Quienes pretendan describir los elementos identitarios de Santiago seguramente señalarán como tales el Monumento a los Héroes de la Restauración y la estatua de Santiago el Mayor, que estuvo ubicada a la entrada de la ciudad. Sin embargo, esa lista estaría incompleta sin incluir al pintoresco comerciante Javier Céspedes, personaje inamovible en una acera de la calle El Sol, recostado a una pared principal de la tienda El Louvre, de Yapur Dumit. Hipotéticamente, Javier comenzó su negocio vendiendo espejuelos y láminas de santos, coincidiendo con la fundación del primer Santiago de América, cariñosamente la Ciudad Corazón.

Desarrollando la venta de sus emblemáticas mercancías, Javier empleaba originalísimas frases, muchas de las cuales eran de su propia inspiración; en cambio, otras, también muy picarescas, se le atribuían a él como si en verdad fuesen de su autoría. Acerca de las láminas de santos se le atribuía lo siguiente: cuando un transeúnte le preguntó a Javier cómo le iba en ese negocio, supuestamente le contestó: «La cosa está floja, necesito un temblorcito para que aumenten las ventas».

Su otra línea de negocios también la promovía con efectivos mensajes mercadológicos, proclamando que lo único que no podían hacer sus espejuelos era «poner a leer a un analfabeto».

Se le atribuía a Javier esta otra ocurrencia: estando harto del bullicio urbano decidió distraerse con una actividad lúdica, como la cacería, para lo cual compró una escopeta y, cumpliendo con la ley, obtuvo un permiso para cazar, excepto en tiempos de veda. Para ello viajó a la atractiva zona de La Sierra, cercana a Santiago, cuyos pobladores se caracterizaban por ser religiosos, honestos y cumplidores de su palabra.

Conociendo esas cualidades de los serranos y teniendo en sus manos un permiso oficial para cazar, solo prohibido en época de veda, Javier solicitó que llevaran ante él todas las parejas de serranos enamorados que estuvieran comprometidos para casarse. Y, cada vez que llevaban una pareja de enamorados a la casa donde Javier se hospedaba, él les preguntaba si realmente estaban decididos a casarse. Si la respuesta era afirmativa, Javier les preguntaba sus nombres, sus edades, sus oficios y todos sus datos oficiales. Luego los instruía para que firmaran formularios supuestamente oficiales. Después, Javier sellaba esos papeles ejerciendo su «legítima» autorización para cazar. Javier decía: «Ustedes ya están casados por la ley».

Todo no terminaba ahí, sino que Javier, conociendo la religiosidad de los serranos, les indicaba que debían firmar una solicitud para también contraer matrimonio religioso, para lo cual visitaba al sacristán de la Iglesia Mayor de Santiago, quien inmediatamente entregaba esa solicitud al párroco de esa emblemática iglesia, hoy catedral. Este incluía de inmediato en su agenda la fecha de celebración de ese matrimonio, dato que Javier comunicaba a los enamorados para que en ese día y hora se apersonaran ante el párroco, quien ya había registrado anticipadamente en los documentos oficiales parroquiales los datos de los contrayentes, posibilitando que el acta matrimonial se entregara a los contrayentes sin trámites adicionales después del matrimonio religioso y que los nuevos esposos firmaran esa certificación ya «casados por la Iglesia».

Enteradas las autoridades de las actuaciones de Javier en La Sierra, fueron allí y le preguntaron por qué actuaba como casamentero. Él contestó lo siguiente:

«Tengo autorización para "cazar" aves; o sea, legalmente puedo matar avecillas, mandándolas a otro mundo, sin nuevos hijos. Por ello supuse que era más humanitario y apropiado casar a los serranos, quienes parecían pajaritos enamorados y que, de todas maneras, se unirían en concubinato, evitándose que, al tener hijos, la madre tuviera que declararlos, vergonzantemente, ante el oficial civil, como "hijos naturales". Estando casados por la ley, el padre podría declararlos, orgullosamente, como hijos legítimos. También, estando casados por la Iglesia, podrían bautizar a sus hijos con pocos meses de vida y, sin ningún obstáculo, podrían recibir la primera comunión con ocho años de edad».

Basados en la incontrovertibilidad y contundencia de sus respuestas, los investigadores decidieron, justiciera y unánimemente, otorgar a Javier la excelsa categoría de elemento identitario de Santiago, declarándolo también Santiaguero Emeritísimo.

Guardando las proporciones, Javier podría personificar al Lazarillo de la monumental novela picaresca El Lazarillo de Tormes, y Santiago al poblado de Tormes.

Eulogio Santaella

Ingeniero

Ingeniero. Fue administrador del Consejo Estatal del Azúcar y embajador en Washington. Profesor universitario. Empresario.

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