El drama cubano ya no se expresa únicamente en apagones, privaciones, escasez o deterioro económico. Hay algo más profundo y menos visible: el desgaste humano y emocional de una sociedad donde dos o tres generaciones han crecido —al cobijo de una causa honorable y justa— bajo la sensación de un futuro permanentemente postergado.

Durante décadas, Cuba fue un sustento espiritual para amplios sectores progresistas en el mundo: una promesa de dignidad, soberanía y justicia social. Pero hoy, incluso para quienes miraron el proceso cubano con simpatía crítica —y hasta para muchos que abrazaron abiertamente la causa—, resulta difícil ignorar una realidad marcada por el autoritarismo, la precariedad y la ausencia de horizontes. El desgaste de aquella promesa es imposible de ocultar. Cuba ha llegado al límite.

La entrega anterior dejó planteada una distinción fundamental: una cosa es el agotamiento de la promesa revolucionaria y del modelo construido en su nombre; otra, la capacidad de supervivencia del régimen. Seis décadas de embargo, sanciones y otras formas de presión estadounidense —el llamado “bloqueo”— han impuesto severos costos económicos y humanos, pero no exoneran al régimen de su responsabilidad en las rigideces e ineficiencias del sistema ni en las carencias que estas han contribuido a producir.

Esta segunda mirada desplaza el foco hacia una dimensión menos visible: ¿vive Cuba solamente una larga crisis económica y política o asistimos al desgaste de un paradigma que ya no logra ofrecer futuro y esperanza? Desde ahí conviene mirar qué ocurre cuando sobrevivir deja de ser una circunstancia excepcional y se convierte en una forma de vida.

  • El cansancio de sobrevivir

Las sociedades no suelen colapsar de golpe. Se desgastan lentamente.

El deterioro deja entonces de sentirse como una crisis excepcional y comienza a convertirse en parte de la normalidad cotidiana. La gente aprende a convivir con apagones, precariedad, colas interminables, carencias materiales y frustraciones acumuladas, y acaba normalizándolos. Sobrevivir termina ocupando buena parte de la energía emocional de la vida colectiva. Y, poco a poco, echa raíces la sensación de no tener salida.  

En gran medida, esto refleja la experiencia cubana de hoy.  

Y quizá el problema más profundo no sea solamente material. Es la sensación de inmovilidad: trabajar sin avanzar, estudiar sin perspectivas, esforzarse sin resultados visibles. Es la percepción de que el tiempo transcurre dentro de un ciclo repetitivo, como un eterno regreso al mismo punto, donde el esfuerzo individual parece incapaz de modificar realmente el horizonte de vida.

Y ahí comienza uno de los desgastes más profundos y silenciosos de las sociedades: cuando la esperanza deja gradualmente de funcionar como motor colectivo y termina siendo sustituida por la adaptación resignada a la supervivencia.

Durante años, muchos observamos la experiencia cubana desde una mezcla de simpatía, distancia crítica y reconocimiento histórico. No desde la militancia acrítica, pero tampoco desde el odio ideológico que tantas veces ha dominado y ensuciado el debate sobre Cuba.

Precisamente por eso resulta difícil ignorar hoy una conclusión cada vez más evidente: la situación cubana se ha vuelto insostenible.

Y es inaceptable que ningún proyecto político, ninguna narrativa histórica y ninguna promesa ideológica puedan justificar el desgaste prolongado del futuro de generaciones enteras.

  • El país que se vacía  

La emigración cubana ha adquirido en los últimos años dimensiones enormes. La población efectiva pasó de 11.18 millones de habitantes (2021) a 10.06 millones al cierre de 2023; según la OPS, aproximadamente un 10% de la población salió del país entre 2022 y 2023. 

Detrás de esas cifras hay cientos de miles de personas que han abandonado la isla buscando oportunidades, estabilidad o simplemente la posibilidad de reconstruir un proyecto de vida. Familias enteras viven fragmentadas entre países distintos —principalmente en Estados Unidos, donde reside alrededor del 75%; a considerable distancia le siguen España, México, Italia, Canadá, y más— , mientras amplios sectores jóvenes parecen visualizar la salida como única alternativa real de futuro.

La emigración funciona así, no solo como fenómeno económico o demográfico. También refleja el agotamiento interior de la sociedad.

Cuando una parte creciente de la juventud siente que el futuro solo puede construirse fuera de su propio país, algo esencial empieza a fracturarse: la posibilidad de hacer coincidir pertenencia y porvenir. Es la herida personal del que se va: vivir con un pie aquí y el otro allá. 

Y es que, una nación también comienza a agotarse cuando sus jóvenes dejan de imaginar su vida dentro de ella.

La dimensión acumulada del fenómeno habla por sí sola: según las estimaciones oficiales cubanas de 2024, más de tres millones de sus ciudadanos viven en el exterior; dos millones de ellos nacieron en la isla. 

El desgaste del modelo no conduce automáticamente a una salida viable. Y ahí emerge una contradicción particularmente difícil: cuando la necesidad de un cambio profundo resulta ya imposible de negar, persiste una fuerte resistencia moral e histórica a que ese cambio sea conducido desde Washington o desde ciertos sectores del exilio cubano, alejados desde hace tiempo de la experiencia cotidiana de la isla. La necesidad del cambio no les confiere, por sí sola, la legitimidad para conducirlo. 

Una cosa es tener intereses en Cuba, y otra, muy distinta, es asumir a Cuba como causa nacional y comprometerse con la enorme tarea de reconstruirla. Y entonces la pregunta resulta inevitable: ¿quiénes son ellos para arrogarse el derecho de reconducirla?  

  • Las maneras de permanecer

Tal vez el desgaste más difícil de medir no sea económico ni político.

Tal vez sea existencial.  

La sensación de permanecer físicamente en un lugar mientras emocionalmente se pierde la conexión con el futuro, con las expectativas y, poco a poco, incluso con uno mismo.

La juventud cubana crece hoy no desde la épica ideológica que definió a generaciones anteriores, sino desde una experiencia marcada por la incertidumbre y la supervivencia, ante la cual se abren respuestas tan distintas como adaptarse, marcharse, rebelarse o encontrar acomodo dentro del propio sistema.

Ahí el drama cubano adquiere una dimensión todavía más compleja.

Y es que, permanecer no significa necesariamente aceptar. También puede significar adaptarse, resistir, rebelarse o simplemente aprender a sobrevivir dentro de una realidad con la que ya no se logra identificar.  

La defensa del principio de autodeterminación sigue teniendo enorme peso dentro de la memoria política latinoamericana. Pero no opera en el vacío. En juego están también la soberanía nacional, las libertades fundamentales, los derechos humanos y el derecho de una sociedad a decidir sobre su propio gobierno y su futuro. Todos son principios legítimos; la dificultad aparece cuando, llevados a la práctica, entran en tensión y obligan a ponderar costos, límites y prioridades —lo que en economía llamaríamos un trade-off.

Cuba parece atrapada justamente en esa tensión. Defender la autodeterminación no puede significar convertirla en refugio de la inmovilidad o la represión; pero defender la necesidad del cambio tampoco legitima cualquier medio para alcanzarlo ni confiere a fuerzas externas el derecho a conducirlo. El desafío consiste en hacer posible el cambio sin arrebatar a los propios cubanos la capacidad —y el derecho— de decidir su rumbo.

La solución tendrá que ser esencialmente cubana, pero difícilmente podrá construirse de espaldas a quienes, desde dentro y desde fuera, forman ya parte del conflicto y tendrán necesariamente que formar parte de su superación.

Epílogo

El drama cubano ya no se expresa únicamente en indicadores económicos, apagones o deterioro material. Se manifiesta también en el agotamiento emocional de una sociedad donde generaciones enteras han crecido bajo la sensación de un futuro suspendido.

Para muchos, Cuba fue mucho más que un régimen político: representó una esperanza histórica, una promesa de soberanía, dignidad y justicia social. Aquella promesa se ha agotado. Cuba ha llegado al límite.  

Y cuando una sociedad comienza a perder la capacidad de ofrecer futuro a sus jóvenes, el problema deja de ser solamente político o ideológico: se convierte en un drama humano.

Eso es Cuba hoy.

EN ESTA NOTA

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

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