«Wangòlo, w´ale, kile wa vini wè m´ ankò, w´ale…» Canto tradicional haitiano (Autor desconocido)
Según la leyenda, se cantó por primera vez cuando los ancestros africanos estaban en barcos que salían de África hacia América durante el comercio de esclavos. Era más bien el gemido de un guerrero encadenado, el grito de dolor de una madre transformado en una nota musical. Es por ello que la creación artística haitiana resuena sin duda tan profundamente, Pero no se limita al sufrimiento, como pronto veremos.
Nuestro dolor no es nuevo, viene de mucho antes, pero siempre lo hemos superado. El dolor del pueblo haitiano es tan profundo que trasciende las esferas política y social; se expresa en la música y se plasma en lienzos. Además, las obras haitianas más bellas nacen de momentos de dolor, ya sea en la literatura, con obras como " Gouverneurs de la rosée" de Jacques Roumain, o en la música, como lo ejemplifican la mayoría de las composiciones de los grupos Mizik Rasin. Por lo tanto, se podría afirmar que el secreto de la lucha del pueblo haitiano reside en el arte mismo, sobre todo porque, para los haitianos, el arte es sinónimo de magia.
Es mágico poder transformar los momentos más difíciles en música, poesía, danza, ritmo o por qué no fotografía… Encontrar la manera de ver la belleza de la vida incluso detrás de los momentos más peligrosos, como una flor que crece al borde de un barranco. Es este mismo misterio inherente a los seres humanos lo que otras culturas llaman resiliencia. En mi país, sería arte, o a veces fe y siempre vodou. De hecho, como dije antes, para el creador haitiano, magia y arte podrían ser sinónimos. La naturaleza misma nos enseña cada día a percibir la belleza de la vida incluso frente al sufrimiento impuesto por la condición humana, a permanecer fieles a nuestras raíces y a creer en nuestros valores y en nuestra fuerza.
Los invito a un viaje más allá del prejuicio y la discriminación, para admirar la belleza de un pueblo, aunque reconocer al otro en nosotros mismos pueda ser tan difícil como aceptarnos a nosotros mismos. Lejos de detenernos en el sufrimiento, los invito a descubrir un país que hoy está de rodillas, pero que es símbolo de libertad en el mundo.
Haití, primera república negra del mundo, todavía desconocida para algunos y olvidada por otros, es la Perla de las Antillas, rica en historia y cultura. Desde su independencia en 1804, Haití ha sido un ejemplo de victoria sobre la dominación para el mundo. El secreto del pueblo haitiano, que también es su cultura, no es un concepto abstracto; se manifiesta concretamente en nuestra vida cotidiana, desde un funeral hasta una mujer preparando su café por la mañana en la calle, todo es arte. Sin olvidar el crepitar de las brasas y los saludos espontáneos. La magia reside en nuestra vida cotidiana, en el simple acto de vivir, de sobrevivir. Por esta misma razón, la belleza allí no se limita a la estética, sino que reside en lo profundo y lo real.
- Bonjou vwazin, kijan ou ye?
- Mwen byen, kijan timoun yo ye?
Así cada mañana todos se saludaban, cuando las mujeres iban al mercado. Podemos entenderlo, antes de que los disparos y los secuestros por parte de bandidos sembraran el terror entre la población.
Es crucial apoyar los esfuerzos de este pueblo por construir un futuro más próspero y justo, no solo para su gente, sino también, una vez más, para toda América, para nuestra gente. Nuestro futuro, como países hermanos, se fundamenta en esta historia compartida, más allá de una visión estrecha de separación que tiende a reducir a los seres humanos a meros objetos de repatriación. En un mundo cada vez más amenazado por la autodestrucción, la solidaridad y la colaboración son esenciales para afrontar los desafíos futuros. Juntos, podemos construir un futuro mejor para Haití, para América Latina y para el mundo entero.
La lucha en esta isla debe inspirarnos a trabajar juntos por un mundo más justo y equitativo para todos, porque es en estos tiempos difíciles que surgen las mayores oportunidades para actuar. Es nuestra responsabilidad ser voces de cambio y agentes de transformación. A través de nuestro trabajo e iniciativas, podemos transformar el hambre en alimento y las armas en instrumentos musicales para traer alegría al mundo. Juntos, podemos escribir una nueva narrativa, donde cada voz importa y cada historia tiene su lugar. Unámonos entonces, para construir un futuro mejor y más seguro, para nosotros y para las generaciones venideras.
Y aún así, lo que nadie dice hoy es que el pueblo haitiano está secuestrado en su propio país. El 80% del territorio de Puerto Príncipe, la capital y ciudad más poblada, está controlado por grupos armados que llevan años maltratando y asesinando a una población hambrienta e indefensa.
Ante esta alarmante situación, la comunidad internacional ha guardado silencio. Por el contrario, en lugar de apoyar a esta población abandonada a su suerte, muchos países vecinos rechazan la presencia de haitianos en su territorio. Las fronteras también obstaculizan cada vez más el diálogo y los intercambios entre Haití y el resto de la región; intercambios que, sin embargo, son la única vía para fortalecer nuestra comunidad frente a los bandidos armados y políticos vendidos.
El pasado de este país caribeño, que abarca la lucha y el sufrimiento de muchas otras islas, hoy está olvidado. Sin embargo, sabemos que el Horacan es temporal; este pueblo sabe romper cadenas, incluso las del ejército francés de Napoleón Bonaparte en 1803 y la ocupación norteamericana de 1915.
Pero también estoy convencido de que cada uno de ustedes, lectores, en su esfera de influencia y según sus medios, puede unirse a la lucha de este pueblo y reconocer lo que este país de Toussaint Louverture y Jean-Jacques Dessalines representa para todos nosotros. Finalmente, los invito a continuar este diálogo a través de fotografías tomadas por mi amigo, fotógrafo haitiano durante períodos de tensión, golpes de estado o toques de queda. Como el canto Wangòlo, estas fotografías también dan testimonio del abandono, del sufrimiento e incluso de la muerte. Pero, sobre todo, dan testimonio de la esperanza y de una fuerza misteriosa que nos permite soportar las pruebas más difíciles. Quizás por eso decían nuestros abuelos: somos hijos del sol.
«Wangòlo, w´ale, kile wa vini wè m´ ankò, w´ale…»
Golpe de Estado
Nací en un pueblo olvidado por el tiempo, espejo de las luchas por la paz, en medio de dictaduras y golpes de estado. Desde muy pequeño, mi madre me decía que no saliera a la calle, que no hablara con desconocidos, porque podían hacerme daño. Por la noche, antes de irme a dormir, bloqueaba todas las puertas de la casa de la abuela con una silla y las cerraba con llave para que los matones no pudieran entrar. Pero el sonido de los disparos nos mantenía despiertos. Al amanecer, me despertaba con miedo de ir a la escuela, porque siempre había cadáveres al borde del camino, hombres cubiertos de sangre esparcidos por todas partes. Incluso hoy, bestias armadas matan incluso a recién nacidos. Pero la Iglesia, las organizaciones de derechos humanos, la OEA y las Naciones Unidas no han dicho nada. Los cristianos afirman que es culpa de Satanás y el vudú; algunos lo atribuyen a la lucha por la democracia, mientras que otros invocan una maldición por romper las cadenas de la esclavitud, pero todos sabemos que es mentira. Ni Satanás ni la democracia existen, y la historia no está de nuestra parte; son meros constructos mentales que nos impiden imaginar una vida sin conflictos. La verdadera lección que aprendimos al nacer allí es que la paz no es asunto de un dios, sino el sueño de todo niño que desea mirar hacia el futuro.
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