La nación dominicana no nació de manera repentina el 27 de febrero de 1844. Ese día se proclamó la República Dominicana como Estado independiente, pero la comunidad histórica que hizo posible aquella ruptura política llevaba siglos formándose. Mucho antes de que existieran una Constitución, una bandera o un Estado soberano, en Santo Domingo se desarrollaron formas particulares de vida, intereses locales y vínculos con el territorio que fueron diferenciando progresivamente a sus habitantes.
Esta precisión resulta necesaria para evitar anacronismos. Gustavo Bueno distingue entre nación histórica y nación política. La primera puede estar vinculada a una comunidad, un territorio y una patria sin constituirse todavía como sujeto político soberano. De hecho, al caracterizarla, Bueno señala que la nación histórica aparece asociada a la “Patria” como lugar en el cual la Nación vive. Asimismo, advierte que, durante los siglos XVI, XVII y parte del XVIII, esta todavía “no es […] formalmente, un concepto político”.
Esta distinción permite formular el problema con mayor prudencia. Sería incorrecto afirmar que a comienzos del siglo XVII existía una nación política dominicana. La pregunta debe ser otra: ¿cuándo comenzaron a manifestarse formas de arraigo territorial e intereses locales que, con el paso de los siglos, contribuirían a la formación de una identidad propia?
Uno de los episodios que permite aproximarnos a esta cuestión es la resistencia encabezada por Hernando Montoro durante las Devastaciones de Osorio de 1605-1606.
La documentación sobre la rebelión de Guaba muestra que la orden de despoblamiento encontró resistencia entre vecinos de Bayajá y otros habitantes de la zona. Entre las fuentes utilizadas para reconstruir estos acontecimientos se encuentran la Colección Lugo del Archivo General de la Nación y la recopilación documental de Emilio Rodríguez Demorizi, Relaciones históricas de Santo Domingo, vol. II. María Teresa González M., en su estudio Montoro, el Primer Ciudadano dominicano, trabaja con estas y otras fuentes para interpretar el episodio.
La declaración de Lope de Villegas, según la reconstrucción presentada por González, permite observar que el conflicto no se reducía simplemente a desobedecer una disposición administrativa. Los moradores que se retiraron hacia el valle de Guaba lo hicieron acompañados de sus familias, haciendas y medios de subsistencia. Las autoridades intentaron persuadirlos para que aceptaran el traslado y les concedieron tiempo para movilizar sus familias y ganados.
Abandonar Guaba significaba para aquellos habitantes perder sus haciendas. Pero junto a esa dimensión económica aparece otra que merece atención: la relación de una comunidad con el espacio donde había construido su vida.
Montoro tampoco aparece como un individuo actuando completamente solo. La documentación analizada muestra que en determinado momento respondió “en nombre de los demás”, lo que permite reconocer en su actuación un liderazgo colectivo. La resistencia alcanzó tal magnitud que las autoridades la interpretaron como abierta desobediencia. La sentencia del 10 de octubre de 1605 condenó a Montoro y a otros vecinos de Bayajá y Guaba por resistirse al traslado y mantener relaciones con enemigos de España.
¿Significa esto que Hernando Montoro luchaba por una nación dominicana independiente? Evidentemente, no. Afirmarlo sería proyectar sobre 1605 categorías políticas pertenecientes a procesos posteriores. Montoro y aquellos habitantes continuaban siendo súbditos de la monarquía española. Precisamente la distinción de Bueno permite evitar ese error: pertenecer a una comunidad histórica vinculada a un territorio no equivale todavía a constituir una nación política soberana.
Sin embargo, tampoco debemos reducir el episodio exclusivamente a una rebelión de contrabandistas interesados en conservar sus negocios.
Es aquí donde adquiere particular importancia el aporte interpretativo de María Teresa González M. La autora entiende la resistencia como expresión de una relación más profunda entre aquellos habitantes y el espacio en que vivían. Al valorar la negativa de los vecinos a abandonar aquello que consideraban suyo, González concluye que “es ahí donde se vislumbra el apego del criollo a su territorio”. Más adelante refuerza su interpretación al señalar que los insurrectos “se apegaron a su espacio”.
Ahí se encuentra, a mi juicio, el problema histórico verdaderamente interesante. El territorio era jurídicamente una posesión de la Corona, pero para quienes habían nacido o desarrollado allí sus vidas era también el espacio de sus familias, haciendas, ganados, relaciones sociales y actividades económicas. Era un territorio administrado por la monarquía, pero vivido como propio por sus habitantes.
Esta relación entre comunidad y territorio adquiere mayor sentido a la luz de la categoría de nación histórica de Bueno. No estamos todavía ante nacionalismo ni soberanía política, sino ante formas de pertenencia que pueden preceder históricamente a la constitución de una nación política.
Ese sentimiento aparece expresado con mayor claridad casi dos siglos después. En 1785, Antonio Sánchez Valverde hablaría del “amor de la Patria” y de “aquella porción de terreno en que nací”. También utilizaría expresiones como “Españoles Criollos” y “corazones verdaderamente patricios”. Al referirse a los conflictos con los franceses, hablaría de los “Criollos Españoles” que habían luchado para expulsarlos “de su Isla”.
No existe una línea recta entre Guaba en 1605 y la Independencia de 1844. Tampoco podemos convertir a Montoro en un nacionalista adelantado dos siglos a su tiempo. Pero sí podemos estudiar la formación de lo dominicano como un proceso histórico de larga duración, en el cual el arraigo territorial, el desarrollo de la sociedad criolla y la progresiva diferenciación de intereses locales contribuyeron a crear condiciones para identidades posteriores.
Por eso, quizás la pregunta más productiva no sea si Hernando Montoro fue el primer dominicano, sino otra: ¿qué nos dice su resistencia sobre el momento en que determinados habitantes de Santo Domingo comenzaron a defender como propio el territorio donde habían construido sus vidas?
En esa pregunta, más que en una búsqueda anacrónica de nacionalismo, pueden encontrarse algunas de las raíces más lejanas de lo dominicano.
Referencias
Bueno, Gustavo. “En torno al concepto de ‘izquierda política’”. El Basilisco, 2.ª época, núm. 29 (2001): 3-28.
González M., María Teresa. Montoro, el Primer Ciudadano dominicano. Estudio sobre Hernando Montoro y la rebelión de Guaba, basado, entre otras fuentes, en documentación de la Colección Lugo y en recopilaciones documentales dominicanas.
Rodríguez Demorizi, Emilio. Relaciones históricas de Santo Domingo. Vol. II. Ciudad Trujillo: Archivo General de la Nación, 1945.
Sánchez Valverde, Antonio. Idea del valor de la Isla Española, y utilidades que de ella puede sacar su monarquía. Madrid: Imprenta de Don Pedro Marín, 1785.
Fuentes documentales: Boletín del Archivo General de la Nación, Colección Lugo, año 7, vol. 7, núms. 36-37.
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