El 8 de marzo ofrece oportunidades para discutir la necesidad de superar desigualdades de género y hacer balances de los progresos logrados. Es lamentable que estos buenos propósitos los otros 364 días del año desvanezcan, mostrando cómo, en muchas sociedades, son todavía necesarios cambios culturales.

Un sector donde el tema de las desigualdades de género ha sido estudiado mucho es el académico-científico. Conocida es la historia del Premio Nobel para el descubrimiento del ADN, pero hay problemas generales, desde una menor posibilidad de participar en la actividad científica hasta limitaciones en el desarrollo de la carrera y posibilidad de alcanzar los niveles académicos y científicos más altos, a pesar de una presencia femenina elevada en las etapas iniciales de la formación universitaria.

El sábado, tuve la oportunidad de asistir a la 46.ª ceremonia de graduación de la UTECO. Noté con complacimiento que el 69% de los graduados eran mujeres, y sé muy bien que no se trata de una fluctuación circunstancial relativa a esa universidad. En las demás universidades del país el porcentaje es muy similar.

Sin embargo, el progreso, o inclusive la superación de la desigualdad de género en este aspecto, no debe impedir una reflexión sobre las causas del dato, con dudas de que sea representativo en el sentido de género.

El dato de las graduaciones corresponde en buena medida con la composición de la matrícula universitaria, con apenas unos puntos porcentuales de diferencia, y confirma una tendencia creciente en los últimos veinticinco años. Desde comienzos de la década de 2000, cuando las mujeres representaban alrededor del 52% de los graduados, proporción ligeramente superior a la de las matriculadas, ese porcentaje ha crecido con carácter monótono, aunque ahora más lento.

Sin embargo, la distribución por áreas de estudio sigue siendo menos equilibrada. Esto no se debe a desigualdad de acceso, pero tiene consecuencias importantes en términos de oportunidades profesionales y de participación en sectores estratégicos de la economía.

La similitud de la desigualdad en graduaciones y matriculaciones muestra que la primera no se debe a deserción masculina, sino a un fenómeno social más amplio que merece atención. Demográficamente los hombres son el 51.5 de la población. Esto significa que comparando con las mujeres la cantidad de muchachos que no encuentra justificado el estudio superior es el 130% de los que sí hacen estudios universitarios.

Más que un paso adelante hacia la paridad, ¿no estamos registrando un indicio de un problema social que poco tiene que ver con la igualdad de género? Y ¿no debemos preocuparnos pensando en el país de un próximo futuro?

En el discurso de honor de la ceremonia, el ministro Rafael Santos destacó una afirmación contenida en la reciente rendición de cuentas del presidente Luis Abinader: “Ningún país se desarrolla solo por decreto. Ningún país se transforma únicamente con leyes o inversiones. Las naciones avanzan formando a su gente".

En el ámbito de la educación superior, este objetivo requiere más que diseñar un nuevo sistema educativo: requiere una nueva visión de la educación. La capacidad de formar el capital humano que pueda, en una década, duplicar el tamaño de la economía no es únicamente un problema curricular y administrativo. La formación universitaria solo puede alcanzar su pleno impacto si se articula con un sistema científico y tecnológico capaz de absorber y utilizar ese recurso.

Esto refuerza la necesidad de recordar que la función de investigación es esencial para la universidad. Mucho se ha hecho en el país gracias al MESCyT y a sus actividades centrales. FONDOCyT, Congresos anuales, programas de becas, pero aún queda mucho por hacer. La llamada big science no puede convertirse en un agujero negro que absorba a los mejores graduados como migrantes, o que, en el mejor de los casos, solo los reciba para breves estancias en el extranjero. Es necesario desarrollar infraestructuras científicas avanzadas en el país o, en proyectos de mayor envergadura, en el ámbito regional.

Esto no es incompatible con las políticas locales de desarrollo; puede contribuir a impulsar nuevos niveles de industrialización con impacto en sectores clave, como el primario, tan importante justamente en una provincia como Sánchez Ramírez, y, además a fortalecer otros sectores de la economía dominicana. Una gran infraestructura de big science, o un centro regional centroamericano de investigación, como podría ser, para quedar en Sánchez Ramírez, uno de Geología, no solo se apoyarían en las características productivas y geológicas de la región, transformando un recurso local en una oportunidad de investigación, innovación y formación avanzada, sino también podría dar lugar a un liderazgo del país en esta área e incidentalmente favorecer formas de turismo científico menos expuestas a la volatilidad derivada de las tensiones geopolíticas.

En la ceremonia de ayer fue muy aplaudido el anuncio del compromiso del ministro por 5,000 becas para estudiar inglés. Sin duda una iniciativa importante. Sin embargo, el idioma debe ser un instrumento para contribuir activamente al desarrollo del país, y no solo ser un medio de comunicación pasivo con los países más avanzados, o el instrumento para trabajar en un call center, que mañana podría ser cerrado si el comitente encontrara más conveniente ubicarlo en otro país “en desarrollo”.

Si un país se conforma con ese “desarrollo” limitado, pronto descubrirá que no era verdadero desarrollo, sino una forma encubierta de subdesarrollo.

Los planes ambiciosos deben ser políticas de Estado, no sólo de gobierno. Esto implica que el sector privado asuma plenamente sus responsabilidades con el país, pero también puede permitir que la República Dominicana sea líder y promotora de políticas de esta envergadura a nivel regional.

La igualdad en el acceso a la educación superior es sin duda un logro importante, pero solo adquiere pleno significado cuando se traduce en oportunidades reales de desarrollo científico, profesional y económico.

Solo entonces podremos esperar que la paridad de género en las graduaciones universitarias refleje no la superación de una asimetría estructural, sino un sistema educativo plenamente integrado en un proyecto nacional de desarrollo.

Galileo Violini

Físico

Galileo Violini Maestría en Física de la Universidad de Roma (hoy Universidad La Sapienza). Ex profesor de Métodos Matemáticos de la Física en las Universidades de Roma y Calabria y en la Universidad de los Andes, Bogotá. Cofundador y Director emérito del Centro Internacional de Física de Bogotá. Premio John Wheatley y Premio Joseph A. Burton Forum Award de la American Physical Society (APS), Premio Spirit of Abdus Salam del Centro Internacional de Física Teórica "Abdus Salam". Reconocimiento Salvadoreño Destacado del Gobierno de El Salvador. Miembro Honorario de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Miembro de la Academia Mundial de Arte y Ciencia. Fellow de la Sociedad Americana de Física. Miembro de la Carrera del Investigador Dominicano. Ex Director de un programa de la Unión Europea para la Facultad de Ciencias de la Universidad de El Salvador. Ex Representante de la UNESCO en la República Islámica de Irán y Director de la Oficina de Teherán. Doctor Honoris Causa de la Universidad Ricardo Palma de Lima, Consultor de los Gobiernos de Guatemala y República Dominicana, de la UNESCO, CSUCA, ICTP y otros organismos nacionales e internacionales. Autor de unas 400 publicaciones, en Política Científica, Física, Enseñanza de las Ciencias, Epidemiología, Historia de la Ciencia. Copresidente del Comité Ejecutivo de la Iniciativa Lamistad (Fuente de Luz del Gran Caribe) para establecer un segundo Sincrotrón Latinoamericano en la región. Ha promovido la participación de Irán en el CERN, los doctorados regionales del CSUCA en Física y Matemáticas, la cooperación interregional entre América Latina y África, y, como miembro del Foro de Física Internacional Physics del APS, la colaboración entre el APS y América Latina. Ha organizado más de doscientos eventos científicos, en su mayoría en el CIF.

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