lo escribo para él, que ha perdido su lucha contra el cáncer y deja al mundo con veintiún gramos menos de amor.

Patricia Dore Castillo

Astróloga y herborista

Astróloga y herborista. Desde el 2020, ofrece lecturas astrológicas y de diseño humano, con apoyo del ThetaHealing y la bioneuroemoción. También elabora y vende herramientas que acompañan procesos de autoconocimiento, búsqueda personal y regulación emocional, cuentos como las flores de Bach, productos de aromaterapia, tinturas, oleatos, mieles herbales y ungüentos. Desde el 2012, ha estado estudiando astrología humanista, transpersonal y psicológica con un enfoque en Jung. A partir del 2022, se ha especializado en astrología dracónica y astrología infantil. Actualmente, está estudiando astromapping (astrocartografía y astrología local).

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