CAPÍTULO 3
JUVENTUD. VIVENCIAS EN EL
INTERIOR DE LA DICTADURA

El extraño embrujo de un pueblo camello que vivía a espaldas de lo que acontecía en un país que transitaba el final de un régimen sangriento y putrefacto.

Mes de mayo de 1960. Santa Cruz de El Seibo.

Ya pasaban las siete de la noche. El grupo, como siempre, se mantenía en los asientos de cemento del parque Eugenio Miches babardeando y haciendo chistes. El parque estaba situado en la parte este de la calle La Cruz que atravesaba el pueblo de oeste a este comenzando por una curva que bordeaba el pueblo que en esos años no alcanzaba tres mil almas. El que venía de Hato Mayor, el pueblo más cercano distante a 24 kilómetros, tenía que doblar la curva a la derecha porque si seguía de frente chocaría con la Fortaleza, la cárcel y el acueducto que alimentaba de agua al pueblo y que se erigía imponente. Desde esa loma, mirando hacia el oeste, se divisaban todos los barrios, pero mirando hacia el este se observaba el río Seibo y los verdes potreros enfilando a la sección de La Cuchilla. En dicha calle, desde la curva hasta el puente sobre el río Soco, residían las principales familias seibanas, muchas de ellas asentadas desde hacía muchos años, formando una especie de pequeña oligarquía que contrastaba con las humildes viviendas de los barrios El Retiro, El Rincón, Los Hoyitos y Ginandiana.

El Seibo era famoso por su Mabí, bebida espumosa creada en 1883, fermentada con bejuco indio y una fórmula que solo conocía la familia Otto, oriunda de Curazao. En los años de 1920, el Mabí comenzó a ser embotellado. Su inspirador, Tomás Otto Desken, también llevó a este pueblo, el cine mudo, el primer auto, la primera imprenta y una planta que se utilizaba para darle luz eléctrica a la comunidad y también para fabricar hielo.

El pueblo no era llano. Al contrario, sus calles subían y bajaban. Por eso se le llamaba “pueblo camello”. A la izquierda, desde la Fortaleza se divisaba al fondo el río Seibo, un afluente del Soco, donde habitaban familias pobres.

La calle La Cruz seguía a la derecha y, al final, tomaba a la izquierda formando una línea recta que desembocaba en el puente, bajo el cual el río Soco bajaba impetuoso entre filosas rocas que le llamaban el “chorreron”, hasta la “piedra redonda”, entorno que los jóvenes disfrutaban todo el año. El Soco nacía en lo más profundo de las montañas del este hacia la provincia de la Altagracia; se internaba en la provincia de Hato Mayor y San Pedro de Macorís, hasta desembocar en el mar Caribe a unos diez kilómetros de la Romana.

Al frente de ellos la Iglesia Santa Cruz los miraba imponente. A esa hora sus puertas estaban ya cerradas, los rezos de prima noche de los feligreses habían ya terminado y la mole del edificio colonial reposaba tranquilamente, mientras en su interior una cruz adornada de piedras preciosas, que celosamente veneraban los seibanos, había sido encerrada ya en su cripta a la espera que al día siguiente, al alba de la misa de las seis, nuevamente se expusiera ante los parroquianos.

“Muchos años después la cruz fue robada por delincuentes y llevada a la capital dentro de un vehículo donde viajaba un coronel de la policía que no se percató que junto a él le acompañaba el ladrón y la propia cruz enchapada en oro. Se supo después que comerciantes de metales en Santo Domingo compraron las piedras preciosas de la cruz. Toda una historia rocambolesca”.

 

Aurelio, Fabio y Javier eran parte de un grupo de estudiantes que habían crecido y desarrollado en el entorno asfixiante de la dictadura. Aurelio, delgado, de baja estatura, ojos marrones, devoto religioso, Fabio, hijo de una lavandera con un militar, blanco, siempre impecablemente vestido, tenía la costumbre de pasar los domingos en la casa de las hermanas “Morales”, al lado de la farmacia, quienes lo acogían solidariamente y le daban de comer. Al terminar el bachillerato emigró a Puerto Rico, se hizo médico, donde ejerció la profesión. Moriría allí años después. Javier, apodado “Colón”, el tercer joven, su mote era debido a su larga cabellera que a sus compañeros de escuela les recordaba al descubridor del Nuevo Mundo. En la escuela secundaria en las horas del recreo sus compañeros corrían detrás de él llamándole “¡Colón!”, “¡Colón!”, y de ahí se le quedó el sobrenombre. Era el riquito del grupo, aunque con sus amigos nunca hacía ostentación de provenir de una familia de terratenientes del pueblo. Distinto de los otros dos, nunca salió del Seibo y al igual que su padre devino en un terrateniente notable de la ciudad. Ninguno pasaba de los 18 años. Sin embargo, el ser jóvenes y el escaso contacto existente entre ese pequeño pueblo apartado y las otras ciudades del país donde ya habían aparecido grupos disidentes, no favorecía que se enteraran de lo que en esos años estaba ocurriendo en la sociedad dominicana. La dictadura se tambaleaba. El 14 de junio de 1959, una expedición armada compuesta por decenas de exiliados, provenientes de Cuba penetró desde Constanza, ciudad del Cibao Central, tratando de reproducir la hazaña de Fidel Castro en Sierra Maestra. Esta aventura fracasó y la mayoría de los combatientes fueron apresados y asesinados. Esta expedición impulsó la formación del Movimiento Revolucionario 14 de Junio en enero de 1960, compuesto pr centenares de jóvenes de clase media y alta. Las cárceles se llenaron de presos políticos y, más luego, el régimen asesinó el 25 de noviembre de 1960 a las hermanas Mirabal, de las cuales, una de ellas, Minerva, era la esposa de Manolo Tavárez Justo, el líder de la resistencia antitrujillista. Asediado el régimen por la comunidad internacional, los americanos propiciaron un cambio de gobierno, sobre todo después que el Dictador se alocó y se embarcó en un siniestro atentado contra el presidente de Venezuela Rómulo Betancourt. El atentado falló, el presidente resultó ileso pero Venezuela promovió que la octava conferencia de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en agosto de 1960 condenara al gobierno dominicano y le impusiera sanciones aislándolo como si fuera una peste. Ya había pasado la época en que el ex presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt refiriéndose al dictador dominicano había dicho que Trujillo “was a son of a bitch, but was our son of a bitch”. En ese momento, la Iglesia Católica había sutilmente condenado al gobierno a través de una Pastoral que clamaba por el cese de la represión. Trujillo, enfurecido, en su megalomanía acostumbrada, impulsó a través de sus corifeos una increíble solicitud para que se le nombrara “Benefactor de la Iglesia”, solicitud que, naturalmente, fue denegada de manera sutil por la Curia Romana.

Eran, pues, tiempos difíciles. Pero los seibanos estaban al margen de esos acontecimientos como si no estuviera pasando nada. Pocos conocían de estos hechos y si los conocían se callaban. Las familias tradicionales permanecían atendiendo sus negocios, como los colonos del Central Romana, terratenientes en sus predios engordando vacas, la empleomanía en la justicia, la gobernación, los árabes, vendiendo telas y la crema y nata de la sociedad seibana disfrutando del Club Faro de Hicayagua y, todos juntos, pobres y ricos disfrutando de las corridas de toros en los primeros días de mayo de cada año que congregaba a centenares para participar en la Fiesta que auspiciaba “la Hermandad de Fervorosos de la Santísima Cruz”, una asociación de notables de la comunidad.

Todo un espectáculo. Único en el país, donde los toros feroces del Central Romana y de los terratenientes se introducían en una plaza construida rudimentariamente alrededor de la cual se apretujaban centenares de parroquianos, mientras tres simpáticos “toreros”, Mico, Chito y Felito deleitaban a los fanáticos del ruedo toreando a los feroces animales. Pero distinto a como sucede en España, no los mataban, sino simplemente los “toreaban” al calor de los “oles” que el pueblo repetía incansablemente cada vez que los toreros realizaban un pase, acompañado de la tradicional música española.

Esa noche, pues, como de costumbre, el grupo de jóvenes se entretenía. Nada auguraba sucesos de importancia. Al lado del parque había un bar gerenciado por un árabe de la familia Chahín. En ese lugar y a esa hora de la noche parroquianos tomaban tragos, se escuchaban ruidos, choques de vasos y botellas y música. Un carro estaba detenido frente al bar. Pertenecía a Félix W. Bernardino, un cacique de siniestro récord de fechorías y hombre íntimo del entorno del Dictador en el poder.

De repente, de su interior se escucharon disparos. Los jóvenes del parque no sabían qué estaba pasando y salieron corriendo despavoridos. Lo cierto es que se desató un reperpero enorme. Se hablaba de una persona herida y que Félix W. Benardino había salido en su vehículo no se sabe hacia dónde.

—Qué está pasando ahí?, preguntó Aurelio.

—No sé, respondió Fabio.

—Lo mismo digo yo, asintió Javier.

Los jóvenes, ante el giro que tomaban los hechos salieron huyendo, cada uno para su casa.

De improviso, una patrulla del ejército apareció en la calle y quien dirigía la patrulla detuvo a Aurelio. Era Miguel, el padre de Aurelio, cabo del ejército quien comandaba el pelotón.

—Qué haces aquí?, le preguntó el militar a su hijo.

—En el bar se armó un tiroteo, parece hubo un herido. Bernardino estaba adentro y se fue.

—Que vaina!, rezongó Miguel.

—Vete para casa!, le ordenó su padre.

“El padre de Aurelio, Miguel, era oriundo del Noroeste del país, de una pequeña ciudad llamada Villa Vásquez. Cabo del ejército (más luego fue ascendido a sargento y al final de la dictadura llegó a teniente), adscrito al cuerpo médico, se había mantenido viviendo en este pueblo desde principio de la década de los 40, algo raro durante la dictadura, puesto que los traslados de los guardias eran rutinarios porque el “Jefe” no permitía que los militares pasaran mucho tiempo de puesto en una ciudad para evitar que crearan vínculos de poder. Pero la razón era que el cabo Miguel se había granjeado la amistad con los seibanos, especialmente por su espíritu servicial (era muy diestro poniendo inyecciones ) hasta el punto en que en una ocasión fue trasladado por órdenes de un jefe militar envidioso que no podía soportar que un guardia de bajo rango pudiera gozar de tanta simpatía en la comunidad. Claro, se la pudo arreglar y volvió de nuevo al Seibo para alegría de todos. Sin embargo, la razón era simple, Miguel no solo era una persona amable con todo el mundo, sino que inteligentemente había erigido desde su casa un banquito personal facilitando pequeños préstamos personales a los guardias y civiles al “módico 20 por ciento”. Miguel, además de Aurelio, tuvo dos hijos más que eran mellizos quienes se ligaron con otros jóvenes de la sociedad seibana y uno de ellos hasta tuvo amoríos con una prestante joven de la comunidad. Miguel forjó una estrecha amistad con uno de los troncos de la poderosa familia García, relación de parranda y de familiaridad. Al igual que muchos guardias, era mujeriego y tuvo varios hijos fuera del hogar, tenía su “querida”, término peyorativo que todavía es utilizado popularmente para evidenciar la existencia de una “segunda base”, relación que nunca pudo soportar su esposa Antonia, mujer tradicional creándole un remordimiento que mantuvo hasta su muerte. Posteriormente, al pasar los años, los hijos que tuvo Miguel con su familia paralela y con sus hijos de matrimonio devinieron normales. Pero. lo que Aurelio no supo sino 60 años después, era que su padre era el vástago de un combatiente liniero de Guayubín, Manuel Ventura Martínez, alias Pirulo, reclutado por el legendario, líder noroestano Demetrio Rodríguez, quien murió a principios de 1906 en la playa de Maimón de Puerto Plata en un tiroteo peleando contra las fuerzas del gobierno de Mon Cáceres. Cuenta la leyenda que el cadáver de Demetrio fue trasladado, cruzando ríos y montañas agrestes, en una proeza increíble hasta Guayubín por Pirulo y otros donde recibió honrada sepultura en una comunidad que lo consideraba un adalid. En esos años Pirulo conoció una joven de Villa Vásquez, Bartola Javier, y como de costumbre se enlió con ella, la hizo encinta y de esa unión nació Miguel a quien nunca reconoció (al igual que hizo con otras decenas de hijos) el cual se crió junto a su madre hasta que, al llegar a la adultez se enganchó a la guardia, salió del lar materno y fue a parar a San Francisco de Macorís al hospital donde fue afectado al cuerpo médico. En esa comunidad se vinculó a la familia Hernández grupo de productores de cacao de Laguna de Coto donde conoció a una joven, Antonia Ledesma en una fiesta, y de la cual se enamoró y con la cual casó. Cuenta la leyenda que Antonia, al conocer al apuesto joven militar, dejó botado a un novio que tenía. Pero Miguel, como guardia al fin, e hijo de un empedernido mujeriego le fue infiel a Antonia y en Samaná, antes de ser trasladado al Seibo, tuvo dos hijos fuera del matrimonmio, Yamila y Warner. Lo cierto es que después de vivir un tiempo en San Francisco de Macorís fue trasladado a la frontera a una pequeña localidad llamada Libón y de ahí lo trasladaron a el Seibo donde echó raíces. Y en relación a su madre Bartola esta tenía dos hermanos más. Era coja de nacimiento y crió a su único hijo con gran amor. Heredó de sus ancestros una pequeña parcela donde cultivaba arroz de cuyo fruto se sostenía. Vivía en una pequeña casa edificada en un solar de su propiedad. Años después de su muerte la parcela fue vendida a un terrateniente de la comunidad en condiciones no aclaradas y del solar apareció un certificado de título que los herederos nunca pudieron recobrar. Años más tarde murió en El Seibo pero su hijo la llevó a enterrar a Villa Vásquez donde descansan sus huesos”.

Mientras todo este alboroto sucedía en el bar, Bernardino se ausentó de allí y se fue a su finca de El Pintado, situada a media hora de El Seibo, y regresó con una cohorte de personas, todos empleados suyos, armados de machetes, y frente al cuartel de la policía que coincidencialmente estaba situado al frente del bar, del lado oeste, en la calle La Cruz, vociferando consignas del orden siguiente:

—A que vinieron ustedes?, les preguntaba y arengaba Bernardino.

—A defender la guardia y la policía! respondían al unísono los campesinos y la letanía se repetía incansablemente.

El grupo se comportaba como el verdadero orden del pueblo contrastando con la infeliz patrulla del ejército que se había apersonado al lugar al mando del cabo Miguel y naturalmente con los policías del pueblo, los cuales observaban pasivamente el espectáculo orquestado por Benardino.

“Félix W. Bernardino era un personaje de leyenda. Fue apodado “Buchilay”. Músico, saxofonista y pianista a la vez. En el año 1930, resultado de una disputa con una familia seibana de apellido Dalmasi mató a un hermano de un prominente farmacéutico y por ese homicidio fue condenado a prisión, pero su confinamiento por razones de seguridad no lo pasó en la cárcel del pueblo sino en la Fortaleza Ozama de la capital. El incidente que causó la muerte del hermano del farmacéutico fue de película. Los hechos ocurrieron así: una joven higüeyana que había ido de fiesta al club Faro de Hicayagua (exquisito club de las familias poderosas de El Seibo) era la novia del hermano del farmacéutico y después del baile Buchilay se propasó con la joven, lo cual llegó al oído de Dalmasi, quién lleno de ira fue al parque Eugenio Miches que estaba próximo al club, se hizo de una estaca de uno de los frondosos árboles del lugar, regresó donde estaba Félix y le cayó a palos dejándolo “grogi”. Pero, el apaleado no soportó la afrenta y se vengó: cuenta la leyenda que Minerva Bernardino, hermana de Félix, diplomática al servicio del dictador Trujillo, le facilitó un arma. Días después, Buchilay acechó a Dalmasi y lo mató. Al suceder los hechos una turba de seibanos lo persiguió para lincharlo pero el homicida se refugió en la fortaleza del pueblo donde fue protegido por los guardias. Por el homicidio fue juzgado y condenado pero, como referimos, su prisión no la pasó en la cárcel seibana sino en la prisión de la fortaleza Ozama que era comandaba por “Negro” Trujillo, el hermano del Dictador donde se granjeó la amistad con los jefes militares y allí se convirtió en un “preso de confianza”. Durante su prisión se graduó de abogado. Muy instruido, se relacionó con el dictador Trujillo a través del padre del periodista Bonaparte Gautreaux Piñeyro que también estaba preso en esa cárcel por haber matado una persona en Barahona y resulta y viene a ser que los familiares de la víctima habían tramado su asesinato en la cárcel el cual fue frustrado por confidencia de Félix Bernardino que sabía de la conspiración.

El personaje, al terminar sus estudios de Derecho le escribió una carta al “Jefe”, que ya era Presidente, felicitándolo por haber permitido que los presos estudiaran en las cárceles. A partir de ahí su ascensión al poder fue meteórica. Ingresó al cuerpo diplomático y fue designado Cónsul en Nueva York en 1950 y también en Cuba y en Caracas, pero sus funciones diplomáticas fueron utilizadas como pantalla prestándose a servir a la dictadura con fechorías contra los disidentes antitrujillistas en el exterior. Se vio involucrado en el asesinato de los líderes antitrujillistas Nando Hernández, y Mauricio Báez en Cuba, del asesinato de Andrés Requena en New York, autor del libro “Cementerio sin Cruces”. También se le asocia al asesinato de Castillo Armas, en Guatemala en 1954, y al secuestro del confidente de la CIA Jesús de Galíndez, que también denunció a la dictadura al presentar su tesis en la Universidad Columbia sobre la dictadura de Trujillo. En relación con este hecho también los seibanos se vieron envueltos en este siniestro episodio, ya que una joven seibana, Graciela Bonilla, apareció muerta de repente. Se comenta que ella fue al Consulado, que en esos años, era la casa de Minerva Bernardino, hermana de Félix Bernardino, a renovar su pasaporte cuando se encontró de frente con Jesús de Galíndez a quien ella conocía porque este era su profesor y a quien llevaban a rastro y parecía enfermo, y como ella lo conocía, le interpeló diciendo “profesor qué le pasa?”. En esencia, ella se convirtió sin quererlo en testigo del secuestro y debía ser eliminada. Se rumora que posteriormente fue envenenada, cuando estando con su novio en un bar le introdujeron en su bebida el veneno que le causó la muerte. 

Desaparecido el dictador Trujillo, al igual que a otros sicarios de la dictadura, se le expropiaron sus bienes. Pero el personaje siguió actuando como hombre de ‘horca y cuchillo’ en su hacienda de El Pintado en el Seibo. Allí se vio de nuevo enfrascado en otra tropelía; se le acusó de haber ordenado el asesinato de varios campesinos. Por ese crimen fue traducido a la acción de la justicia y de nuevo llevado a la cárcel de la Victoria, pero posteriormente fue absuelto por los tribunales por ‘ausencia de pruebas’. Años después, murió en los Estados Unidos”.

Días después del incidente, en el bar se supo todo. El afectado, un ganadero de San Pedro de Macorís, Milán Romero, fue quien resultó herido. Murió a causa de los disparos del arma de Bernardino o de un pariente suyo que se encontraba en el bar. Según la historia, Bernardino tenía conflictos con ese pariente y cuando este entró al bar se fueron de bruces y el arma de Bernardino cayó al suelo, se disparó y supuestamente Milán Romero recibió el balazo fatal. Todo quedó, pues, en la penumbra.

Hechos de esa naturaleza eran moneda corriente en esos años difíciles.

Y la vivencia de Aurelio de esos acontecimientos fueron conformando en su fuero interior una visión de la dictadura.

Amaury Justo Duarte

Diplomático

Ex embajador en el Reino de Marruecos. Consultor Jurídico, escritor, dirigente del Partido Revolucionario Moderno (PRM) Santo Domingo, Republica Dominicana.

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