La base de la Iglesia católica tiene tres sujetos con funciones diferentes y la misma misión: laicos/as, religiosos/as y la jerarquía. No es que la feligresía cristiana desconozca estos sujetos, sino que el proceso de evangelización tradicional es limitado a tres o cinco charlas para recibir los sacramentos de iniciación cristiana, el bautismo, o cualquier otro sacramento, y no se llega a profundizar en el conocimiento y el compromiso que exigen los sacramentos. La misión adquirida con la integración al cuerpo eclesial engendra un compromiso vital. Compromiso es asumir personalmente una obligación, personal o institucional, libremente aceptada…
Hablando de compromiso sale a relucir la persona de Jesús, quien se hace presente en la humanidad sin llamarlo, se despoja libremente de poderes divinos para hacerse débil y solidario con los humanos, y llega a ser la piedra angular, el jorcón de la base eclesial…
Si preguntamos a cualquier bautizado/a la función y el compromiso de cada uno de estos tres sujetos —laicos, religiosos, jerarquía—, constatamos que sí saben quiénes son, pero no conocen profundamente la misión ni el compromiso que suponemos debieran conocer y vivir.
Por tanto, no podemos extrañarnos de que muchos padres y madres de familia y madres solteras quieran bautizar a sus hijos e hijas para sacarle lo malo, para que las brujas no los chupen, para que se arreglen si son bellacos o para tener una bonita celebración social el día de recibir el sacramento que sea: bautizo, primera comunión, confirmación, matrimonio. Así, ya están blindados del mal, según la fe aprendida culturalmente. La excepción son los cristianos que aceptan la fe donada eclesial…
La actividad sacramental ha llegado a ser un evento social más que de integración y compromiso en la comunidad eclesial. Siempre las excepciones confirman las reglas…; pero, sin querer, podemos llegar a creer que la fuerza del sacramento es mágica, por el desconocimiento personal, o la limitada cultura religiosa o el tipo de evangelización ofrecida…, al recibir el sacramento la persona queda con la bendición misericordiosa sacramental, pero el compromiso personal brilla por su ausencia.
Iremos viendo cada sujeto —laico, religioso, jerarquía— por separado para no ser tedioso. Veremos con detalles cada uno de los sujetos eclesiales en los artículos siguientes.
Tristemente, los dominicanos leemos poco. Nuestro saber es cultural en ciertas áreas específicas; es decir, sabemos lo que la gente dice de antropología, sociología, religión, eclesiología, filosofía, teología, literatura, geografía, historia, poesía, de la vida a nivel general…
Para conocer profundamente tenemos que leer, estudiar y poder tener criterios para discernir; saber tomar decisiones que beneficien a la persona y al nosotros. A veces creemos que lo importante es recibir los sacramentos de iniciación y prescindimos de la práctica de los mismos, la cual es la prueba de que, en verdad, creemos en el ser trascendente.
Al no participar en la eucaristía, comulgando, nuestra fe se debilita, enflaquece y fácilmente nos desviamos: «El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive en mí y yo en él» (Jn 6,54). El cuerpo y la sangre de Cristo nos fortalecen. Cristo vive en mí y yo en él…
Veamos: ¿cuántas personas comulgan en una celebración eucarística de nueve días? Y aún en una celebración eucarística dominical, la gente «oye misa», pero «no participa en la misa». Es como si una persona que va a un banquete de cumpleaños no come, no baila, no canta ni habla con alguien, y permanece como un «musú»…
¿Qué me impide comulgar? Solo quien reconoce sus fallos y los confiesa puede superarlos; de lo contrario, si permanecemos en la oscuridad, mientras más tiempo pasa en esa situación más les cuesta salir de ella. A veces, por no reconocer nuestras debilidades humanas nos hacemos impenitentes.
Dios es bueno, misericordioso, nos perdona, nos busca cuando nos alejamos. Dejémonos encontrar con él. Dios padre/madre nuestro nos perdona setenta veces siete (Mt 18,22)… Es decir: ¡siempre!
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