En una lectura singular, anoche encontré un texto de Pablo Zöpke en el que analizaba cómo el testimonio está habitado por aquello que excluye. Se trata de un argumento clásico en el psicoanálisis cuando se refiere al sujeto del inconsciente.
Se ha discutido mucho sobre la idea de la verdad a medias, la mentira y la mala fe. Este es un escenario relacionado con el sentido múltiple del ser. En el ámbito jurídico se pide la verdad y, en la medida en que esta pueda ser demostrada en el marco de lo real, se espera que el testimonio dé cuenta de ella. Sin embargo, los testigos están siempre afectados por sus miradas e intencionalidades, por su conciencia, su responsabilidad y sus pulsiones interiores, propias del mundo del deseo localizado en el inconsciente.
Paul Ricoeur lo discute en su texto El conflicto de las interpretaciones. Ensayos de hermenéutica, cuando aborda el sentido múltiple y lo define como aquello que cumple cierto efecto con sentido. Para él, esto tiene una expresión de dimensiones variables. Con esto quería decir, a mi humilde entender, que una cosa, una imagen o una narrativa significa una cosa al mismo tiempo que significa otra, sin dejar de significar la primera.
Este enredo, que no es propio de una persona diligente, gira alrededor de algo supremo del lenguaje.
La palabra y las imágenes, que también son palabras, son al mismo tiempo alegorías, formas de decir cosas que expresan sucesos diferentes. En este juego del lenguaje y los símbolos es donde opera el texto lingüístico. Es precisamente lo que se llama hermenéutica: ese lugar donde opera la exégesis, conocida como la interpretación en un sentido preciso y limitado, que incluye tanto la interpretación de los textos sagrados como la de los textos profanos.
Ese sentido múltiple del acto es lo que moviliza las cuestiones de las que acabamos de hablar más arriba, cuando decíamos que el testimonio es performativo, porque el logos no es unidireccional. Pues, castrado o no —no podría saberlo—, anhela ser verdad mientras es deseo, y siempre estará sujeto al inconsciente.
En pocas palabras, los conceptos referidos al testimonio ético y jurídico no me parecen posibles en términos absolutos, dado que entre el sujeto del inconsciente y el sujeto del derecho existe una separación escandalosa; de esas que no solo sacan los trapitos al sol, sino también las sórdidas asunciones de la autoridad interpretativa.
En esto gira el mundillo del texto escrito, de la pintura como voz, de las palabras del ciudadano común o de las élites. Esas conexiones internas del lenguaje, aquello que hoy se contempla como hermenéutica moderna, nos arroja a la imposibilidad del sujeto de despojarse de esas formas interiores o exteriores de su cuna, la cual puede ser de paja o de oro.Para un cientista social o un hermeneuta, el texto histórico es aquello que se hace en la práctica, lo que te coloca frente al espejo de «la realidad». Es lo que se asume como política de vida; lo que implica la ley; cómo se relaciona con ese otro de la alteridad; cómo opera con el hacer querer y el hacer gozar. Es decir, cómo se enlazan las acciones y cómo se hace una «cirugía estética» para ocultar o quitar aquello que se considera negativo.
A razón de esto, Jean Baudrillard plantea que, cuando se elimina todo lo negativo y se construye una cara ideal, una cara donde solo se muestra lo positivo en sentido histórico, se termina exponiendo tan solo un modelo fáctico.La hermenéutica nos dice —y con esto no estoy haciendo un juicio moral sobre mi época— que debemos cuestionarnos eso que llamamos el Otro de la alteridad: el que no soy yo y eres tú; ese que soy yo, en este devenir de lo que se considera facticidad y simetría.
Es evidente que nada es inocente en lo que concierne a la alteridad: ni las palabras, ni las imágenes, ni las redes, ni los encantos burgueses por el orden del poder.
Por eso vuelvo a mí misma y cuestiono mi política personal del cuerpo diverso, la salud de los sentidos diversos de la escritura, el cuestionamiento constante del orden donde nací y me crié, los hábitos profanos y religiosos, los discursos políticos del poder establecido, el problema de lo homogéneo y su grave cerrazón contra la libertad frente a la diversidad y la amplitud de lo que implican los relatos. También cuestionó la dureza de un trabajo mal pagado, la sustitución del texto en las manos por una narrativa ininteligible que oculta lo latente y los dobles sentidos, cuya gravidez siempre estará preñada de múltiples sentidos.
En este vaivén de voluntades homogéneas, conceptos construidos para seguir la explotación del cuerpo, extraer ganancias, deseos, formas de vida y signos sustentados en el poder, yo, como mujer que va mirando la imagen de cada uno, prefiero —y no soy inocente con mi elección— asumir el poder de un colectivo fragmentado, levantarse el velo, mirar los acontecimientos, apenarme como cualquiera y saber que hay varias cartas robadas en la estrategia narrativa de Poe.
Y volver, ¡como si nada!, a reescribir una historia con una identidad que despunta flores, procedimientos analíticos, desciframiento de la palabra dicha y no dicha; considerar que el anthropos es un objeto dudoso, un proyecto en revisión continua, una tentativa, una maniobra para existir.En todo caso, tengo el derecho, y así lo asumo, de tomar las referencias que me gustan, las formas de querer estar en este mundo, que tiene mucho tropiezo con una claridad mental que me construye sujeto desde el lado de la carencia, porque es la única montaña que, con sus vientos, me remite a escribirle a Descartes con un signo: el logos erótico de la duda.
En este marco, vuelvo a los hijos de Heidegger cuando admito que no hay una separación absoluta entre un cuerpo conceptual que se convierte en teoría y su recepción.
A usted le digo que las fronteras disciplinarias me tienen sin cuidado, pues, como Walter Benjamin decía: «La obra es la muerte de la intención», ya que, una vez que se sueltan la doctrina, el concepto, la palabra y las imágenes, estos desafían al propio creador y adquieren su propia vida.
Mi cuerpo teórico y biológico es esa expresión de una interpretación, una intencionalidad consciente o inconsciente de peregrinar contra la cuota de influenciabilidad de la época.
En este contexto filosófico, adopto una identidad comprensible intelectualmente e independiente de eso que llamo políticamente obsceno: el colonialismo, el racismo, la homogeneización corporal, las jerarquías de clase, el terror político, la xenofobia, la violencia en todas sus formas, la guerra, la tecnología de la distorsión, el deseo de voluntad de poder y «el olvido del Ser», entre tantas otras formas de dominación.
Pero vuelvo a Ricoeur.
Para decirle que, en todo campo hermenéutico, sólo está completo cuando se da el cambio de escala; es decir, cuando todas las pequeñas unidades de significantes lingüísticos entran en la apertura. Esto fue, para Ricoeur, la clave.
La interpretación se da en el punto de unión de lo lingüístico y lo no lingüístico, del lenguaje y de las experiencias vividas, sean las que sean. Por eso, en el psicoanálisis sabemos que los símbolos son realidades no lingüísticas. «Nómbrame y sabré quién eres». Es la clave de la pulsión en su legado representativo y afectivo.
Pero recuerda que estos delegados son aquellos que se muestran y se ocultan, en esos efectos que llamamos síntomas, sueños, mitos, ideales, estéticas e ilusiones.
Esto es lo que me encanta de la hermenéutica y su rigurosidad: mirarme en la flexión de una erótica y una semántica del deseo.
Cuando me vociferan que soy «loca», yo me remito al doble sentido de la astucia del poder del símbolo; a saber que se manifiesta el deseo de operar en el lenguaje de mi cuerpo y la potencia de descubrir, en ese entonces, aquello que calla y lo que a voces me grita.
Soy esa función ontológica que debilita el postulado de la clausura; es decir, el estallido de un «te quiero» donde opera la letra como carta redirigida y retimbrada.
Os escucho diciendo:
Muchacha de Jerusalén, ya te encontré.
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