La belleza de la poesía, no se puede menos que decir, es la expresión más elevada del espíritu y el ser de las cosas.
Impregnada de musicalidad, ritmo y cadencia, atrapa el alma, emociona y produce, no sin intensidad, goce duradero a los sentidos.
De no ser así, carecería de significado y, entonces, seríamos presa fácil de la pesadumbre, la desazón y el desinterés.
Desde hace no poco tiempo, Julio Cuevas ha venido cultivando la belleza de la poesía. Con gran vocación, mirada inteligente y pasión, vislumbra todo su esencia y el esplendor.
Sus poemas, tanto en la forma como en el contenido, revelan mucho ritmo, cadencia y belleza.
Su conciencia, exenta de cursilerías banales, es en “sí” y para “sí”. Por ello, las más de las veces, puede traducir, no sin esfuerzos (teóricos- reflexivos), sus experiencias en belleza poética.
En verdad, si no existiese ritmo, cadencia y belleza de la poesía, el rostro de la vida sería descolorido, desfigurado y marchito.
En esencia, la belleza de la poesía, en muchos casos, es medicinal para el desánimo.
En todo caso, siempre está latente en el ser de las cosas.
Por eso, Cuevas defiende y reproduce, con voluntad inquebrantable, la belleza de la poesía; la siente, abstrae y disfruta, en todo momento, a plenitud.
Compartir esta nota